Mapimí 37: una novela olvidada

Fragmento. Hay unos minutos de silencio doloroso. Parece que detrás del recuerdo viene la triste noción de la realidad.
Mapimí 37: una novela olvidada.
Mapimí 37: una novela olvidada. (Especial)

Ciudad de México

—Se conocían —Roque y él— y eran algo amigos, pero no mucho porque Toncho nunca quiso o nunca pudo aprender a echar la reata sobre los cuernos o las patas de los toros.

Hay unos minutos de silencio doloroso. Parece que detrás del recuerdo viene la triste noción de la realidad. Al fin el viejo se endereza, mientras Cande, que no despega los ojos de los dos retratos, se limpia una lágrima con el delantal, volviendo la cara hacia la pared. La campana de la capilla da las doce, y todos se persignan, quitándose los sombreros.

—Güeno, Toncho, vamos a echar un taco —invita Cande, levantándose.

—Sí, me quedo. Quero contarles unos chismes que oí por ai. Pero hasta después.

Nacha está echando las tortillas de cuclillas, frente al metate. En la canasta humean, todavía esponjadas, olorosas. De vez en cuando alarga una mano y remueve los leños de la chimenea, donde se calienta el comal, mientras con la otra acaba unas gotas de agua con los dedos. Silvestre devora una gorda con chile y frijoles, con el apetito de quien se ha andado cinco horas detrás de las vacas.

Después de la comida viene el excelente champurrado, especialidad de Cande, y se encienden los cigarros de hoja. Los pichones rumorean en el corral, picando el maíz —cúcuru cu, cucurucú—. Se apetece toda el agua de las tinajas para el calor, que pega la camisa al pellejo.

Roque no muestra gran interés por lo que va a contar Toncho. Lo mira entornando los ojillos grises, leales.

—Pos ai tiene usté, que en Torreón comencé a oír hablar de eso, cuando iba pa la feria de San Marcos, en Aguascalientes. Solo que entonces ni cuenta me di casi pos no sé cómo se me jue pasando y se me jue pasando. Pero ora que volvía de Mapimí volví a oírlo por dos veces, y esta vez sí paré bien la oreja, y no se me olvidó por nada del mundo.

El viejo no sabe adónde irá a parar Toncho. "¡Este Toncho ya que se pone a contar sus historias!"

—No, no, don Roque. De verdá de Dios que no le digo más que lo que oí. Hablaban dos rotos, como d'esos que andan en automóvil, porque traiban unos guantotes retegrandes. "Todo el Bolsón de Mapimí tiene petrólio...", decía uno. "Sí, pero lo que nos interesa es la parte de Tlahualila. El Güizache, La Soledá, La Lomita y El Carretón". Mentaban un nombre muy raro, como de un gringo...

—Sí, ya han venido hasta acá con esos chismes —contesta secamente Roque dándose palmaditas en las rodillas—. Ansina es de que habla de algo más nuevo, Toncho.

Toncho se le queda mirando como resentido.

—Don Roque, no lo tome tan a la ligera, ora verá. En El Güizache volví a oír hablar d'eso. Eran otros tipos que no me gustaron nadita, facetos y habladores. ¡Se creiban que naiden les iba a entender, los desgraciados! "Magnífico golpe —decía uno—, esto es puro oro negro". "Sí, y se los quitaremos, cueste lo que cueste" —contestaba otro—. Los otros bebían y miraban pa todas partes con ojos de gusto.

El viejo se queda callado, pero se conoce que no cree mucho todas esas cosas. Sin embargo, abraza con la mirada la milpa, casi en sazón: la casa, los barbechos arenosos, sin brizna de yerba, como si ya le estuvieran arrebatando aquella fajita de tierra tan suya.

—Ta güeno, Toncho. Muchas gracias, de todos modos.

—¡No, no, don Roque, no lo tome con esa cara! Hay que vigilar, yo sé lo que le digo, y no quero que después se acuerde de mí, cuando ya no sea tiempo. Queren robarnos las tierras del desierto. Han sacado que tienen mucho petrólio, y no descansarán. Hay que vigilar desde ora. Se viene la creciente de todas esas gentes que no conocemos, terribles y sin conciencia. No sabemos lo que harán, y estamos solos. Yo espero los periódicos de Torreón, pa estar sabiendo: no han de tardar en llegar, ya lo verá.

La respuesta de Roque es breve, seca:

—El Carretón lo defenderé hasta con mi sangre.

—¡Chóquela, don Roque!

Se aprietan las manos en silencio, como si hubieran sellado un pacto.

***

—¡Buenos días, Roque!

—¡Güenos se los dé Dios, don Higinio! ¿Qué milagro que anda por acá? Pero pase qu'el frío cala.

Es Higinio Méndez, el presidente municipal de Mapimí. Trae pantaloneras nuevecitas, de cuero, y capa dragona, con forro de terciopelo azul y amarillo. Donde viene seis leguas con este tiempo, de algo importante se ha de tratar. Roque quiere esculcar en sus ojos los motivos, pero el presidente municipal tiene una cara de esfinge, un poco sonriente, que no dice nada.

