Los años sabandijas

Con autorización de Editorial Planeta presentamos un fragmento de la nueva novela del autor de Diablo Guardián, en la que evoca la década de 1980, su tecnología y sus fenómenos culturales.

Demasiado Brylcreem

El niño Rubén Ávila recién había empezado la primaria cuando oyó hablar del Hotel de México. Sería un rascacielos impresionante, cuando estuviera listo, decían sus primos grandes, pero él al fin creció acostumbrado a contemplar al elefante blanco en la pura obra negra, como una mancha vieja a la distancia. Funcionan, sin embargo, el Polifórum y un salón de fiestas. Eso lo sabe bien su primo Luis Tostado, que hace unos pocos meses trabaja ahí. También hay una suite presidencial: Luis prometió ayudarle a entrar hoy en la noche, cuando Sting, Andy Summers y Stewart Copeland den una conferencia de prensa.

—Al concierto no puedo colarte, pero a la suite seguro te consigo el acceso —le ha machacado Luis del martes para acá y ahora vuelve a decirlo, no bien los ve llegar a sus dominios.

—No le hace si no puedes clavarnos al concierto —fanfarronea el Rudeboy, con la seguridad de quien se sabe dueño de siete relucientes extintores—. Mejor ayúdame a comprar unos boletos.

—De a mil pesos cada uno… —alza las cejas Luis, suelta una sonrisilla maliciosa—. ¿Te dieron esa lana mis tíos, Rubencito?

—Es de nuestros ahorros… —se adelanta el Roxanne, mirando de reojo a los fotógrafos que esperan la llegada del terceto al vestíbulo de lo que ya muy pronto, se pavonea Luis, será el hotel más grande de México.

—¡Ah, chingá! ¿No me digan? ¡Estos gángsters de hoy, tan ahorrativos! —pela los ojos, se rasca la sien, les guiña el ojo izquierdo, gira sobre sí mismo el circunspecto joven Tostado y da la espalda a los elevadores, donde docena y media de periodistas gritan en pos de una acreditación—. Vengan conmigo, pues, vamos a consignarlos.

Lo que sigue es un viaje a las entrañas del gran cascarón. Pasillos, pasadizos, montacargas, andamios, túneles y escaleras en penumbra, entre cientos de obstáculos que libran auxiliados por la lámpara sorda del primazo influyente. Esto no está pasando, se dice por segunda ocasión en menos de dos horas el Roxanne, y entonces se sacude nada más de pensar que a estas horas podría estar en la delegación, y mañana en la cárcel, y allá dentro hasta 1990. En lugar de eso, va a conocer al trío más caliente de Europa. “El futuro”, sonríe, petulante, al tiempo que atraviesa un reguero de piedras y ladrillos. Su único temor, a estas alturas, es llegar a la suite presidencial cuando se haya acabado la conferencia y The Police no esté en el edificio.

Desde donde los deslumbrados amigos han podido juzgar, la suite presidencial es un raro reducto de glamour, perdido entre una selva de bardas y varillas y sombras y humedades, por no hablar de los miles de ratas que de seguro habrá, viviendo como reinas en penthouse. Bring on the night!, celebra el Roxy a volumen tan alto que un par de periodistas lo examinan con extrañeza entomológica y Luis se lleva el índice a los labios. ¡Shhht!, lo secunda el Ruby, cállate, que nos van a sacar a patadas.

Todo ocurre a patadas en la mente del Rudie, que cree en el punk como otros en la patria y no confía gran cosa en esas puterías del new wave. Demasiado shampú. Demasiado Brylcreem. Demasiado Miss Clairol. ¿Que no Sid Vicious se peinaba a gargajos? No sé si deberíamos gastarnos esa lana en un concierto de Los Tres Assholes…, reta al Roxy, nomás por hostigarlo, y remata escupiendo sobre el enorme espejo del baño de la suite.

—Qué naco eres, cabrón —arruga la nariz el aludido y se cobra al contado el chiste de los assholes—: ¿por qué no de una vez sacas tu navajota y tasajeas los sillones de la sala, pinche sexpistolito de la Conasupo?

—Ándale, pues, pendejo —da dos, cuatro, seis pasos el Rudeboy, y luego media vuelta, mientras se baja el cierre del pantalón y se arrima a la orilla del jacuzzi—. Ésta se la dedico a La Policía.

—¡Espérate, Rubén! —pela los ojos, corre hacia la puerta, abre, echa un ojo, cierra, se escandaliza el Roxy porque ya escucha el chorro de pipí caer sobre la tina como un largo redoble de suspenso.

—¡No seas imbécil, güey, va a venir alguien!

—Vuelve a decir que soy un sexpanchito y un mantenido de la Conasupo y este rico tepache va a ser para tu hocico —dirige el Ruby el chorro hacia el encortinado, después a las paredes y al final dibuja eses sobre el piso—. ¡Acuérdate que Ruby can’t fail!

