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Sábado , 26.05.2018 / 07:59 Hoy

“Las ausencias no se curan”: Diego Luna

[Entrevista]

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Víctor González

Eubanks (Danny Glover) es un criador de cerdos en Georgia. Al borde de perder su granja, emprende un viaje por carretera con Howard, su amado y enorme cerdo. El camino lo lleva a la frontera con México para encontrarle un nuevo hogar. Dadas las condiciones físicas del granjero, Eunice, su distanciada hija, se une a la aventura. Motivado por una constante necesidad de reflexionar acerca de la paternidad, Diego Luna presenta Mr. Pig, filme que tras debutar en Sundance se estrenará en nuestro país en los próximos días.

La película trata de la paternidad. ¿La vivencia personal influyó en la historia?

Agradezco la oportunidad que tengo de disfrutar todos los días a mi padre. Cuando uno se convierte en padre, tiene ganas de ir y pedir perdón porque entiende muchas cosas. Es curioso porque varia de la gente que la ha visto me ha comentado que le gustaría contactar a sus padres. Mr. Pig puede parecer rara pero creo que goza de una universalidad que facilita su cometido. Al principio pensamos hacer una comedia pero durante el trabajo de guión, Augusto Mendoza, el escritor, perdió a su padre y le dimos otra carga emocional.

Sin duda, la muerte cambia el rumbo de las cosas.

Perdí a mi madre cuando tenía dos años. A partir de entonces me recargué en mi padre; desde entonces fuimos los dos. Además ella era inglesa, de modo que tampoco tenía mucha conexión con su mundo, me remitía a una isla con mucho frío y lejos. Ahora, y gracias al tiempo, las cosas sanan. Hay una frase que me gusta: “Las ausencias no se curan, se aprende a vivir con ellas”. Un clavo no saca a otro clavo, solo hace otro hoyo que te acompañará toda la vida y hay que llevarlo con orgullo, pero gracias a eso eres quien eres.

En Abel y en J.C. Chávez, ahora que lo menciona, las relaciones padre/madre–hijo son una constante.

Es verdad. A través de Julio César Chávez quería hablar del poder político y de cómo un hombre es usado por el poder, pero terminé contando la historia de un padre que ve entrar a su hijo a un mundo del que él viene saliendo. Cuando filmé Abel, mi hijo tenía un año de vida y la película fue una respuesta a lo que me estaba sucediendo, y una visualización del padre que no quería ser. La película va también del hijo que quiero ser, que sabe perdonar y que sabe estar ahí cuando los padres viven su última etapa sin juzgar y sin esperar una respuesta.

¿Por qué decidió contar la historia en formato Road Movie?

Porque venía de hacer una película como César Chávez, ubicada en los setenta y, por lo mismo, limitada a reglas específicas. Ahora quería experimentar la libertad de salir a encontrarme con la historia. Me hacía falta un viaje que me permitiera cambiar el proceso y mi punto de vista; que, como a los personajes, fuera encontrando lo que estaba buscando, sin necesidad de tenerlo escrito y claro. Quería la libertad de experimentar sin tener un orden estricto. No quisimos afectar la realidad ni representar un México idílico, sino reflejar el México en el que vivimos todos los días.

¿Qué tipo de reencuentro le supuso el recorrido en carretera?

Me reencontré con la generosidad. Cuando sales de tu burbuja para darte cuenta de que hay otra forma de vivir, lo haces dispuesto a vivir y compartir. Esta experiencia no solo nos transformó a nosotros como equipo, sino a la gente que se incorporó sobre la marcha. Descubrí que no importa cómo esté México, siempre voy a encontrarme con esa generosidad y ese amor.

Sea autocrítico, ¿le falta aprender más como director o como actor?

Creo que me cuestiono más como actor. Lo malo para quienes hacemos cine es que no hay una meta, los personajes o el lenguaje visual que creas siempre tendrán un escalón más. Como actor estoy en un momento de mayor madurez porque puedo aportar a mis personajes las experiencias de vida. Espero que algún día pueda decir lo mismo de mi trabajo como director.

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