• Regístrate
Estás leyendo: Laco: el gran contador de historias
Comparte esta noticia
Martes , 18.09.2018 / 17:28 Hoy

Laco: el gran contador de historias

Eraclio Zepeda fue poeta, cuentista, novelista, dramaturgo, promotor de la cultura, profesor universitario en Chiapas, miliciano en Cuba, lector de español en China, periodista...

Publicidad
Publicidad


Para Elva Macías

Eraclio Zepeda murió la madrugada del pasado 17 de septiembre en Tuxtla Gutiérrez, la ciudad en que nació y en la que vivía por periodos largos en las últimas dos décadas, por la que caminaba pausadamente porque la gente lo detenía para saludarlo y decirle que estaba leyendo su saga sobre Chiapas o para que le contará alguna historia.

Fue poeta, cuentista, novelista, dramaturgo, promotor de la cultura, profesor universitario en Chiapas, miliciano en Cuba, lector de español en China, periodista en Moscú y actor de cine, que siempre volvió a Chiapas y sus orígenes. “Nunca abandoné México en los viajes, te dará risa pero yo siempre andaba con un frasquito con tierra de Chiapas en la bolsa, lo conservo todavía, ahora lo guardo dentro de una caja china. Viajé mucho, pero siempre estuve muy ligado al país, y siempre pensé que tenía que regresar a Chipas”, contó hace unos meses en una entrevista.

Eraclio Zepeda estudió Antropología Social en la Universidad Veracruzana. Fue un reconocido militante de izquierda. En 1960 asistió al Primer Congreso Latinoamericano de las Juventudes en Cuba, cuando la invasión a Bahía de Cochinos, y se alistó como soldado: fue nombrado oficial responsable de la Compañía Especial de Combate. Le gustaba contar la historia de que en esos años jugó futbol con el Che Guevara.

De la Habana se fue a China como profesor de español del Instituto de Lenguas Extranjeras de Pekín. Más tarde fue corresponsal de prensa en la Unión Soviética, y varios años después cumplió funciones de embajador de México ante la UNESCO en París. En uno de sus libros de cuentos, Asalto nocturno, están algunos de sus viajes así como su necesidad de viajar también literariamente. “Me gustaron mucho los viajes. Primero recorrí mi municipio en Tuxtla, luego todo Chiapas, después México, y entonces me lancé al mundo: empecé por Cuba, seguí a China y luego a la Unión Soviética, que era una colección de países gigantesca”, recordaba.

Laco, como lo llamaban sus amigos, fue un escritor querido; un hombre cálido, afable y feliz, pero sobre todo un gran contador de cuentos que sabía que una historia debe repetirse y depurarse en la boca antes de merecer el papel. “Yo creo que, así como la luz ilumina, el cuento cuenta; que así como la lluvía llueve, el cuento cuenta”, afirmaba con precisión de narrador.

“Creo que todos los escritores hacen borradores, corrección... Yo, al principio, de muy joven, busqué otro camino que era contar los cuentos, una y otra vez, ante públicos diferentes y ver dónde captaban la atención y dónde la perdían. Entonces, en la siguiente plática reforzaba donde había captado la atención y eliminaba donde se había perdido el interés. Un día me daba cuenta de que el cuento estaba ya redondo, y en ese momento lo escribía”.

“Siempre supe que lo que quería hacer era escribir. En mi casa había un ambiente adecuado para ello: una biblioteca de libros y una excelente biblioteca de palabras. Mi padre, que también se llamaba Eraclio, como mi abuelo, era un gran relator de historias. Nunca le escuché repetir una; las inventaba a la hora de la sobremesa”.

Zepeda formó parte de la Academia Mexicana de la Lengua, y por su obra literaria le fue otorgado el Premio Nacional de Cuento 1974 por su libro Asalto nocturno; la Medalla Conmemorativa del Instituto Nacional Indigenista, en 1980; el Premio Chiapas en 1983, y el Xavier Villaurrutia en 1992 por Andando el tiempo. En 2004 se celebró la “Semana de Eraclio Zepeda en Casa de América”, en Madrid. Por su libro de literatura infantil Horas de vuelo recibió el premio IBBY 2006. Apenas el año pasado, a sus 77 años, recibió el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el rubro de Lingüística y Literatura, y unos meses después le fue concedida la Medalla Belisario Domínguez. “Realmente estoy muy satisfecho y alegre. El Premio Nacional de Literatura es el premio más alto que da la república, es muy honroso recibirlo. Estoy muy contento, y más lo estoy por la cantidad de gente que me ha llamado para felicitarme o que me ha mandado mails. Veo que por fortuna no soy un escritor encerrado en su biblioteca, sino que soy un escritor que sigue caminando en las calles y en las plazas como lo he hecho siempre”.

Escribió su primer libro de cuentos a los 20 años. Benzulul se ha convertido en un clásico que, como El llano en llamas de Juan Rulfo, mostró que, para que el lenguaje del pueblo sea verdadero en el papel, hace falta oído poético. La geografía y los hombres del campo de Chiapas fueron el escenario y los personajes de sus ficciones. “Benzulul se publicó cuando tenía 22, porque apareció exactamente el último día de 1959. El libro nació con buena suerte, tuvo buenos pasos desde el principio, y aún hoy se edita y reedita continuamente. Siempre está en las librerías”.

De 2000 a 2011 se dedicó a escribir cuatro novelas que cuentan la historia de una familia chiapaneca. Cada una representa un elemento de la naturaleza: agua, fuego, tierra y aire: Las grandes lluvias, Tocar el fuego, Sobre esta tierra y Viento del siglo. La saga tiene como centro una hacienda llamada La Zacualpa y refleja la historia de Chiapas entre 1830 y 1937.