—Dije sexpistolito, pero ya que lo pienso… —se asoma de regreso al pasillo el Roxanne, corta la frase y procede a esfumarse, no bien oye el rumor de las voces que anuncian la llegada del trío al que debe, entre tantas recompensas, la dignidad discreta de su apodo.

—Ay sí, pinche mamila. Ahora di que por gente como yo no hay tocadas en este país de mierda. Tendrías que estarme besuqueando las patas por traerte a chuparle el pito a Sting —rumia el Rudie y escupe de vuelta en el espejo, mientras se sube el cierre, se alborota el pelambre y deja atrás la resbalosa escena. No cualquier noche puedes mear una jodida suite presidencial, se dice, satisfecho, y es como si recién vaciara los riñones en un cartón de leche Conasupo—. A tu salud, Roxanne.

Follow that Walkman!

El trío está de pie ante los fotógrafos. No es que sean tan famosos, al menos de este lado del océano, pero en México no hay conciertos de rock y lo que llega es siempre gran noticia para el gremio agolpado frente a ellos. Serían tres perfectos hijos de vecino, excepto por los pelos pintados de amarillo que delatan el salto entre el punk y el new wave. ¿Qué es el new wave, al fin, si no un punk ambicioso?

—Lamberto Grajales, vengo de Radio Universidad —responde el Roxy con tono de autómata, sin mirar a los ojos a la preguntona, pensando nada más que en acercarse a ver el deslumbrante objeto que aún no está seguro de haber visto.

—¿Radio Universidad no es de música clásica? —frunce el ceño, la muy pinche metiche. Trae minifalda y dos colitas de caballo, pero podría ser mamá de Sting.

—Parece que ahora tienen un programa de rock —se entromete el greñudo de al lado. El Roxy solo asiente y devuelve la vista al costado derecho del cantante.

—¿Cuánto crees que dé el Cucho? —se escurre entre las voces el potente susurro del Rudeboy, que ya está de regreso y ha clavado la vista en el mismo objetivo.

—Me cae que no te conozco —alcanza a murmurar de refilón el Roxy, la cabeza hacia atrás, los labios camuflados por la palma derecha.

—Insisto —exhala el Ruby, ya más cerca y a mínimo volumen—: ¿cuánto daría el Cuchito?

—Si yo tuviera uno, de güey lo vendo —dice para sí el Roxy y mueve la cabeza lentamente, dudando entre sorpresa, fascinación y envidia.

—¿Viste esa grabadora, Zamarripa? —se oye la voz tipluda de un reportero, que al propio tiempo apunta con el índice a la cintura del cantante y bajista.

—¡Es un walkman! —corrige airado el Roxy, como quien se dirige a un cavernario.

—¿Ese estuchito azul es un walkie–talkie? —se entromete otra vez la ñora preguntona.

—Cállate ya, baboso, que nos van a agarrar por tu estúpida culpa —antes de permitir que su bocón amigo siga significándose entre los presentes, el Ruby por lo bajo le tuerce la muñeca y lo empuja hacia afuera del montón, al tiempo que le tapa la boca con los dedos y cuchichea al lado de su oído.

—¡Que me sueltes, pendejo! —se frena, se inconforma, se revuelve discretamente el agredido.

—¿Te sientes muy picudo porque sabes que es walkman y no grabadora, pendejo? —lo empuja el Ruby hasta un rincón vacío y lo regaña como haría un papá.

—¿Qué te importa, pendejo? —se echa hacia atrás el Roxy, ya levanta la voz.

—¡Shhh! Me importa que nos van a meter a la cárcel, pendejo —musita con los ojos saltones el Rat, sin dejar la espiral de pendejeo que suele acompañar sus polémicas menos amigables.

—¿Y a la cárcel por qué, pendejo?

—¡Por robarnos el walkman de Sting, pendejo!

—¿Y quién carajo le ha robado a Sting, pendejo?

—Tú y yo, pendejo, of course. ¿O piensas que nos vamos a ir sin él?

—¿Sin Sting?

—¡Sin su walkman, pendejo!

—No mames, pinche Ruby. Ahora sí que estás bien, pero bien–bien pendejo. ¿Quién te creíste que eres, pinche punky metido a ladrón de gallinas?

—Yo no me voy de aquí sin atracarle el walkman a ese güey —se remuerde los labios, besa la cruz el Ratboy—. Te lo juro, mi Roxy, por lo más sagrado.

—¡Ese güey es Sting, animal! —sacude la sesera, pela las córneas, frunce el ceño, se pega con la yema del índice en la sien el Roxanne.

—Yo no sé si en Europa Sting sea la gran caca, pero aquí es puro pájaro nalgón. Y ese güey trae un walkman, el primero que yo he visto en mi vida. Con esa información tengo bastante.

—Y eso que no has oído cómo suena el cabrón aparatito.

—¿Y a poco tú sí?

