Rubén Darío: cien años después [Ensayo]

Poeta errante marcado por la pobreza y un sinfín de adversidades, la personalidad del nicaragüense nacido en 1817 y fallecido en 1916 inspiró adhesiones y desafectos, admiración y desestima, ...
Rubén Dario
Rubén Dario (Ilustración Karina Vargas)

Las diversas biografías de Rubén Darío (1867–1916) retratan a un personaje chaplinesco, siempre con apremios económicos y emocionales que nunca logrará revertir en detrimento de su salud; a veces, con esfuerzos e ingenios mesiánicos —y con el apoyo de un efrit milyunanochesco— gozará brevemente de la fortuna y del buen vivir, para luego despertarse, si no en harapos y en una calle maloliente, sí en la contingencia angustiosa de solventar sus cuentas corrientes de latinoamericano en París. Pero también, abusando de los caracteres cinematográficos, la vida del autor de Prosas profanas (1896, 1901) recuerda la de Zelig, ese personaje creado por Woody Allen, ser desprotegido anímicamente y con deseos de pertenencia social; el periplo vital de Darío, incluso desde la creación de su genial seudónimo, se distingue por una necesidad imperiosa no solo de ser aceptado sino reconocido por sus semejantes y, sobre todo, por los aedas de la tribu. Para alcanzar tal propósito, su capacidad de “mimetizarse” fue prodigiosa e insuperable; con enorme facilidad se tornaba un poeta romántico, neoclásico, parnasiano, maldito, prerrafaelita, modernista, simbolista, postmodernista, incluso logró tonos y pasajes futuristas y creacionistas antes de Marinetti y de Huidobro. Con su pasaporte lírico pudo cruzar las fronteras como poeta americano —José Enrique Rodó lo vindicó como el máximo cantor del continente—, pero también, dado el conocimiento y dominio de sus lenguas y sus literaturas respectivas, se presentó como francés, español —con el aval de Juan Valera—, inglés —con el favor de Poe y Whitman—, italiano o portugués —con la venia de Eugenio de Castro.

Sin tener un espíritu beligerante como el de Vicente Huidobro ni el tacto político de un Pablo Neruda, el nicaragüense soportó denuestos y burlas de varios popes de la vida cultural de la España de finales del siglo XIX y comienzos del XX. El chiste racista de Miguel Unamuno que se repitió en círculos bohemios de la península, lo pasó por alto en la expectativa —lograda con creces— de granjearse la estima del escritor vasco; y si debajo del bombín galo se veían las plumas de quetzal, por ahí iba la broma unamunesca, Rubén Darío exploró como pocos escritores los túneles y socavones de nuestra lengua, en especial los de aquellos minerales donde prosistas y poetas del siglo XVI al XVII otorgaron al castellano un momento irrepetible en su aventura lingüística.

Si tuvo admiradores de primera, segunda y tercera categorías, la lírica escrita por los españoles de este periodo fue cauta y recelosa, pero también hipócrita, superficial y acomodaticia respecto de los hallazgos y planteamientos darianos. El primer Juan Ramón Jiménez, en una carta enviada al poeta de Azul (1888, 1890),rogaría unas líneas a manera de prólogo a su libro Ninfeas (1900), petición cumplida con un soneto que comienza con estos versos: “¿Tienes, joven amigo, ceñida la coraza/ para empezar, valiente, la divina pelea?”. Por otra parte, para los hermanos Machado y para Ramón del Valle Inclán tuvo la gentileza de dedicarles poemas de complicidad y homenaje, no obstante que uno de ellos, Antonio Machado, había marcado su distancia al publicar, en 1912, estas líneas reunidas en su “Retrato” de Campos de Castilla: “mas no amo los afeites de la actual cosmética/ ni soy un ave de esas del nuevo gay–trinar”. Entre la fascinación bobalicona y la admiración parcial y crítica, siete años después de su fallecimiento, en 1923, se instaló una junta de notables con el propósito de levantar en Madrid un monumento en honor a la figura central del Modernismo; tras polémica dirimida en el diario España de Manuel Azaña, la iniciativa tuvo dos contradictorios opositores, entusiastas del primer día del gran vate centroamericano: Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado.

No todos los artistas que marcaron una época padecen, después de su muerte, un purgatorio. La popularidad que Rubén Darío tuvo en vida no fue eclipsada por las nuevas tendencias y gustos poéticos. Por lo menos, una docena de sus poemas reúne los atributos sentimentales —y sobre todo, prosódicos— para figurar en cualquier edición del Declamador sin maestro. Sin embargo, su obra poética ha ocultado las audacias y sutilezas narrativas de su prosa, en especial las de sus artículos periodísticos y las de sus crónicas de viaje. Las pretendidas obras completas que nunca lo fueron, no han logrado siquiera “fijar”, cien años después, varios de sus textos de mayor mérito artístico; siendo un escritor trotamundos —viajero de primera clase lo mismo que polizón—, desperdigó su talento sin distingo alguno, ya fuera en las páginas de La Nación de Buenos Aireso el Mercure de France de París o en las de una gaceta de San Pedro de Sula o de Xalapa. Realizó giras como un auténtico rock star, a su natal Nicaragua en 1907 y en el tour de la revista Mundial Magazine por España, Portugal, Brasil, Uruguay y Argentina en 1912, con auditorios a tope, primeras planas en la sección de sociales y grandes recepciones. Lector curioso y atento de las actualidades literarias, tuvo buen tino —casi siempre— para descubrir y estimular talentos en toda Hispanoamérica y España; además, reunidos en el volumen Los raros (1896, 1905), publicaría en La Nación una serie de retratos literarios, en especial de autores franceses, muchos de ellos olvidados, con toda justicia, al lado de otros que resultaron en su momento verdaderas revelaciones como fue el caso del Conde de Lautréamont.

