El mono amaestrado

Toscanadas
(Especial)
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Escribo esto cuando todavía no se sabe si ganará Hillary o Donald; pero para cuando usted, desocupado lector, lo lea, sabrá perfectamente qué ocurrió, o quizá lo sabrá de modo imperfecto, en caso de que haya acusaciones de fraude y conteos voto por voto. Pero cualquiera que haya sido el resultado, la preocupante revelación es que la democracia está pasando por una crisis.

Lo que hoy llamamos democracia es capaz de dar el poder a un fanático desorientado como Kaczyński en Polonia, convertir a un Daniel Ortega en todo aquello contra lo que luchó a los veinte años, transformar a un buen chofer de autobús en un pésimo jefe de Estado en Venezuela, destruir bellos proyectos a golpe de referendos, darle las riendas de México a quien no leyó ni siquiera los libros citados en su tesis y, también en nuestro país, crear una banda de cacogobernadores inmunes a toda acción penal, pues, se sabe, buena parte de lo que se roban va a parar a las arcas del mismo partido para financiar las candidaturas de más cacogobernadores.

El caso gringo es emblemático y alguien tendrá que hacer sonar la alarma. Si el país todavía más poderoso del mundo fue apenas capaz de presentar dos impresentables candidatos, ¿qué le espera al resto del mundo? Y es que la política se convirtió en un juego privado de los políticos; y apenas nos invitan a jugar cada tantos años para marcar un recuadro con una cruz.

Se sabe que un mono amaestrado puede elegir entre dos o más opciones. Puede votar. Se sabe también que el ciudadano promedio se distingue poco de un mono amaestrado. Al mono se le enseña a elegir entre opciones sencillas, como son las formas o los colores o los sabores. Si al votar por la opción roja le cae un plátano, y si al votar por la blanca le sale una copa de un buen Chambertin, sabemos que votará por la roja. Sabemos que un mono prefiere a una mona que a la más brillante de las mujeres. Prefiere un bongó que un piano. Entiende mejor un monosílabo que un poema épico; un pellizco que un argumento. Le seduce más el copete que la cabeza. Sea copete rubio o moreno. Elige lo inmediato por sobre lo duradero. Sin grandes protestas, acaba por aceptar el cautiverio. Las ironías no le hacen sonreír, y en cambio se divierte con supremas vulgaridades. Entiende el pastelazo, pero no a Sancho Panza.

Quesque las mujeres, quesque los millennials, quesque los latinos, quesque la ilusoria clase media, quesque los obreros desempleados, quesque los jóvenes desencantados, quesque las minorías sexuales, quesque los evangélicos, quesque los católicos, quesque los jubilados… No, queridos amigos, las elecciones las deciden los monos amaestrados; y a ellos se dirigen las campañas de los candidatos, quienes tratan de seducir con bramidos, gestos, amenazas y bananas a las distintas especies de primates, en especial a los Macaco televisius e Iletropitecus simplicius.

Verdad que hay candidatos impresentables, pero también hay votantes igual de impresentables. Para garantizar la democracia no hacen falta INES, sino mejores escuelas. Hace falta apagar la tele y leer un libro. Entonces, sin importar lo que pase en el mundo de allá afuera, el Homo sapiens se sentirá libre, igual que si viviera en una democracia perfecta, en una realidad alterna que difícilmente conocen los monitos.