Agua Bendita

Toscanadas
El sábado 13 de mayo se presentó el papa Francisco en Fátima.
El sábado 13 de mayo se presentó el papa Francisco en Fátima. (Especial)

Ciudad de México

Hace tres años, un montón de mexicanos se volcó a adorar ciertas reliquias de Juan Pablo II, las cuales, dijo la arquidiócesis, incluían “un pedacito de su piel que fue tomado después de su muerte, seguramente”. Apuesto porque sea verdadero ese “seguramente”, pues en la duda cabría imaginar a un papa moribundo mientras los cazadores de reliquias ya le están amputando el dedo gordo del pie o la tetilla derecha. Uno pensaría que estas manifestaciones de credulidad se habrían gastado en la Edad Media, pero en pleno siglo XXI pudo verse incluso a un mariachi tocándole canciones de Roberto Carlos al pellejo ése.

Ratzinger, por ser más razonable y menos querido, no andará paseando su cutícula postmortem por el mundo.

Pensaba en esto porque el sábado 13 de mayo se presentó el papa Francisco en Fátima. Más allá de echar a andar toda una industria turística que multiplicó sus precios durante ese fin de semana y de soltar un discurso que cualquier abuelita puede armar, convirtió en santos a dos pastorcitos que hubiesen sacado cero puntos en la prueba PISA. De paso pasearon también sus lerdas reliquias, que consistían en una parva cantidad de pelos y huesos. Y la gente adoró esos pelos y esos huesos.

No sé por qué, siendo lo más vulgar del mundo, las reliquias tienen este carácter sagrado aun cuando son falsas. Ahí está, por ejemplo, el famoso anillo de Barragán, que nadie ha denunciado como falso, pues no hay modo de convertir huesos calcinados en diamantes.

Pero volviendo a las supersticiones religiosas, nada ha sido tan cotizado en la historia como las reliquias del señor Jesucristo. Como al mesías se le ocurrió ascender en cuerpo y alma al cielo, no dejó esqueleto en tierra sino apenas los clavos de la cruz, el manto de Turín, el trapo de Verónica o el prepucio que le cortaron a los ocho días y con el cual incontables monjas tuvieron también incontables orgasmos.

Pero he aquí, amigos creyentes, que Toscana les dará la solución para acceder a las reliquias del hijo de Dios sin salir de casa.

Jesús vivió treintaitrés años. Digamos que cada día bebía dos litros de agua. Eso es, redondeando, veinticuatromil litros que tuvo en su santísimo cuerpo y regresó al mundo en forma de orines, sudor, escupitajos, lágrimas y demás excreciones. Toda esa agua bendita paró en ríos y mares, se volatilizó y se metió en el eterno ciclo de evaporación y lluvia. Dos mil años después, por meras leyes físicas, químicas y del azar, esos veinticuatromil litros están homogéneamente distribuidos por todo el mundo. Así, en cada vaso de agua, hay miles de moléculas que un día hidrataron al Señor. Y dado que el cuerpo de usted, amigo mío, tiene sesenta por ciento de agua, en todo momento lleva dentro de sí el venerable H2o que un día la samaritana dio a Jesús.

Esas hidromoléculas también están en cualquier botella de tequila o cerveza o vino. Así que la próxima vez que alce su copa para brindar, piense que el Cordero de Dios bien pudo decir: “Tomad y bebed todos de él, porque ésta es mi agua”. Con la salvedad, claro está, que lo mismo tenemos en nuestros cuerpos el agua de Cristo que la de Pilatos o Caifás, y hasta más de estos dos últimos, puesto que Jehová los bendijo con riquezas y larga vida para que bebieran más.