Eraclio Zepeda hizo el papel de Pancho Villa en México insurgente, de Paul Leduc, y lo hizo tan bien que desde entonces había quien pensaba que Eraclio Zepeda era el nombre que Pancho Villa usaba para el cine.

Casado con la poeta Elva Macías, con quien tuvo una hija, Masha, y una nieta, Milena, Eraclio Zepeda fue un hombre feliz: “Hubo un momento en que pensé que podría hacer cualquier trabajo en cualquier lugar donde estuviera. Tuve la fortuna de ser un muchacho fuerte, y era muy feliz. Ahora, a mi edad, veo con alegría que estoy escribiendo más que en otros años; actualmente trabajo en dos libros: uno de cuentos, que pienso terminar en poco tiempo, y uno con relatos sobre los territorios que he conocido”.

El viajero que llegó al Techo del Mundo

En 1963, Eraclio Zepeda tenía 26 años cuando, durante un encuentro en Cuba con el célebre escritor y dirigente comunista chino Guo Moruo, recibió la invitación para viajar a Beijing como profesor de literatura latinoamericana en el Instituto de Estudios Extranjeros.

El joven militante del PCM regresó a México y con la complicidad de Carlos Payán y Juan de la Cabada —que fungieron como padrino y padre de la novia, respectivamente— se casó en secreto con Elva Macías, que había cumplido 19 años. Juntos emprendieron un largo viaje de cinco días y ocho vuelos, lo que entonces tomaba llegar a la China maoísta.

Cuarenta y tres años después, en septiembre de 2006, Eraclio y Elva regresaron a Beijing para reencontrarse con sus viejos colegas y alumnos chinos, algunos ya convertidos en los más importantes hispanistas chinos, como el traductor Dong Yan Sheng, que ha realizado la mejor versión al chino de El Quijote.

Entonces yo era corresponsal en China, y mi amistad con los dos escritores había nacido varios años atrás por nuestro cariño al poeta, también chiapaneco, Jaime Sabines, y, por supuesto, por mi interés en la literatura de ambos.

La Universidad de Beijing, en donde estaban algunos de los ex alumnos de Laco, se habían enterado de que regresaba a China para recibir una distinción que le otorgaba la Asociación Internacional de Libros Infantiles y Juveniles (IBBY) por Horas de vuelo (Editorial Patria, 2005), como uno de los mejores libros de literatura para jóvenes publicados en el mundo. La reunión se celebró en Macao. Entonces los hispanistas chinos, junto con la embajada de México en Beijing, le prepararon una bienvenida y un encuentro tan cálidos como lo fue el mismo Eraclio Zepeda. La Facultad de Español ya se había transformado en la Universidad de Estudios Extranjeros de Beijing.

Al cruzar las puertas del auditorio donde se realizó la conferencia, un grupo de sonrientes académicos de pelo cano y rostros marcados sonreían y aplaudían sorprendidos, como si no pudieran creer lo que estaba pasando: el joven maestro de literatura regresaba casi medio siglo después, convertido en un emblemático narrador. Lo que se había anunciado como una lectura de cuentos de Eraclio y un recital de poesía de Elva Macías se convirtió en un desfile emotivo de anécdotas y recuerdos que dibujaron un retrato nostálgico del Beijing en tiempos maoístas, y del que ya casi no queda nada tras la apertura.

Eraclio y Elva pasaron un año en China, en un tiempo en que los expertos extranjeros eran muy apreciados por el gobierno que enfrentaba el aislamiento internacional.

Con su maestría para contar e improvisar cuentos, el autor de Asalto nocturno retrató en una cuantas pinceladas su experiencia de vida en una ciudad de la que ya casi no podía reconocer ningún rastro.

“¿Dónde está nuestro Beijing? ¿Dónde nuestro jardín de los bambúes purpúreos que solíamos visitar?”, se preguntó.

“Recuerdo que al salir del viejo y pequeño aeropuerto me tocó ver una carreta tirada por un camello y una cabra, y pensé: si los chinos son capaces de que una cabra y un camello jalen juntos, entonces son capaces de todo”.

Rememoró el encuentro de los expertos extranjeros en el Gran Palacio del Pueblo con el legendario Mao Zedong. “Terminamos trepados en las sillas y las mesas para ver pasar a aquel personaje histórico que arrastraba los pies al caminar e iba apoyado en el brazo de una joven china. Le vimos pasar como quien ve a un pedazo vivo de historia, aun aquellos que no comulgaban con sus tesis revolucionarias”.

Laco y Elva pasaron unos días pasmosos en China, volvieron a la Gran Muralla, por supuesto a La Ciudad Prohibida y al Palacio de Verano. Comimos pato laqueado y otras delicias de ese país que envolvía con sus historias, ese lugar que el narrador miraba con el asombro y la alegría con que miró la vida.

Unos días después arreglaron todo para viajar al Tíbet. China acababa de inaugurar el tren que iba de Beijing a Lhasa, un espectacular viaje de 48 horas en el que se alcanzan los 5 mil metros de altura. Es casi seguro que fueron los primeros mexicanos que hicieron ese viaje al Techo del Mundo a bordo de un tren cuyos vagones de pasajeros contaban con máscaras de oxígeno y ventanas con filtros UV para aminorar el fuerte resplandor de las montañas nevadas. De ese viaje, Elva escribió un libro y Laco contó muchos cuentos chinos.

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.