Volver a morir

Toscanadas
(Especial)
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Una de las creencias católicas que casi nadie cree es aquella de la resurrección de la carne. Es una herencia de la corriente principal del judaísmo. Jesús, como buen fariseo, creía en ella y rivalizaba con los saduceos al respecto. Entonces la costumbre era labrar tumbas como cuevas en la falda de un monte, de modo que al estilo de Lázaro o del mismo Jesús pudiera salirse de ellas con tan solo empujar la piedra que la taponaba.

Quienes tienen el don de la fe, o sea, la propensión a creer sin cuestionar, se sienten más cómodos con la idea de irse a vivir espiritual y eternamente a una dimensión fantástica llamada cielo, donde podrán contemplar a Dios después de que Dios los estuvo contemplando toda su vida. Para no poner a prueba esa fe, se les evita ese versículo en que Mateo se entusiasma más de la cuenta y relata que “abriéronse los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido se levantaron salidos de los sepulcros, después de su resurrección, vinieron a la santa ciudad, y se aparecieron a muchos”, evento que, de haber sido verdadero, hubiese bastado para la conversión de todos los israelitas y muchos romanos.

Pero ahora el papa Francisco viene a revolver las aguas al firmar el documento Ad resurgendum cum Christo, y retoma la muy cristiana y empolvada idea: “Por la muerte, el alma se separa del cuerpo, pero en la resurrección Dios devolverá la vida incorruptible a nuestro cuerpo transformado, reuniéndolo con nuestra alma”. O sea, que los muertos habrán de salir de sus sepulcros para habitar en este mismo mundo, pues bien lo dice el salmo: “Los justos heredarán la tierra, y vivirán para siempre sobre ella”.

Menos mal que muchos son los llamados y pocos los elegidos, ya que si todos tuviésemos derecho a la resurrección de la carne, ese día saldrían de sus tumbas más de cien mil millones de ex muertos, y vaya uno a saber qué pasaría en la tierra con tal sobrepoblación.

Siguiendo con el boletín papal, “la Iglesia recomienda insistentemente que los cuerpos de los difuntos sean sepultados en los cementerios u otros lugares sagrados”. Y es que, aunque Dios todo lo puede, hay que facilitarle la chamba. Debe serle fácil agarrar los huesos de un osario, rearmarlos y ponerles su carne original, que ojalá sea una carne joven y no la que tenía en el momento de la muerte. En cambio, si alguien tuvo la descortesía de echar las cenizas de su madre en el mar, Dios tendrá más chamba que un bracero en las pizcas, recolectando en los siete mares cada minúsculo fragmento de carbonato de calcio hasta reconstruir a la difunta.

Aunque no se anima a prohibir la cremación, el amable Francisco nos dice que “no está permitida la conservación de las cenizas en el hogar”, quesque porque arrumbadas en un cementerio o en una costosa cripta en la iglesia se le reza más al difunto. Y sin embargo, aunque nadie me rece, yo prefiero resucitar en casa que bajo tres metros de tierra, donde la ansiada resurrección apenas me servirá para espantarme, asfixiarme y volverme a morir.