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Viernes , 14.12.2018 / 06:59 Hoy

Sebastián Cordero: “Me dejo llevar por el estómago”

Entrevista

El director ha centrado su labor en el realismo social, con él transmite injusticias en América Latina a través de su nuevo filme ́Sin muertos no hay carnaval ́
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Una pequeña comunidad de Guayaquil corre el riesgo de ser despojada de su tierra. El conflicto con las autoridades y los posibles compradores de sus terrenos se acentúa con un asesinato. El realizador ecuatoriano Sebastián Cordero ha encontrado en el realismo social una herramienta para hablar no solo de la desigualdad y la falta de justicia en América Latina, sino de temas más personales como la figura paterna. Así lo muestra Sin muertos no hay carnaval, su película más reciente.

Sin muertos no hay carnaval es un dicho ecuatoriano, pero válido para América Latina.

De acuerdo. La película cuenta una historia que ocurre en Guayaquil, pero perfectamente latinoamericana. Sin muertos no hay carnaval es una forma de decir que las cosas no se consiguen sin algún sacrificio.

Algo latinoamericano también es el futbol, un elemento importante en la película. 

El futbol me permitió juntar a personajes que de otro modo nunca coincidirían. El ambiente del estadio ejemplifica al circo romano, donde convivían el César y los esclavos. En Ecuador, entre más dinero tienes, más alejado estás del resto de la gente. Por otro lado, creo que el futbol es el opio del pueblo. No lo critico porque me parece algo justificado y comprensible. Ante tanta adversidad e injusticia, la empatía con un equipo le da otro significado a la vida e incluso aplaca la ira.  

Aunque también lo usa como espejo de la sociedad. Uno de los personajes más corruptos de la historia tiene intereses en el futbol. 

El futbol funciona como una metáfora de la política, pero reconozco que esta interpretación la he hecho a partir de los comentarios de la gente. En un momento de la película alguien increpa a Don Gustavo (Erando González) y le dice que será recordado como un ser terrible. Él revira y lo niega, dice que en cuanto el equipo gane a la gente se le pasará la molestia. Con ese diálogo muestro que el cinismo de los políticos es absoluto. La muestra más evidente es Estados Unidos.

En esta crítica involucra la noción de justicia a partir de los extremos de la condición humana.

Justicia o venganza, según lo quieras ver. Su ausencia genera una reacción que nace de la frustración y la ira. En América Latina, a mucha gente se le juzga por actos que no cometió y en muchas ocasiones no sucede nada con los verdaderos delincuentes.   

Al igual que en películas anteriores, aborda el parricidio. ¿Por qué?

Perdí a mi padre a los nueve años y siento que como contador de historias comencé a desarrollarme a partir de ese punto de quiebre emocional. A lo largo de mi trabajo he intentado procesar el dolor desde distintas formas. Curiosamente, en el cine ecuatoriano la paternidad es todo un tema en la ficción y el documental. Supongo que es algo que seguiré explorando consciente e inconscientemente. 

Los espacios y la naturaleza tienen un papel importante. ¿La geografía determina al personaje? 

Ahora me interesaba trabajar con el agua. Guayaquil está al borde del Río Guayas, y el espacio condiciona el comportamiento y la vida de la gente. Filmé en época de lluvias porque entonces la ciudad es verde y a la vez más agresiva. Además, el agua aporta un sentido metafórico que intentamos acentuar con la edición. 

 ¿La edición hace a una película? 

En mi caso, la edición o el montaje son importantísimos. Ahí se termina y se esculpe el material filmado. Durante ese proceso defines la unidad, la tensión y el ritmo de una película. Si bien mi cine es muy racional, a la hora de editar me dejo llevar por el estómago.  


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