La era del sida

Merde!
Escena de la obra teatral Un corazón normal.
Escena de la obra teatral Un corazón normal. (Especial)

Ciudad de México

Larry Kramer (Estados Unidos, 1935) fue un exitoso guionista de cine al que nunca le interesó el teatro, hasta que en 1985, tras la aparición del sida, decidió escribir Un corazón normal. Ya era un activista de los derechos humanos de los gays y lesbianas. Fue cofundador de Gay Men's Healt Crisis (GMHC), que desde los años ochenta apoya a personas con VIH. La burocracia de la asociación lo decepcionó y lo orilló a fundar, en 1987, ACT UP, que después se internacionalizó para luchar contra la crisis del sida. Importa contar la historia de Kramer para comprender mejor una pieza teatral clave en un tema que no ha dejado de ser de interés público.

Cuando la obra se estrenó en Nueva York, The New York Times escribió: "Acusa al gobierno, a los poderes médicos y a la prensa de arrastrar los pies en el combate contra la enfermedad, especialmente en los primeros días de su aparición, cuando transcurre gran parte de la obra, y es incluso más dura con los líderes homosexuales que, en su opinión, o eran demasiado cobardes o estaban deslumbrados por la ideología de la liberación sexual para hablar públicamente del problema".

Antes, en 1978, Kramer había escrito una novela, Faggots (Maricones), con una mirada nada complaciente hacia los homosexuales por su fácil forma de sucumbir al sexo. No le gustó a los gays, a los heterosexuales, a los críticos literarios, a nadie. Pero no deja de ser un referente para entender el comportamiento, no de todos, pero sí de una generación de gays que habían vivido el sexo a tope, producto del movimiento de liberación sexual de esa época, gracias al hippismo, el feminismo y el incipiente movimiento gay. Si hoy leyéramos la novela seguramente tendríamos una lectura menos prejuiciada que entonces porque Kramer escribía de los gays —los retrataba en sus orgías, reventones, drogas y una vida sin condón—, pero nada diferente del mundo sexual de mujeres y hombres heterosexuales, más hipócritas en su permisividad.

Desde su estreno, Un corazón normal ha sido un éxito en todas las capitales del mundo. Constantemente se monta en diferentes países. No es el tema del sida lo que llama la atención en la pieza. No. Es la rebeldía con la que el hombre lucha para lograr que la sociedad —la que se dice civilizada— entienda una nueva forma de ser y preservar sus vidas como cualquier ser humano. Un alegato rabioso para ser atendido por conservadores.

El montaje en México es meritorio. Vale que vaya a verla si se dice civilizado. Se estrenó el año pasado en el Teatro Helénico y regresa ahora por apenas cuatro semanas, en el Teatro Milán. Bien por el valor de Hernán Mendoza en interpretar al irreverente héroe civil, Ned Weeks. El reparto, equilibrado, bien dirigido por Ricardo Ramírez Carnero. No son mariconerías al estilo de Los chicos de la banda, de Mart Crowley, rebasada en el tiempo. Un corazón normal es el testimonio vivo más directo de una época en que el sida convulsionó a la humanidad entera y por primera vez se volteó hacia los homosexuales como seres humanos, no como bichos raros.

Allá usted si se la pierde.