Calamarí

Relato. Me parecía que exageraba hasta que miré una foto suya de pequeño arropado con bufanda, guantes y gorro de estambre bajo una luminosidad enceguecedora.
Por eso Cartagena, nombre de puerto levantino pero de Indias, tal como Cristóbal Colón quiso hermanar la India original con la que no figurara hasta entonces en el mapamundi.
Por eso Cartagena, nombre de puerto levantino pero de Indias, tal como Cristóbal Colón quiso hermanar la India original con la que no figurara hasta entonces en el mapamundi. (Especial)

Ciudad de México

Tulio Antonio nunca se adaptó al clima inglés. Incluso con los ancianos boqueando en emergencias, tiritaba y no se desprendía de un suéter que le daba aspecto de carnero.

—¡Carajo, baby! Hasta el culo tengo congelao.

Me parecía que exageraba hasta que miré una foto suya de pequeño arropado con bufanda, guantes y gorro de estambre bajo una luminosidad enceguecedora.

—¿Dónde es esto? —le pregunté segura de que estaría en los Andes.

—¡Cartagena de Indias, sí, señor!

Esa fue la primera vez que oí mencionar ese lugar remoto.

—¿Como en España?

—¡No, baby! Como en Colombia.

Por eso Cartagena, nombre de puerto levantino pero de Indias, tal como Cristóbal Colón quiso hermanar la India original con la que no figurara hasta entonces en el mapamundi. Aunque también creyó estar en Sipango, como se referían entonces a Japón.

—¡Vámonos a Cartagena!

"Las Indias Occidentales", pensé arrobada después de que hicimos el amor y comimos y volvimos a hacer el amor y a comer otro poco y hacer el amor hasta desvanecernos.

***

—¡Todo lo día con el mismo cuento!

Nunca había visto tal animación, la ciudad es una pajarera cromática.

—¿Ha ido a un abogado?

Efervescente, las calles pletóricas y música.

—We shein dólar. We shein dólar.

En lugar de caminar, se avanza bailando.

—¿On tas tú? ¿Ónde ónde? ¿On tas tú?

"Esto es una fiesta" —murmuro.

—Tuyo hasta el capullo.

Escucho las palabras pronunciadas con vocales estereofónicas: "Pase por aquí el caballero. Le pone do bola de manteca. Dios proveerá otros vicios. ¿Y uhté por dónde coge? ¡Papi!"

Todo se me echa encima haciéndome palpitar el corazón.

Por eso al llegar a la habitación aguardo mientras la brisa me refresca. En la penumbra la luz teje su entramado vegetal. Una hoja se desprende y a media caída desafía la gravedad transformada en lorito verde tierno.

Súbitamente la puerta se abre. Es doña Elvia Bustillo, viuda de Hincapié. Carga en los brazos regordetes —en Cartagena se come bien— un hato de sábanas que arroja sobre la cama.

—Mihita, venga acá, ayúdeme por favor.

Me afano sin saber de qué se trata y armamos un lecho que ocupa el cuarto entero. Para ir al baño habrá que caminar sobre la cama y saltar cerca de la puerta.

—¡Pero no ponga esa cara!

***

A la mañana siguiente, doña Elvia nos espera sonriente y fresca.

—El jugo es de corozo.

"¿Un jugo decoroso?" —me pregunto asombrada.

—¡Arepas calienticas!

Tulio Antonio ataca las frutas jugosas y dulces, las "arepas con mantequilla" como le gustan al caimán, huevos perico y un café que sería ocioso adjetivar.

—¿Qué planes tienen para hoy?

Sin quitarme la vista de encima, doña Elvia concluye:

—Si les provoca los llevo al Museo de la Inquisición y a comer un sorbete.

Aunque dentro de las murallas, el barrio de San Diego es más auténtico. Incluso hay edificios abandonados. Alzo la vista a una serie de balcones descarapelados y manchados por el tiempo. ¿Cuántas vidas transcurrieron allí?

—Éstas eran tiendas —señala un edificio abandonado en cuyo patio desciende un tubo de luz cenital. A su alrededor y arriba se distinguen puertas abandonadas que nadie se preocupó por cerrar.

Las casas de dos pisos están adornadas por balcones de madera labrada que sobresalen del edificio como avanzadillas de observación cuyas celosías protegen al mirón de ser descubierto. Muy morisco. Vendedores de frutas, cafés, comercios que se desperezan bajo la luz fresca de la mañana.

