Soy la otra

Teatro 
La obra escrita y dirigida por Alejandro Ricaño se presenta viernes, sábado y domingo en el Teatro Julio Prieto.
La obra escrita y dirigida por Alejandro Ricaño se presenta viernes, sábado y domingo en el Teatro Julio Prieto. (Especial)

El amor de las luciérnagas lanza a los personajes en busca de su doble, siempre grácil y escurridizo 

En qué dimensión se podría ubicar la rivalidad entre una persona y su otro yo, siendo aquella más veloz, intuitiva,  abusada  y virtuosa, pero físicamente idéntica a la original. Qué celos podrían apaciguarse y cómo, si la otra trata a su madre con la familiaridad edificada tras un cúmulo de años y sucesos, lo mismo que al primer novio que insistimos tercamente en que sea el último. Alejandro Ricaño transforma este vértigo en una travesía divertida y alentadora bajo más de cien luces que iluminan el escenario, donde la ansiedad de encontrar quién se es verdaderamente parte en más de tres a un mismo personaje.

El amor de las luciérnagas es una obra escrita y dirigida por Ricaño, que ha tenido larga vida desde que fue reconocida con el Premio Bellas Artes Mexicali de Dramaturgia 2012 y ha cumplido varias temporadas hasta llegar a la actual que se anuncia como la última oportunidad para asomarse a la obra de un dramaturgo mexicano que sabe plasmar en sus textos el caudal de contradicciones que acosan la existencia de personajes que andan por el mundo con su fragilidad y su esperanza a cuestas.

Ricaño no se anda con rodeos. Autor de Riñón de cerdo para el desconsueloMás pequeños que el Guggenheim y Lo que queda de nosotros, por mencionar solo tres obras de su ya extensa producción, crea personajes que son hombres o mujeres de este mundo, al abordaje de universos deseados, temidos o desasosegados, cuya poderosa ficción los transforma en seres distintos a los que eran antes de descubrir esa verdad que encuentran gracias a su viaje real y fantástico.

El amor de las luciérnagas es una obra que cruza la vida de María mientras descubre que lo que escribe en una vieja máquina mecánica se hace realidad, por lo que un duplicado de ella anda suelto. La aparición de una María idéntica, que la autora alcanza a ver, escabulléndose, desde el fondo del funicular donde observa el paisaje de Bergen, detona la angustiante persecución de sí misma en pos de su otro yo autónomo.  

Alejandro Ricaño el dramaturgo, nacido en Xalapa en 1983, hace que sus personajes describan el momento pasado y el presente; narren, dialoguen sus cuitas consigo, con sus otros yo, presentes a unos pasos de distancia  y con el espectador, a quien también le hablan de frente. Mediante parlamentos directos, francos, cómicos y en ocasiones soeces, María y su solidaria amiga Lola emprenden un viaje en busca de la doble, que las conduce a tropiezos y hallazgos.

Ricaño, el director, desarrolla en escena su propia narraturgia, en este caso sólida y, aunque reiterativa —quizá en busca de un ritmo determinado—, progresiva y dinámica, mediante movimientos coreográficos en los que a ratos participan las tres Marías, en ocasiones también Lola y por momentos su familia, de manera medular.

Las escenas se suceden casi cinematográficamente, como si hubiera cortes, disolvencias que se retoman más tarde y siguen su curso en un transitar que se detiene para dar paso al siguiente suceso. Unas maletas con auricular de los años noventa integrado, una silla con el mismo aditamento en color rojo, son lo que necesitan estos personajes viajeros, como si el veliz preservara su esencia.

La economía escenográfica permite un trazo limpio y abre un espacio poético que avanza a pie en el centro de la existencia común, plena de guiños para teatreros y de referencias culturales y sociales que, en el contexto de los personajes y al centro de su creciente asombro, hacen explotar carcajadas.       

Sonia Franco interpreta con frescura y profundidad después de tantos años a la María original, Sara Pinet genera un buen contrapunto en el papel de Lola y Hamlet Ramírez crece en su rol de tlacotalpense desconfiado y tierno. Pablo Marín como el taimado Rómulo y Ricardo Rodríguez firme en sus tres papeles, además de las cuatro jóvenes actrices que alternan a las dos Marías, crean la intermitente sensación de la búsqueda evocada por el poeta Pellicer, lance que Ricaño acepta.