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Lunes , 15.10.2018 / 16:43 Hoy

Las catacumbas de Europa y el arte de inhumar a los muertos

En el viejo continente abundan los sitios en los que los restos fueron colocados estéticamente; de Austria a Italia y de Malta a París, recorremos ese legado funerario


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En el pueblecito celta de Hallstadtt, a orillas del lago homónimo ubicado en mitad de Los Alpes austriacos, se encuentra una pequeña capilla con mil 200 cráneos pintados elegantemente, con los nombres de sus dueños y el año del fallecimiento de cada uno, así como algunos motivos florales o vegetales de colores. Provienen de algún momento entre los siglos XII y XVIII, cuando tuvieron que ser exhumados porque el cementerio se llenaba continuamente. Como mexicano, acostumbrado a mirar por doquier calaveras de azúcar en Día de Muertos, no me sorprendí al entrar ahí. Sin embargo, al salir, una vez sobrepasada la primera colorida impresión, una idea me detuvo en seco: “Estos son huesos reales”, y un estremecimiento recorrió mi espina dorsal.

En Europa, la práctica del enterramiento de gente pobre en fosas comunes y catacumbas, así como su posterior exhumación y acomodo, fue práctica ordinaria desde los inicios de la era cristiana, pero tuvo un auge inusitado a finales del siglo XVIII y mediados del siglo XIX. De ese apogeo del arte de exhumar y acomodar estéticamente los huesos de la gente muerta hace tiempo, abundan los ejemplos por toda Europa (y algunos de ellos pueden ser visitados hoy en día como cualquier atracción turística). La Casa de los Huesos de Hallstadtt proviene de ese momento, así como el osario con alrededor de 11 mil cuerpos que se encuentra bajo la catedral de San Esteban, en Viena. En las ciudades checas de Brno y Sedlec hay también sendos osarios abiertos al público. Ambos contienen más de 100 mil cuerpos. El primero se encuentra bajo la iglesia de St. James, y el segundo tiene la peculiaridad de que algunos huesos que datan del siglo XVI fueron organizados a manera de candelabros y ornamentos varios para decorar una capilla de la aristocracia.

En la iglesia de St. Paul, a las afueras de Medina, en la isla de Malta, hay una serie de túneles y galerías que fueron construidas entre los siglos IV y IX. Las 24 catacumbas que hay ahí tienen un total de mil cuerpos que provienen de enterramientos paganos, cristianos o judíos. Dos de ellas están abiertas al público.

Italia es el lugar donde hay más catacumbas. Se dice que por debajo de toda la vía Apia, en Roma, hay tan solo 60. Las más famosas son las de San Calixto, que tienen 20 kilómetros de largo, y en algunos tramos hasta tres niveles superpuestos. Hay ahí más de 750 mil cuerpos. Como en Nápoles se enterró a los obispos hasta el siglo XVI, las catacumbas del Capodimonte fueron saqueadas en distintas épocas y los restos tuvieron que ser reubicados. Esas cavernas se utilizaron como escondite durante la Segunda Guerra. En la isla de Sicilia se encuentra uno de los más grandes prodigios del arte de burlar a la muerte: se trata de La Niña de Palermo. Fue embalsamada hace más de 100 años por el doctor Alfredo Salafia mediante un procedimiento que jamás ha podido ser replicado, ya que se fue con él a la tumba. La niña de dos años luce perfecta y lozana detrás de un cristal. La leyenda dice que de vez en cuando incluso abre y cierra los ojos. Se encuentra rodeada por los cadáveres de 800 monjes capuchinos que fueron dispuestos verticalmente en los sótanos de un monasterio construido en 1599, sobre nichos y paredes.

Pero las catacumbas más famosas son las de París. Se encuentran debajo de casi toda la ciudad, en al menos siete de los 20 distritos en que se divide. La sección que se localiza en el distrito 14, al sur del río Sena, sobre la rue de la Tombe Issoire, es la que tiene un acceso turístico controlado. La entrada se localiza muy cerca del cementerio de Montparnasse. Para llegar a las catacumbas (a 20 metros de profundidad) se bajan 84 escalones. Se dice que en el umbral de algunas de las puertas de acceso hay leyendas como “¡Detente! Este es el imperio de los muertos”, o la frase que mira de reojo Dante al traspasar la puerta del Infierno en la Divina Comedia: “Abandona toda esperanza si entras aquí”.

Es curioso pensar que la Maga (el personaje de la novela Rayuela de Julio Cortázar) iba a visitar a Oliveira a su pieza de la Tombe Issoire, con su flor, su tarjeta de Klee o Miró y su hoja de plátano del parque, y bajo sus alegres pies había miles de calaveras dispuestas en posturas ridículas.

De los 322 kilómetros de túneles que fueron cavados a partir del siglo XV para extraer de ellos piedra de construcción, solo se puede recorrer uno, y ahí se encuentran seis millones de cuerpos dispuestos en montoncitos perfectamente clasificados. Muchos provienen del cementerio de los Santos Inocentes, en el barrio de los Halles, donde se depositaron los restos de los parisinos desde antes de la época medieval. En el siglo XVIII, sin embargo, esto acarreó una catástrofe sanitaria que obligó a las autoridades a tomar cartas en el asunto. El 9 de noviembre de 1785, el Consejo del Estado del rey Luis XVII, mandó quitarlo y seis meses después, el 7 de abril de 1786 se inauguraron y consagraron las catacumbas de París. Ahí fueron trasladados a partir de ese momento los restos óseos de todos los cementerios de París y sus alrededores. La tarea tomó año y medio y era realizada por la noche, en carretas que recorrían la ciudad en silencio. Fue la curiosa sensibilidad artística del arquitecto Charles-Axel Guillaumot, inspector general de Canteras, la que decidió que los huesos debían ser colocados y dispuestos de la manera en que se encuentran ahora.

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