Me detengo a husmear la brisa, que huele a mar. Estoy en Sicilia. Parecidas siluetas mezclan su luz, las cúpulas de iglesias semejantes se recortan en la luminosidad del cielo ¡y las palmeras! En Génova o más tarde en Sevilla, Colón debe haber imaginado América viéndolas. Un vislumbre. La revelación de otro mundo.

Hacia el centro las casas lucen impecables. Desde los balcones cuelgan opulentas las buganvilias. Las calles son rectas, bien trazadas, y permiten descubrir tesoros al azar: una torre con ventanas venecianas y al cabo de una calle una escultura de Botero. Las casas son amarillas, beige, rosa, algunas terracota con elementos azules, puertas, ventanas y balcones de un blanco embriagadoramente tropical. Dan ganas de comerse un trozo de pared porque podría estar hecho de melocotón y crema.

—Ojalá esté el Prestador de relatos.

En la Plaza Bolívar empuja una biblioteca ambulante. No se necesita ser miembro ni dejar ningún depósito ni documento de identidad. Solo hace falta tener el gusto de leer. También hay quienes le regalan sus libros al Prestador de relatos porque se trata de que los mensajes lleguen a sus destinatarios.

—Ese pobre murió derrotado, con su sueño hecho pedazos.

Doña Elvia señala la estatua ecuestre de Bolívar.

—Una vez hace años fuimos a la finca de San Pedro Alejandrino. Había varios retratos del Libertador pero el que más me conmovió fue un ovalito. Allí se le veía como a un ser humano. Chiquitico. A lo mejor se preguntaba qué habría detrás de la puerta.

Al otro lado de la plaza se alza el Tribunal del Santo Oficio. Tal como está, es resultado de una remodelación del siglo XVIII. Es un edificio de gran elegancia que hoy aloja el Museo Histórico, el Archivo Histórico de Cartagena de Indias y la Academia de Historia de Cartagena de Indias.

—No fue un Tribunal muy activo.

Viendo el sitio tan bien equipado resulta difícil creer que semejantes instalaciones se hicieran para mostrárselas a los turistas siglos después, pero es algo que en los países católicos siempre se afirma para aminorar una realidad siniestra: hombre, no fueron tantos.

Hoy día el tercer piso dedica sus esfuerzos a proporcionar información sobre los diversos grupos étnicos cuya inmigración literalmente enriqueció al puerto.

El sorbete fue de maracuyá.

***

Doña Elvia regresó a casa pero nos animó a pasear por las murallas, donde nos acomodamos para contemplar el ocaso. El sol se hundía incendiando el mar con celeridad de clavadista.

—Lo que se ve hasta el malecón debió haber sido playa.

—Y aquí un manglar espinoso que protegía el poblado de Calamarí que los españoles bautizaron primero como San Sebastián de Calamar y luego como Cartagena de Indias.

El sol desapareció con un último fulgor que rayó el cielo.

—El puerto mejor fortificado de América del Sur.

—Cuando no quedó más remedio. Apenas diez años después de fundada la ciudad fue atacada por piratas cuya nave capitana guiaba Juan Álvarez, un renegado que no perseguía la riqueza sino la venganza.

Entre 1644 y 1692 Cartagena fue atacada 19 veces. El atractivo de esa leyenda está presente en el aura que irradia la muralla, fuertes y bastimentos, torres y torretas, rampas y espesor de muros. ¡Una máquina bélica!

—Algunos eran partidarios de asaltar las naves españolas en el canal de Trinidad y Tobago, mientras había quienes favorecían Cuba y otros más, después de cargar en Cartagena. Oro y perlas, esmeraldas y lingotes que bebieron la última gota del ídolo, de la nariguera o del pectoral ceremonial, hacían esa flota irresistible para los "perros del mar" que aligeraban las carracas de Su Cristiana Majestad.

Pero los bienes que se concentran en las bodegas no es lo único que los atrae. El río Magdalena desemboca en la bahía. La entrada no es sencilla y es necesario saber navegar con destreza porque el agua es superficial, erizada como está por corales y rocas. Pero salvado el escollo, quien la controle domina la ruta a Antioquia y a Santa Fe de Bogotá y a sitios más remotos. Río caudaloso en ciertas épocas, se sale de quicio y anega grandes extensiones de tierra volviéndose un lago enorme.

