Cultura

Señora Klein: teoría e inmolación

Merde!

Un texto teatral poderoso reclama actuaciones de nivel y una dirección perfecta. Nicholas Wright escribió La señora Klein en 1988 y siempre ha sido un reto para actrices. Melanie Klein existió y sus teorías psicoanalíticas son tan vigentes como las de Sigmund Freud en países de Europa, Estados Unidos y América Latina, aun con Lacan o la terapia Gestalt.

Importa decirlo por si hay duda de la actualidad de la obra a la que asistimos como jurado popular para elegir quién tiene razón de lo sucedido en escena: tres especialistas en terapias de psicoanálisis —la freudiana, la kleiniana o una tercera en independencia y aprendizaje—, partiéndose mentalmente la conciencia para descubrir si la señora Klein es responsable del suicidio de su hijo, o si la hija de Klein tiene odio a su madre por revolucionar las ideas de Freud sobre pacientes infantiles: los hijos de Klein fueron sus primeros conejillos de indias.

Asistimos a desafíos y disculpas, coraje y envidia, arrepentimientos y confrontaciones, la fortaleza de las razones contra la debilidad de las emociones, y las teorías e ideas en el aire como una inmolación pública, en una discusión sobre los usos y abusos del psicoanálisis. Si no sabemos a profundidad la historia del debate de ideas del pensamiento psicoanalítico, igual ganamos un duelo sobre esas teorías universales y, de paso, presenciamos uno de los grandes eventos del teatro que estremece.

Porque sí. Porque los que hemos ido a terapia individual o de grupo estamos en manos de esas personas que también tienen su historia individual y, sin terapias ellas mismas, pueden dañar al paciente. De ese tamaño es la dimensión del contenido de la obra de Nicholas Wright. Y los que no han ido tienen la posibilidad de pensarlo después de ver la obra inspirada en un hecho histórico: Melanie Klein y la hija de Sigmund Freud —Anna Freud— vivieron intensos desencuentros por la forma de ver y aplicar el psicoanálisis.

Culpa y victimización. Melitta Schmideberg jamás se reconcilió con su madre, Melanie Klein. La obra nos recibe con la intensidad de un diálogo a muerte verbal, con el diván colgado como conciencia. Tres mujeres, tres psicoanalistas, tres judías exiliadas en el Londres de la Segunda Guerra Mundial. Tres actrices de nivel: Emoé de la Parra, Paola Izquierdo y Alejandra Maldonado (no sé qué diría si hubiera visto aquel montaje dirigido por Ludwig Margules con Ana Ofelia Murguía, Delia Casanova y Margarita Sanz, consagradas por su trayectoria).

Reclamaría una mejor escenografía que no fuera de casa de muñecas por falta de presupuesto. El diván en el cielo y un escenario vacío hubieran sido fantásticos para oír esas voces poderosas en vez del chillante amarillo de los muebles de juguete. También, un mejor director que la propia Emoé de la Parra: juro que hubieran salido chispas dignas de uno de los mejores montajes del año. Pero con todo, están en plena madurez.

El Círculo Teatral cumple diez años de existencia con trabajos escénicos cada vez más profesionales.

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Braulio Peralta
  • Braulio Peralta
  • juanamoza@gmail.com
  • Periodista, ensayista y editor. Autor de Otros nombres del arcoíris, El poeta en su tierra, diálogos con Octavio Paz, De un mundo raro, un libro de crónicas de sus personales viajes como corresponsal en España, y El clóset de cristal. Publica todos los lunes su columna La letra desobediente.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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