Números vemos, verdades no sabemos

Toscanadas
El debate al impuesto al refresco.
El debate al impuesto al refresco.

Intente usted investigar un asunto a través de la prensa y ya verá la confusión en que se mete. Eso me pasó ahora que quise entender algo sobre el famoso impuesto a las bebidas azucaradas.

En una nota de Milenio encontré que el tal impuesto “cumple con su objetivo”, pues el consumo de refresco había bajado un 10 por ciento en el primer trimestre de 2014. Se estimaba que ese año se recaudarían 12 mil 400 millones de pesos; y para el 2015 serían 18 mil 271 millones de pesos, lo cual no resulta lógico a menos que ahora se esperara un aumento del 50 por ciento en el consumo.

Otra nota de La Jornada dice que si el impuesto de un peso por litro se baja a 50 centavos, se dejarán de recaudar 522 millones de pesos. ¿De dónde sale semejante número que no alcanza ni para la rapiña de un gobernador? Si se utilizaran como base los datos de Milenio, se dejarían de recaudar unos 9 mil millones.

En diversas fuentes se reportan distintos costos de atender la obesidad en México, los cuales van de los 70 a los 98 mil millones de pesos al año. Varios medios le asignan 85 mil millones tan solo a la diabetes. Y aunque nos dicen que las medidas del Estado están funcionando, la OMS piensa que en el 2017 la obesidad le costará a México 150 mil millones. Los cálculos de diabéticos en México van de los 6 a los 10 millones, según la fuente.

Por su parte, El País informa que “La Hacienda mexicana ha conseguido 1.2 millones de dólares en el último año por esta carga fiscal”, o sea, alrededor de una milésima de lo que reportó Milenio. Y nos informa muy reveladoramente que “aunque la disminución en las ventas del producto se presentó en todos los niveles socioeconómicos fue más profunda en los de mayor pobreza”.

Mientras que en La Jornada la diputada Alba Ramírez Nachis dice que bajar el impuesto de un peso a 50 centavos ‘‘es una sentencia de muerte para los mexicanos’’, El País apunta que “de cada millón de personas que fallecen, unas 300 mueren por enfermedades ligadas a la ingesta de refrescos”, lo cual equivale a 500 personas anualmente; o sea, que el dulce embotellado sería 50 veces menos peligroso que el automóvil, pero nadie dice que haya que subir el precio de la gasolina para evitar accidentes de coche.

Por supuesto, no hay quien calcule el incremento en el consumo de limonada azucarada hecha en casa, pues eso suelen preparar las madres cuando sube la Coca. Y sin embargo, un estudio serio no se limitaría a hablar de refrescos, sino de la venta y consumo total de toneladas de azúcar. ¿Han aumentado o disminuido?

Algunos medios informan que este impuesto afectó negativamente a las empresas refresqueras; otros dicen que salieron ganando, pues es mejor negocio vender agua embotellada que agua a la que se agrega azúcar, gas y concentrados.

Y así como en este asunto, en muchos otros es difícil hacerse una idea del mundo a través de la prensa. Ya una vez me puse a “investigar” en distintos medios cuestiones sobre los hábitos de lectura de los mexicanos. Publiqué un artículo en el que tomaba multicitados datos de estudios de la UNESCO y la OCDE, estudios que incluso se habían debatido en el Congreso. Pues bien, me escribieron de ambas organizaciones para decirme que los tales estudios no existían. Y, en efecto, no existían, y perdí mi chamba en el NYT, que de cualquier modo vive publicando cosas que no son.

Por eso hoy no tengo una idea clara de los efectos del impuesto a los refrescos y desconozco cuántos libros al año leen los mexicanos. En cambio tengo la certeza de que don Quijote vivió en un lugar de La Mancha, que Gregorio Samsa amaneció convertido en un espantoso bicho y que Juan Preciado fue a Comala porque le dijeron que allá vivía su padre.