Entre los piratas también los hubo ingleses: John Hawkins (que viajaba en una nave de 700 toneladas equipada con 20 cañones), Francis Drake (que capturaría el Nuestra Señora de la Concepción cargado de un tesoro fabuloso e invadiría Cartagena en 1586), y aunque irlandés, en 1741 Edward Vernon. Debe haber sido aterrador ver las velas hinchadas de 186 naves en el horizonte aproximándose a la bahía.

Vernon no tuvo suerte. Blas de Lezo fue el héroe de esa jornada. Pero la historia nunca es solo pasado y en 2014 el príncipe de Gales y la duquesa de Cornwall visitaron Cartagena de Indias. A alguno se le ocurrió que para darles la bienvenida había que colocar una placa para conmemorar el ataque de Vernon, lo cual era descortés porque recordaba una derrota inglesa, y antipatriótico a los ojos de varios ciudadanos que acudieron furiosos a destruir la placa. El alcalde Dionisio Pérez

Trujillo recibió un aluvión de críticas.

—En lugar de las naves que ostentan un trapo negro con dos huesos cruzados y una calavera, actualmente llega a Cartagena un promedio anual de 250 cruceros.

La belleza del crepúsculo en el Caribe me inquietó. Apareció el enorme catre de campaña que nos aguardaba y el corazón se me encogió.

—Vamos a tomar un trago.

Empezamos por un pequeño bar esquinero donde un señor danza poniéndole candela. No me puedo estar quieta en la silla. Tulio Antonio tampoco. Varios bailes después caminamos hacia la muralla y cerca de la Torre del Reloj escuchamos los sones intoxicantes de una vitrola a todo dar.

Es La Perla, donde la música retumba y llama. Adentro varias parejas gozan su destreza. Da alegría ver su dominio de la sinuosidad, su ritmo, la gracia con la que evitan colisiones que segundos antes parecían inminentes. Montada sobre sí misma, una mujer bota neumática sobre el turgente orbe de sus nalgas.

Esa noche regresamos ebrios. Es difícil contener la risa. Cosas tontas, imaginar que tropezamos y caemos encima de doña Elvia. Al cabo de unas horas despertamos a la cruda realidad del guayabo que antecede el Año Nuevo.

Doña Elvia dejó una canastilla con almojábanas y una nota.

"Salí a comprar uvas para la noche".

—¿Uvas?

—Sí, claro. Pa' comer una con cada campanada que anuncia el Año Nuevo.

***

Bajo el sol que pica deambulamos sedientos hasta desplomarnos en una terraza en el espejismo de la Plaza Central.

A mi lado, unos señores hablan un castellano que da gusto oír.

—Pues claro, doctor: aunque los uribistas se resistan todo esfuerzo vale la pena.

—Es comprensible que la gente se rebele cuando carece de esperanza y nada tiene qué perder.

—Pero aceptar un Estado dentro del Estado es inadmisible. No cuestiona la legitimidad de la democracia como la conocemos pero sí la dificulta y a veces la obstruye.

Desde el Bogotazo, "en este pueblo nadie ha muerto de muerte natural" —creo que la frase aparece en El coronel...

—Y lo único que nos faltaba, doctor, porque ya sabemos que la ilegalidad de las drogas es un negocio pingüe. El gobierno necesita armas para luchar contra los cárteles, la guerrilla para luchar por la libertad, los atracadores para ganarse la vida, quienes han decidido defenderse, el vecino de mi comadre, usted y yo.

—Y más, doctor: ¡no solo arrasan con lo que se han propuesto como "cuota" sino también con lo que hay alrededor!

—Y considere el petróleo, doctor. Eso ya estalló. Sin petróleo no hay sueldo.

—Si ni siquiera el abandono de Cuba cambia la situación en Venezuela, donde a Maduro ya no le chifla el pajarito: prefiere destruir el país antes que retirarse.

—¿Crees que para poder dormir tendremos que emborracharnos cada noche?

Tulio Antonio no responde. El guayabo es una marea baja que lo aparta de la realidad. Es un ostión horneándose bajo Febo en el jugo de Baco.

***

Doña Elvia es más celosa de lo que creí. Ni siquiera me permite pasarle los platos al objeto de su ansiosa vigilancia. Para no interferir me he aficionado a la Alianza Francesa, a donde voy a beber una Club Colombia y a cabecear.

