Blanca Navidad

Café Madrid
Puerta del Sol de Madrid
Puerta del Sol de Madrid (Especial)

El viandante llega a la Puerta del Sol —corazón de Madrid, kilómetro cero de España— y, justo debajo del añejo letrero de Tío Pepe, el vino jerezano convertido en símbolo nacional, se topa con un cartel publicitario gigante. Sobre un fondo negro, el rostro curtido del narcotraficante más famoso de la historia parece mirar el árbol de Navidad colocado en el centro de la plaza, mientras piensa y desea lo que tiene escrito al lado: “Oh, blanca Navidad”. Es el anuncio de la serie Narcos, de Netflix, causante de una avalancha de risas y reprobaciones debido a esa frase alusiva a la blancura de la cocaína que adereza las fiestas (de estas fechas y de otras).

La plataforma de televisión alternativa triunfa con cada uno de sus  capítulos sobre la vida y obra del colombiano Pablo Escobar y con sus campañas publicitarias “a la vieja usanza” (primero llenando las calles de Madrid con carteles donde aparece la cara del “patrón” debajo de un llamativo “Se busca” y ahora con el espectacular colocado en el centro capitalino). Pero no solo los anuncios llaman la atención y causan polémica. También el ángulo de tratamiento del personaje en la serie. Lo dicen, sobre todo, quienes conocieron mejor al personaje. Su hijo, por ejemplo.

Hace unos meses, cuando vino a España para promocionar su libro Pablo Escobar, mi padre (Península), Juan Pablo Escobar me citó para una entrevista en el Hotel Palace, el mismo lugar donde su progenitor había estado en 1982 celebrando el triunfo electoral de Felipe González, como parte del grupo de parlamentarios colombianos que presenciaron aquellos comicios. “A mi padre no lo mataron, como se ha dicho, los que querían capturarlo. Él se suicidó antes de que lo atraparan. Además, mi tío Roberto fue quien lo entregó”, me dijo el hijo del capo, convertido en escritor, bajo la elegante cúpula del hotel. 

Durante un buen rato recordó los detalles de los años en que creció. En sus fiestas de cumpleaños, dijo, las piñatas estaban llenas de dulces y de varios fajos de dólares. Su casa estaba en medio de un zoológico con los animales más exóticos del planeta y de un estacionamiento lleno de coches y motos último modelo. La serie Narcos acaba de estrenarse y, cuando le pregunté qué le parecía el enésimo reflejo audiovisual de su padre, afirmó al instante: “Tiene muchos errores. Exagera algunos hechos o de plano los cambia”. Bueno, es una ficción, le especifiqué, y enseguida explicó: “mi padre era mucho más cruel de lo que se refleja en la serie. Sometió a un país con el terror. Están inculcando una cultura en la que parece que ser narcotraficante es cool. No se reflejan los momentos de terror de las víctimas. Tampoco mi abuela era esa mujer tierna que aparece ahí. Ojalá, pero no. Ella lo traicionó con el cártel de Cali. Tuvo que elegir entre su vida y la de su hijo y eligió salvarse”, remató con resquicios de dolor y rencor.

Entre una cosa y otra, en la Puerta del Sol Netflix ha consolidado al “patrón” como toda una celebridad, ha “banalizado” el consumo de cocaína en este mundo de hoy, tan políticamente correcto y sin sentido del humor, y así preside el lugar más importante de España para desearnos una feliz Navidad. “¿Sí o qué, malparidos?”