Soñar con Asia

Ambos mundos
(Especial)
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Mientras cruzaba el mundo de un extremo a otro para llegar a Seúl desde Colombia pensaba en Asia, en lo que me hizo interesarme por Asia, y entonces recordé a un autor, Joseph Conrad, y su gran novela Lord Jim, en la cual un joven huye de la culpa, una culpa obtenida por inexperiencia y por ambición, al dejarse llevar por marineros curtidos y sin alma a cometer una bellaquería. ¿Y a dónde huye Lord Jim? Al Oriente, cada vez más a Oriente. Primero va a Singapur y luego se interna por la península malaya. El nombre de Lord Jim es una traducción de la voz “Tuang Jim”, como lo llamaron los aborígenes de la última región en la que buscó refugio. Ese libro me cautivó. La idea de escapar de la culpa yendo hacia Oriente fue un verdadero descubrimiento. ¿Me sentía yo culpable? Con los años descubrí que en Bogotá la falta de oxígeno me hacía sentir culpa. 

La culpa. No en vano la primera ciudad de Asia que conocí fue Singapur, la primera escala de Lord Jim en su viaje hacia el olvido. Ahí en Singapur me encontré con otro libro, San Jack, de Paul Theroux, del que Peter Bogdanovich hizo una estupenda película protagonizada por Ben Gazzara. Caminé por las calles de Singapur y me sentí libre. Un americano tranquilo. Poco después viajé a Pekín e inicié lo que podría llamar “una temporada china”.

Después conocí Jakarta, donde encontré el café Batavia y las obras de Pramoedya Ananta Toer, que estuvo en la cárcel casi toda su vida. Estuve en Bangkok y conocí sus ásperos bajos mundos. Luego vino la India, Nepal, Bangladesh y Sri Lanka. Un día fui invitado a Tokio y pude conocer la ciudad de Murakami. Asia me hacía sentir libre.

Por eso cuando el Instituto de Lenguas y Traducciones de Corea me invitó a Seúl no lo dudé un instante. Era una de las pocas grandes capitales que me faltaba por conocer, e incluso me sentía en deuda. Tal vez debía fingir que ya la conocía. Había estado leyendo al filósofo coreano Byung Chul Han, sobre todo La sociedad del cansancio, y había comprendido que el gran mal del siglo era la depresión. Pero en Seúl la gente no parecía muy deprimida. Tal vez sus fantasmas son invisibles, ¿cómo saberlo? Esos fantasmas deben estar en su literatura, me dije. Escuchar al poeta Pak Jeong–de fue muy revelador, pues dijo que cada persona era un extraño planeta perdido en un solitario universo. Y luego la escritora Ham definió el amor con una frase hermosa y enigmática: “Hay gente que simplemente camina”.

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