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Lunes , 24.09.2018 / 01:46 Hoy

Un 'western' con penacho

A fuego lento

El argumento significa muy poco cuando hablamos de una buena novela. De no ser así, Mario Puzzo, Sidney Sheldon y aun Dan Brown compartirían la mesa con Flaubert, Joyce y Broch
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Pasa lo mismo con las ideas filosóficas: son tan inoportunas como un predicador en una despedida de soltero. Una buena novela es, ante todo, arquitectura verbal: una casa hecha de una elevada conciencia del lenguaje.

El oficio de la venganza cierra los ojos frentes a estas sospechas. Tiene uno de esos argumentos concebidos para atraer a un lector de bestsellers y confía demasiado en las ideas. Eso significa que desdeña el arte de narrar. Ya que solo quiere crear un efecto cautivador, considera a la escritura como una criada sumisa y no como la señora de la casa. Es lo que ocurre cuando la novela no pasa de ser un mecanismo de entretenimiento.

Debemos conformarnos entonces con la empresa oficiosa de Aristóteles Lozano, un crítico literario que elige el camino de la venganza después de que un estafador de bajo vuelo —Cristóbal San Juan— se larga con su novia. Ese estafador tiene un propósito supremo: establecer un culto a las antiguas deidades mayas y renovar el prestigio de los sacrificios humanos, con pirámide y sumo sacerdote incluidos. La novela avanza así entre la nostalgia del paraíso amoroso y la búsqueda de Cristóbal San Juan, quien sufre diversas transformaciones —pícaro en Europa, conchero en la Ciudad de México, matarife de cerdos en Michoacán— antes de encabezar a un grupo de fanáticos religiosos. Entretanto, Lozano no pierde oportunidad para hacer el escarnio del circo literario y sus enanos, y de soltar frases de este alcance: “descubrí que los cobardes no son vengativos, son rencorosos”; “cada vez estaba más cerca el momento de cobrar venganza y de humillar a ese canalla”; “estoy convencido de que cobrarse las afrentas proporciona su lugar al honor”; “cada quien tiene derecho a hacer lo que quiera con su vida”. Confieso que por momentos me vi transportado a una noveleta de Marcial Lafuente Estefania, con sus pistoleros y sus duelos ante la puerta de la cantina.

En cierto momento, Aristóteles Lozano dice: “dudo que escribir se trate de escribir cosas nuevas, se trata de hacer sentir lo trascendente”. Es cierto, no se trata de escribir “cosas nuevas”. En cuanto a lo trascendente: bueno, hay que lanzarse de vez en cuando en su busca pero, por favor, al menos con vocación de estilo y sin la pátina de aquellas historias de indios y vaqueros.

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