El árbol es enorme, grande como un edificio grande, con un tronco que ni siquiera 50 hombres podrían abrazar. El árbol se eleva. Flota. Las raíces semejan los tentáculos de una medusa cósmica. Es tan frondoso que ocupa la noche entera y si se escucha atentamente, conforme asciende se distinguen voces y más allá los tambores políglotas. Waynu, Arabaco, Kagüi, Wiwa, Kankuano, Mokaná, Etto Enaka, Embera Katío, Tule, Zení, Raizal, Palenquero. Rinden culto a Odumare, que hizo a los hombres. Su palabra todo lo liga y desata, a su espíritu en la tierra, a la luz creadora, al hombre inmortal que alienta bajo la tierra, a Aganyú y Yemayá, al primer varón y a los Orichas. El árbol habla con voz grave y suenan los tambores que acompañan a los danzantes dedicados a imitar la sinuosidad del agua. "¡Magara!" —exclaman los danzantes—. El dios de la centella, Babalú–Ayé, el de las plantas mágicas, agita la fronda desatando un viento muy fuerte y las hojas se encienden y arden juntas en una súbita combustión. Su incandescencia llena el cielo transformando la noche en una vasta hoguera deslumbrante. El árbol sigue ascendiendo en medio del crepitar de las ramas y del estruendo de los tambores.

"¡Escucha!" —grito persiguiendo el árbol que se me pierde en el cielo—. "¡Espera!" —imploro sin poder moverme.

***

El mesero trajina infatigable. En otros tiempos, en el extremo opuesto de la ciudad amurallada se vendían seres humanos raptados en las costas de África. La infame "venta de madera de ébano" se estableció desde 1540 y duró hasta 1870. Diez millones fueron esclavizados en el Caribe y en el Nuevo Mundo, y me pregunto si es posible hablar en pasado.

Cartagena fue una especie de "Golden Gate" para la distribución de mano de obra en Nueva Granada y Portobello, en Venezuela y Quito y en el lejano Perú. Sus factorías contenían seres humanos destinados al trabajo en el servicio, en las fincas, en la construcción y en el constante reforzamiento de la muralla y la fortaleza.

Mientras los ilustrados del siglo XVII se solazan con utopías, en Cartagena se vive el temor de las huidas al monte, el establecimiento de palenques, las revueltas de cimarrones y los levantamientos en masa de los esclavos. Es algo común en toda el área donde el nombre de Jean Christophe se hizo célebre: por cada vecino hay que contar seis esclavos. Los dueños de las fincas vecinas mantienen una casa dentro de los muros, porque la vida señorial también tiene sus sobresaltos.

La mayoría vino de Angola y Guinea, aunque también de Senegambia y Cabo Verde, de la Costa de la Pimienta y los Golfos de Benin y de Biafra y de la Costa del Oro y África Central. Lucumios y carabalíes, congos y mandingas. En Inglaterra, Falconbridge explicó al Parlamento que el espacio que un negro ocupaba en sus embarcaciones era del tamaño de un ataúd.

La pérdida de vidas debido al congestionamiento, la mala alimentación y las enfermedades se compensaba con una carga mayor. Cada "pieza de Indias" debía tener entre 17 y 30 años de edad y medir por lo menos siete palmos de altura. Oro y plata en barras pero también dinero o intercambio por Palo Brasil, aceite de María, y esteras de Mompox eran aceptables a cambio de un esclavo que costaba entre 130 y 300 pesos.

Un enorme cansancio se apodera de mí. Miro a mi alrededor. Hoy como ayer, los morenos cargan las sillas doradas, las butacas curvilíneas, los vastos sillones ondulantes como matronas, y los bargueños tísicos. El aroma de las flores nocturnas me sofoca.

***

Apenas pone la cabeza en la almohada, la respiración pedregosa de doña Elvia retumba en la habitación y si calla unos instantes es solo para renovar su horrible estrépito. Las noches sin dormir se me agolpan en la cabeza con resentimiento ponzoñoso.

—Óigame, ¿está brava?

Niego con la cabeza mientras empaco. Le explico que por lo menos es ridículo dormir con su madre en medio.

Eso lo descompone. ¿Pero no tengo razón?

—Y además ronca.