—Una vez, dos minutos nomás. Dos minutos de gloria, no mames. Fue en vacaciones, en una tienda gringa —mamonea el Roxanne, según él sin querer.

—¿Y por qué no te lo compró la Foca? Digo, con tanta lana… —deja escapar el Rudeboy una súbita ráfaga de tirria.

—Cómo crees, si costaba como doscientos dólares, y además el impuesto.

—¿No te suelta billete cuando viajan?

—Me dio hasta más, pero al salir de aquí. Para cuando vi el walkman me quedaban dos pinches billetitos de a veinte.

—¿O sea que ni siquiera intentaste chingártelo? —se han ido desplazando hacia un rincón, el Rudie está deseoso de entrar en materia.

—¿En Houston? No me chingues. Ahí te agarran y seguro te cogen.

—¿Qué te van a agarrar, si son pendejísimos? Te cogerán a ti, a mí me la pellizcan.

—¿De qué crees que están llenas las cárceles gringas? Te lo voy a decir, sin cargo extra: de pendejos pasados de reata que creyeron que todos menos ellos eran unos pendejos. ¿Captas o te lo explico?

—No, si ya te entendí —suelta el Rudeboy una risa sardónica—. Tuviste un Sony Walkman en las manos y no te lo clavaste… ¡Puta madre, qué estúpido!

—Ya sé, tú te clavaste las pilas en el Centro… —se hace el gracioso el Roxy, mientras pasa revista de reojo a Andy, Stewart, Sting, echados en ese orden sobre sendos sillones de la sala, esperando el arribo de la traductora.

—¿Sabes qué, pinche Roxy? —corta el albur el Ratboy, le da un par de palmadas en el antebrazo—. Déjate de mamadas: nos clavamos el walkman del señor que modela para Miss Clairol y lo rifamos luego entre tú y yo.

—¿Qué? ¿Lo vas a asaltar?

—No sé qué voy a hacer, pero mejor pregúntame si vamos a asaltarlo.

—Yo no soy asaltante, baboso.

—Ni yo robo gallinas, baboso. Lo que digo es que vamos a agandallarle el walkman a ese güey.

—¿Se lo vas a quitar de la cintura?

—¿Y si esperamos a que él se lo quite?

—Si quieres de una vez nos lo cogemos…

—Va a tener mucha chamba, mañana en la noche. Ni modo que se lleve el chunche al escenario. Y mientras todo el mundo le bailotea enfrente, tú y yo vamos de shopping a su camerino. Que estará por supuesto vacío y esperándonos. O voy yo y me echas aguas, ¿cómo ves?

—¿También vas a orinarte en los espejos?

—Ya no seas rencoroso, Roxy Man. Imagínate, es un salón de fiestas. No estadio, ni auditorio, ni arena de conciertos. ¿No oíste lo que dijo mi primo hace ratito? Hay mesas, no butacas. ¡Mesas, puto, como en las graduaciones! ¿Tú crees que va a haber mucha seguridad? ¿Piensas que van a hacerle cambio de guardia al walkman de Lord Sting? ¿Le tienes miedo a andar en la trastienda de una b–o–d–a? No le saques, putito, piensa en grande.

—Buenas noches —retiemblan las bocinas, el silbido del feedback taladra ya los tímpanos de los presentes y el mismo Sting se tuerce hacia un costado, de modo que se asoma una vez más el bulto de metal con estuche de piel color azul, del cual pende un angosto cable negro que va a dar hasta el cuello del cantante y se bifurca allí para desembocar en dos pequeñas ruedas cubiertas de hule espuma, unidas por un arco de acero flexible y ligerísimo: los ínfimos audífonos.

—¿Y ya sabes que tiene controles separados para cada canal? —persiste en mamonear el Foxy Roxy. Luego da media vuelta y se escurre hacia el frente, donde al cabo halla un hueco sobre la alfombra, a no más de dos metros de las suelas del hasta hoy propietario del walkman.

—Lo dicho, Lambertito: nomás viniste a darle al Policía Mayor su tanda de frentazos en el ombligo —refunfuña allá atrás el Moody Rudie, pero vuelve la vista al costado de Sting y ya se recompone calculando que a ese bonito walkman le iría bien una Benotto de carreras. No es tan fácil robárselas, pero una nueva debe de salir como en treinta, cuarenta extintores. Demasiado trabajo para un pinche vehículo que ni motor tiene.

—¿Cuáles son sus influencias musicales? —pregunta un despistado y el Roxy ya se vuelve hacia su retaguardia para echarle unos ojos de pistola que delatan desprecio de iniciado.

La Cucaracha —se pitorrea el cantante, y a una nueva pregunta suéltase canturreando La Cockrasha con lo que el Rudie juzga el desparpajo típico del candidato al desvalijamiento. —¿Sabes cuál es El Reto de todos los rateros de este mundo? —informará más tarde el Ruby al Roxy, a la hora de abordar el ramblercito y de volver al Clash al ocho tracks—. To fuck The Police!