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Sábado , 15.12.2018 / 02:49 Hoy

Sahlinismo crudo y cocido

Bichos y parientes

La cultura existe antes que la especie humana, dice Marshall Sahlins, con un aplomo que espanta:no es hipótesis sino un hecho objetivo y mensurable
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La cultura existe antes que la especie humana, dice Marshall Sahlins, con un aplomo que espanta: no es hipótesis sino un hecho objetivo y mensurable. Ya sabíamos que eso de cuantificar era de sus aficiones y talentos, desde la Economía de la Edad de Piedra (1972, traducida por Akal en 1983), donde calcula horas, trabajo y calorías hasta demostrar que los grupos de cazadores–recolectores del neolítico estaban lejos de vivir dominados por el miedo y las carencias. Con un par de horas de trabajo tenían más que cubiertas sus necesidades. Contra la tradición, las denominó “sociedades de la abundancia”. Era la primera piedra en la tumba de una narrativa según la cual, los humanos son una evolución animal que primero logró sobrevivir y después desarrolló una cultura. Esa vieja antropología llegó hasta Claude Lévi–Strauss, que ya intuye sus carencias, porque se da cuenta de que “concebimos la realidad natural gracias a conceptos abstractos”. Es la dicotomía entre lo crudo y lo cocido: reconocemos que algo está crudo solo cuando sabemos que puede cocinarse. La noción misma de “lo crudo” se forma desde “lo cocido”. 

Desde el estudio de Sahlins, la antropología dio un vuelco cuando la bioquímica metió las narices: al parecer, el cerebro humano no podría haber alcanzado sus dimensiones actuales sin los aminoácidos que se forman con la cocción. (Por ejemplo: “Why Fire Makes Us Human”, de Jerry Adler, en Smithsonian Magazine). Es decir: primero fue la cocina y después el desarrollo craneal. Y entonces Sahlins puede decir con certeza que “la cultura es más antigua que el Homo sapiens, mucho más antigua, y fue una condición fundamental del desarrollo biológico de la especie” (La ilusión occidental de la naturaleza humana, FCE, 2011). 

El tablero se ha invertido: supusimos que había una naturaleza primera y que los hombres, que compartían una fatalidad biológica, inventaron una vida de símbolos; ahora nos acostumbraremos a suponer que el Homo sapiens es un producto de la cultura. Es la misma dialéctica de crudo y cocido, pero invertida la sintaxis. Sahlins concluye “que la civilización occidental ha sido construida sobre una idea perversa y equivocada de la naturaleza humana. Lo siento, perdón: todo fue un error. Sin embargo, probablemente sea cierto que esta idea perversa de la naturaleza humana pone en peligro nuestra existencia”. Es demasiado amargo, aunque son justos su recuento histórico y sus ataques al determinismo genético, “ahora tan popular en los Estados Unidos debido a su aparente capacidad de explicar todo tipo de formas culturales por una predisposición innata al interés personal de signo competitivo”.

Pero antes de desechar la idea misma de una naturaleza humana, el mismo Sahlins podría aprender nueva prudencia de su viejo maestro Lévi–Strauss. La humanidad no inventó lo cocido —porque la cocción antecede y produjo a la especie humana¬¬— sino lo crudo. Es decir, lo que llamamos naturaleza es un hallazgo cultural y tendremos que reescribirla.

La idea equivocada de la naturaleza humana, que aparece por acá y allá, supone un sujeto movido, desde su biología misma, su “gen egoísta”, a la obtención máxima del interés privado. Esa idea, en opinión de Sahlins, nos ha llevado a justificar ideas e instituciones no solo equivocadas sino destructoras de seres humanos. La verdadera constante histórica, dice, ha sido el parentesco, la afinidad, la familia, e ignorar esta verdad antropológica es el error fatal que desvía la ideología occidental hacia el exterminio. Buen punto, pero incompleto.

No cabe duda de que las tradiciones liberales y libertarias están en plena crisis y hay quienes las dan por muertas; tampoco, que los liberalismos parten del concepto básico de individuo para desarrollarse. Pero no será cambiando el número, pasando del individuo al grupo, clan o familia como lograremos evitar el malestar en la cultura y el abanderamiento de la crueldad. Y lo supo uno de los mayores apologistas de Sahlins y de su trabajo en la economía neolítica, Pierre Clastres, cuando mostró que las sociedades indivisas, si bien son libres, igualitarias y hasta opulentas, viven en un permanente estado de guerra. Las afinidades, grupos y familias, en un tris, se vuelven clanes asesinos. Nos enfrentamos actualmente a un nuevo dispositivo de lo crudo y lo cocido: el individuo y la sociedad. Las dicotomías, sin embargo, no se articulan solamente por su disyuntiva sino por su conjunción.

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