Perdedores

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Algunos de los perdedores protagonistas de 'Solo pido un poco de belleza'
Algunos de los perdedores protagonistas de 'Solo pido un poco de belleza' (Especial)

El año viejo languidece después de sacudirnos, mientras a una ristra de gente le da igual porque están acostumbrados a perder. En las vías secundarias de Barcelona, por ejemplo, habitan las miserias y el esplendor de un italiano ex combatiente de las guerras africanas, una sirvienta que aprendió a leer después de que la familia para la que trabajó durante muchos años la echara a la calle, una anciana abandonada que toca el piano mientras la acecha una manada de ratones, una drogadicta recolectora de chatarra que un día se encuentra seis mil euros en un elevador, inquilinos de departamentos codiciados por los especuladores inmobiliarios, un moro apuñalado y una ecuatoriana piadosa que se escandaliza con la gente disoluta que a veces abunda en la playa. Son un puñado de solitarios y/o derrotados, violentos y/o violentados, abusadores y/o abusados, engañadores y/o engañados, pero también, sobre todo, un grupo de personas que parecen haber perdido todo menos los recuerdos y la dignidad.

Sus historias, tan simples y tan reveladoras de la condición humana, las cuenta el periodista catalán Bru Rovira en Solo pido un poco de belleza (Ediciones B), quien trabajó durante 25 años en la sección internacional del periódico La Vanguardia y ahora, después de recorrer medio mundo, se ha fijado en aquellos que a diario muchos ven pero pocos se detienen a mirar en la única ciudad realmente europea que tiene España. Fue una trabajadora social la que un día invitó a Rovira a las reuniones semanales de un grupo de ex alcohólicos. Ahí, ellos le contaban sus vidas y él algunas anécdotas de sus viajes, con la paciencia y la complicidad de ambas partes, sin fingir objetividad.

Parece sencillo, pero saber escuchar y escribir la vida de los otros requiere de una amplia capacidad de discernimiento. Quizá por eso, ante la memoria selectiva de los personajes con los que convive, el periodista recuerda en su libro lo que dice J. M. Coetzee, citando a Platón, sobre la verdad y los poetas: “Platón acusaba a los poetas de preferir sacrificar la verdad antes que renunciar a la belleza. Pero si preferían sacrificar la verdad, argumenta Coetzee, es porque estaban convencidos de que la belleza constituye una verdad en sí misma. (…) Y a mí, como reportero, se me presentaba ahora, al contar todas estas historias, el dilema de tener que lidiar entre la verdad de sus vidas y unos relatos marcados por la deriva de una narración que falseaba los hechos para hacerlos soportables”.

Hace una década, este especialista en información internacional publicó Áfricas (RBA), una crónica de cuatro conflictos (Sudán, Somalia, Liberia y Ruanda), donde se mezclan el dolor y la tragedia pero también la dignidad y la esperanza, en la que hizo gala de su acostumbrada mirada detallista. Ahora repite el ejercicio, pero con las pequeñas historias que articulan la ciudad donde nació y creció. ¿Qué será más fácil? ¿Escribir sobre un sitio lejano o sobre el terruño? ¿Dónde se reconoce uno más? “Hay que aceptar que aquello que desconocemos de nosotros mismos pero que a veces es capaz de liberar nuestra imaginación”, concluye el autor, “suele ser, a menudo, lo único que tenemos para sostenernos con cierta dignidad y una pizca de belleza”.