Nacer yunque en vez de nacer martillo

Vibraciones
Superstición: Manuel de Falla le tenía miedo a la luna.
Superstición: Manuel de Falla le tenía miedo a la luna. (Especial)

Ciudad de México

Superstición

Manuel de Falla (1876–1946) le tenía miedo a la luna. Creía con toda la fuerza de su alma que la luna ―por el simple hecho de verla cuando ella estaba de malas―podía matarlo de una hemorragia. Haber nacido de noche era la explicación que daba cuando le preguntaban sobre su salud precaria. Y también creía que el número siete llenaría su vida de accidentes y mala suerte. Cuando se lo encontraba, lo destruía a través de divisiones; por ejemplo, si notaba que una escalera tenía siete peldaños, la subía de dos en dos para convertirla de cuatro. 

 Lenguaje

Manuel de Falla tuvo un acercamiento selectivo a las vanguardias. Murió convencido de que toda música debe estar estructurada en torno a la melodía. Su invención nace de lo agreste. Luego, estimulada por las ambiguas aguas del Impresionismo y por antiguos vientos de sutileza renacentistas,  crece estilizada y onírica. Un melodismo suave y elegante que, sin embargo, nunca niega sus toscas raíces cubiertas de tierra y maleza; por lo tanto, en sus profundidades habita una permanente sensación de fuego y laten continuas premoniciones de sangre salvaje. Un melodismo de naturaleza española en su desenfado ―campesinos andaluces que cantan mientras aran para defenderse del cansancio― y de espíritu nostálgico ―aquí y allá intensos recuerdos de las voces tan sobrias del Padre Soler y Alfonso X, “El Sabio”― en su idealización del pasado.

 Una instantánea de su ópera

¡Qué funesto sonido el de los herreros que cantan! En la ópera La vida breve (1913) son las primeras voces. Las mujeres venden flores en un nublado día granadino. La gitana Salud (soprano) y el señorito Paco (tenor) se besan escondidos en los sombríos callejones del Albecín. Las trágicas voces de la fragua ensombrecen su romance. “Malhaya, el hombre, malhaya, que nace con negro sino”, un sonido triste y lejano, “¡malhaya quien nace yunque en vez de nacer matillo!”, un sonido insistente y desolado.

Paco cumple su último deseo de soltero: cogerse a una gitana. Para seducirla le promete amor eterno. Nunca cree que Salud sea inocente. Piensa que sus remilgos son burdas tretas para cotizarse, para excitarlo más, incluso para pedirle dinero.

La música es continua. Fluye sin interrupciones entre las atmósferas del pueblo. La esencia es trágica: el canto funesto de los herreros (“¡malhaya quien nace yunque en vez de nacer matillo!”, un sonido definitivo. El yunque son los pobres; los ricos el martillo. No hay más en la España rural). A veces la mirada musical enfoca ―guitarras, cante jondo y castañuelas― el efusivo misterio de la festiva idiosincrasia española y a veces busca en el alma humana, entre atmósferas etéreas de colores impresionistas, el por qué de tanta crueldad y tantas mentiras.

Salud le cree a Paco porque dentro de ella es verdad el amor eterno. Y de pronto, de las manos de su abuela (mezzosoprano) y de su tío Sarvaor (barítono), llega al jardín de una casa elegante. Por la ventana ve que Paco besa a una mujer vestida de novia. Llevan el mismo anillo. Y Salud, salvaje, delirante, irrumpe en la fiesta de bodas.

“Yo no vengo a cantar, yo no vengo a bailar, vengo a ver a ese hombre para pedirle por Dios que me mate, que me acabe por fin de matar”, su voz de soprano suena pálida, enferma y desquiciada. “¡Me perdió!, ¡me engañó!, ¡me dejó! ¡Debe haber todavía en mi casa algún eco que guarde sus dulces palabras de amor!”.

 “¿Yo?”, Paco lo niega, “¡Mientes!, ¡echadla!”.

Y Salud cae muerta ante la certeza de que el hombre que ama, con quien se besó por la mañana, no quiere volver a verla.