—Conque sí, señor don Higinio, ¿por qué no se dio una vueltecita por acá la Nochebuena? No se hubiera fastidiado, se lo garantizo.

—Me lo contó el padre Ramírez, Roque. Ustedes saben divertirse.

—¡Es el único acontecimiento en la vida de El Carretón, la navidá. Luego, la costumbre. Aunque, la mera verdá, por este año ya casi nos rajábamos!

—¡Pucha! Este frío de veras. A mí me agarró la cola de la nieve saliendo de Mapimí. Y así está toda La Laguna. Yo acabo de andar por un demonial de pueblos y ranchos. ¡Malditas tierras! Solo lo malo nos toca. No disfrutamos de las lluvias pero sí de lo mero bueno de los fríos.

—¡Todo sea como Dios lo quera! —dice el viejo, como en tono de rezo.

Ya se extraña de la actitud de Higinio Méndez. ¿Qué lo traerá? Claro que no se ha echado estas tres leguas nada más para tener el gusto de platicar con él de la navidad y de los fríos. Algo trae este indio mañoso, llegado a funcionario de su tierra por obra de la política. Hay que estar preparados. Pero el presidente municipal de Mapimí no lleva prisa, por lo visto. Saca tabaco y lían los cigarrillos de hoja, que ponen flexibles con saliva. Luego se ponen a fumar despaciosamente, echando la cabeza hacia atrás del equipal, como si le cayeran muy en gracia las volutas azules del humo del tabaco. Se conoce que piensa alargar lo más que sea posible la conversación. Cande se ha asomado por el patio, de espaldas a Higinio Méndez, y se vuelve. A poco se oye el ruido de las planchas, en la mesa.

—¿Qué tal las siembras, las cosechas, Roque?

—Cada vez más mal. ¡Ya ve usté! Año por año merma el garbanzo, y el maicito, pos ese solo abajo del Mirador. Faltan juerzas ya, la vida se nos va.

—¡Eh, Roque! Usted solo vale por diez; palabra!

—No se crea, señor don Higinio. Esas no son más que palabras. Todavía antes, cuando tenía mis muchachos... Güeno, ¡aquello era otra cosa!

—Pero si las tierritas de El Carretón siempre han tenido fama de buenas...

—Eso era antes, don Higinio. Eso era antes. Ora están saladas.

—No se llore, Roque, no se llore...

—¿Llorarme? —refunfuña éste, que ya empieza a aburrirse—. No son lloros, es la verdá

—Bueno, entonces, ¿por qué no vende El Carretón?

¡Ah, maldito, ahora te descubres! Con que nada más vienes a proponerme que venda El Carretón. Lo mandan los otros. Sí, eso es claro. Lo mandan los desgraciados de que le habló Chon Huertas, los que por tener dinero a montones han llegado a creer que pueden comprarlo todo, incluso el honor y la dignidad. Pero ahora verán con él. Se levanta, irguiendo el busto, todavía macizo, y se agarra nerviosamente la piocha, toda remedada de blanco. La voz le tiembla, pero es segura, firme:

—¡Don Higinio, no siga por ese camino!

El presidente municipal de Mapimí se queda sin saber qué decir. Conocía de puntilloso al viejo Galván, por algunos negocitos que tuvieron hace años. Pero de veras no creía que tomara las cosas tan a pecho. Con estas gentes de ideas atrasadas no puede entenderse un hombre práctico. ¡Después de todo —piensa—, le va a ir de la caramba! No es más que un infeliz, mediero de los hacendados, puede decirse, y ahora salir con estos gestos. Y sin embargo, tal vez todo sea porque no sabe con quiénes se las tiene que haber. ¡Con estas compañías gringas no se juega! También él, al principio, quiso respingar. Qué era eso de entregarles a los malditos americanos nuestras tierras, para que luego las exprimieran, con sus máquinas diabólicas, hasta la última migaja de riqueza. Eso era una traición, una cobardía. Claro que él había hecho en la vida muchas sinvergüenzadas, pero él es mexicano, también como los indios que despojó. Ahora era diferente. Puede que hasta ocasionara todo eso muy serias dificultades al gobierno con los gringos. Puede que hasta mandaran éstos otra "expedición punitiva," como la que los estuvo fregando hacía años cuando Pancho Villa. Puede que hasta quisieran apropiarse luego de todos aquellos pueblitos... No, no, eso no debía de ser. Pero la verdad es que él, Higinio Méndez, no era más que un presidentito municipal de un pueblo de cuatro mil almas y siempre quedaban arriba los visitadores de Hacienda, y tantos enviados especiales, y el gobernador. Le hablaron. El gobernador hasta estuvo brindando con él, en Torreón, con otros personajes de veras grandes, más de media docena de copitas de un Martell capaz de convencer al más remiso. Luego los americanos. Entre palmadita y palmadita acabaron de quitarle los últimos resquemores. Y después de todo, no decían más que el puro evangelio. Por eso del otro lado son grandes, son fuertes, son ricos. Tú ocúpate de ti mismo, y deja que ruede el mundo. El era un pobre, y no había que desperdiciar aquello. Tenía también hijos, ¡qué caray! Creciditos ya todos. Tres varones y una mujercita. Y esos necesitan colegio, necesitan un demonial de cosas. Claro que no iban a quedarse entre aquella manada de indios, a pasarse toda la vida en el Bolsón de Mapimí. Esos iban a ser señorones en la ciudad, o puede que en México. Serían letrados, una cosa grande. Le ofrecieron una casita y veinte mil pesos para luego. Todavía se hizo del rogar, pero eso ya de pura fórmula. Y se cerró el trato. La casa se la estaban construyendo en Torreón, apenas hace cuatro días la vio. Linda que estaba quedando. No muy grande, como se usan ahora, sin patio, pero con unas piececitas que era una gloria verlas: luz eléctrica, baño con agua fría y tibia, como se quisiera, teléfono y un mundo de elegancias como las que usan los que de veras las pueden. Tenía pensado irse a vivir allí, en cuanto pasaran estos quebraderos de cabeza. Tendría piano, de esos que se tocan solos, tendría un ajuar de dos mil pesos, todo a la última moda, tendría....

