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Domingo , 16.12.2018 / 10:03 Hoy

Viaje por la fragilidad actoral

Peripecia

Movimientos gestuales y corporales de una actriz y un actor se expanden sobre el escenario desde donde buscan romper la barrera que levanta el espectador para protegerse de lo que suceda bajo los reflectores
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Expresiones lentas que avanzan en el enigma sobre lo que ella y él requieren para entrar a una ficción gestada sobre una ruta de verdades que se destapan en la trayectoria de los dos personajes que Tennessee Williams plasmó para que siguieran creciendo por encima del tiempo.

Breves palabras sobre lo que se proponen el director, Luis Alcocer Guerrero, y el adaptador, Jorge Luis Chávez Caballero, innecesarias quizá por lo que tendrá lugar más tarde, imprescindibles tal vez para quien busca pistas sobre un montaje que quizá rechace o se permita descubrir su entramado. 

Alcocer Guerrero, autor y director de La invención de la histeria y de Teatro de momias, condensa en esta ocasión su planteamiento plástico sobre la escena en dos cubos blancos sobre un breve montículo de arena blanca, una máscara y una escalera, donde sus dos actores desarrollarán su propio abordaje creativo en tanto autores de su expresión escénica para introducirse paulatinamente en el microcosmos de los personajes bautizados por Thomas Lainer Williams como Uno, que es ella, y Dos, él.

Adriana Butoi, actriz de origen rumano, y Jorge Chávez Caballero, actor mexicano, despojados de todo artificio, incluida la protección que les pudiera proveer el vestuario, al estar descalzos de inicio, con pantalón corto y camiseta, se insertan en ese viscoso diálogo que plantea el autor norteamericano en su obra No puedo imaginar el mañana, sobre el invencible paso del tiempo y la paradoja que plantea la necesidad de una rutina que mantenga lejos la posibilidad de cambio, contra el temor de lo que pudiera resultar de cualquier transformación ligera.

La dirección de Alcocer Guerrero, despojada esta vez de objetos, artefactos, títeres y camillas, desnuda la escena para dejar a la actriz y al actor en busca de una construcción que mantenga la espiral descendente de sus personajes, en este caso un actor con problemas de expresión verbal y una mujer con una inmensa depresión, ambos enfrascados en una relación que se alimenta de su monotonía rumbo a la caída en un precipicio desconocido. La desesperación que el hastiado y hundido personaje femenino genera en el espectador, por encima de su desolador y último grito por modificar en algo su existencia, se estrella con la ansiedad de su amigo, que se engancha al pavor y la incomprensión que le causa abandonar la seguridad que le anuncia la imagen de una grulla, que resguarda en su pata encogida una previsora piedra, de la que carece el desamparado personaje llamado Dos, para advertir el peligro. 

Prostético de corazón es el título que el director elige para este viaje por la fragilidad actoral que, mientras se desvanece, empodera al elenco hasta la transformación que arriba a la fortaleza para desgranar una profunda debilidad al interior de dos personajes cuyo poder reside en la honestidad y el crecimiento actoral, en la franca entrega a lo largo de la empinada ruta hacia parajes que el ser humano detesta en su eterno afán de repetición como obstinada salvaguarda.

La dirección que acude a la esencia humana de las barreras para abrir un mínimo horizonte, los inquietantes y esclarecedores diálogos del dramaturgo norteamericano, la conmovedora y abierta creación de dos actores que desvanecen la cuarta pared para construirla en segundos y fragmentarla una vez rendidos sus personajes, resulta un viaje a lo recóndito, hasta que los actores salen al rescate de su espectador.      

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