Interrumpe sus divagaciones la tos del viejo que viene de aquí para allá, por todo el cuarto. ¡Maldito viejo terco! ¡Se le quería poner frente a su dicha, pero él también decía: ¡ahora verás! Le habían salido ya algunos pequeños propietarios iguales de ladinos. No querían y no querían. A unos les daba, entre berrinches. A otros les prometía. Y a los más carrascalosos los echaban, de plano, con la ayuda de los soldados y de los jueces, que siempre tenían sus muy sólidas razones para probar que aquellas tierras eran mal habidas, y que debían volver a sus legítimos propietarios. En este caso a la Mapimí Oil Company.

Esta vez Roque Galván se para en seco. Le pone la mano en el hombro, y le dice, con su voz grave, tal vez algo triste:

—Don Higinio, vamos a hablar como hombres. ¿Qu'es lo que ustedes queren?

—Pero ¿quiénes, Roque? ¿Quiénes?

—¡No sé haga guaje! ¿Cómo quere que le diga quénes meros, si no los conozco! Esos gringos de Torreón.

—¡No, no Roque! ¡Usted ve visiones! Un consejo, y nada más... Pero, ahora que anda esa compañía de explotaciones modernas, resultaría una ganga deshacerse de El Carretón, que no le deja nada.

—El petrólio, ¿verdá?

—Sí, el petróleo, para hablar como usted quiere. Nosotros no podemos explotar eso. Y luego, que las tierras petrolíferas se vuelven estériles para la labor. ¡Ya usté ve! ¡En ninguna parte quieren producir nada!

—Pero ¿d'ónde han sacado esas loqueras, don Higinio, dígame usté? ¿Dónde han sacado quesque las tierras éstas tienen petróleo?

—Por aquí han venido muchos peritos que de veras conocen de eso. En Torreón se han hecho experimentos, y todo indica la existencia de grandes mantos petrolíferos en el subsuelo.

—Mantos pet... petrol, ¿qué?... Oiga, don Higinio, ya le dije que no me hable en plata. No me ande con rodeos. A mí dígame, se trata de esto, Roque; se trata de que venda El Carretón por aquello otro, y ansina sí lo entiendo.

—Bueno, Roque, ahora verá.

Se saca de la bolsa interior de la chaqueta una bolsa de papeles. De entre ellos agarra un periódico y lo desenvuelve.

—Mire, es la prensa de México. ¡Ya verá usted si estarán enterados allá! Mire, aquí está la noticia, con todas sus letras. Léala usted, si quiere.

El viejo se pone las antiparras, y lee. ¡De veras que allí venía todo! Y muy claro, esto es, y esto es. Vuelve a leer el primer párrafo, con voz temblorosa: "Es un hecho que existen yacimientos de petróleo en el seno del famoso Bolsón de Mapimí, que sin duda alguna convertirán a Torreón en la principal ciudad del norte del país, en breve tiempo. El rico negociante americano, señor James Allen, informó a los periodistas que ha quedado instalada en la ciudad lagunera la Mapimí Oil Company, que dentro de pocos días dará comienzo a la exploración de doce mil hectáreas de terrenos".

Higinio Méndez salta triunfante:

—¿Ya vio? ¿Ya vio?

Ahora, Roque está anonadado. Tendría ganas de agarrar a El Carretón entre sus manos, y hacerlo pedacitos por traicionero también.

Higinio Méndez prosigue:

—En El Carretón hay petróleo.

—¡Petrólio! ¡Petrólio! Ora nos lleva a todos... el demonio, pa' no decir otra cosa. Ya estoy reteaburrido de oír eso. ¡Petrólio! ¡Petrólio! ¡Ay, carambas!

—¿Quiere que se lo enseñe?

—¡Sí! Ahora quero verlo todo. Quero conocer al enemigo, al maldito enemigo metido en sus propias tierritas, el que acabará con su pequeña tranquilidad.