Por satisfacer las debilidades de la carne y del vino en varios episodios de su vida, alquiló su musa. El citado diario bonaerense pagó 10 mil francos por el poema “Canto a la Argentina”, pieza grandilocuente y oficiosa —la más extensa del opus dariano—, complaciente del encargo celebratorio de la independencia del país sudamericano pero que, entre gastadas solemnidades marciales, se permitió pasajes de inédita intimidad cívica que anteceden, por ejemplo, la proeza lópezvelardiana de “La suave patria” cuando el nicaragüense hace el elogio de Buenos Aires: “Para dar las gracias a Dios/ guarda la ciudad liberal/ las naves de su catedral”. Desde sus años en la capital Argentina, Rubén Darío sostuvo una relación cercana con el general José Santos Zelaya —dictador liberal, antimperialista y progresista, equivalente de Porfirio Díaz en Nicaragua—; relación de beneficios mutuos, aunque inconstante y avara para el peculio del poeta, no obstante que le permitiría viajar en misiones y encargos gozando el glamour de la diplomacia. Esta alianza se sostuvo, en las buenas y en las muy malas, una vez que el militar fue botado de la presidencia por un complot yanqui y vivió el exilio en Bruselas y Barcelona; la pluma y las relaciones internacionales del poeta se pusieron entonces al servicio de la causa de Zelaya, perdida irremediablemente, para la cual colaboró en la redacción del panfleto Refutación a las afirmaciones del presidente Taft (1911), además de traducirlo al francés, y que sería distribuido ampliamente en Europa y en América con la finalidad de reivindicar al depuesto mandatario.

En 1959 Luis Cernuda publicó el ensayo “Experimento en Rubén Darío”, con toda certeza, la lectura más demoledora realizada contra la obra del poeta de Cantos de vida y esperanza (1905); con el apoyo del crítico inglés C.M. Bowra, autor también de un artículo sobre Darío, agudo y nada complaciente, el poeta español desenmascara las imposturas, trucos y préstamos de la poesía del  nicaragüense. En tan demeritado contexto y revisión juzga que “el ejemplo de Darío continúa pareciéndome, a pesar de todo, inadecuado para seguirlo, para incorporarlo a nuestra tradición poética”. El asombro del cantor de Versalles y del Parnaso, de los oropeles y zafiros de Oriente, de los lujos salomónicos y de los ensueños de princesas de Hada, se parece tanto, según el juicio de Cernuda, al de “sus antepasados remotos ante los primeros españoles” pues también Darío “estaba presto a entregar su oro nativo a cambio de cualquier baratija brillante que le enseñaran”. En otra sintonía, el ensayo “El caracol y la sirena” (1964) de Octavio Paz, sin ocultar esa región de bisutería cultural en la obra del capitán del modernismo, subraya el lugar central de Darío en la tradición lírica castellana no obstante que declara “que es el menos actual de los modernistas”. Antes de su aparición, la poesía escrita en España, dice Paz, “tenía los músculos envarados a fuerza de solemnidad y patetismo; con Rubén Darío el idioma se echó a andar”. En las antípodas del dictamen lapidario de Cernuda, el mexicano no escatima los méritos de su obra y de su lugar en la historia de la poesía: “Darío no es únicamente el más amplio y rico de los poetas modernistas; es uno de nuestros grandes poetas modernos. Es el origen. A ratos hace pensar en Poe; en otros, en Whitman”. Quizá sorprende y desconcierta la polarización de ambas lecturas, la de Cernuda y la de Paz, por tan abismales diferencias valorativas; en cambio, la simpatía declarada por Darío de Federico García Lorca y Pablo Neruda abren la discusión en torno a una obra que tuvo relevos y apropiaciones de voces tan diferenciadas —en ese tenor hay que sumar la ramificación en César Vallejo— que corroboran su elemento activo y fértil en la tradición.

Con motivo del centenario de su nacimiento, Enrique Lihn escribió el poema “Varadero de Rubén Darío” (1967) publicado en su libro Escrito en Cuba (1969). El poema lo leería en un congreso dedicado al escritor centroamericano, justamente en la localidad de Varadero, vocablo que el poeta chileno utiliza en su acepción marítima, es decir, “el lugar donde se varan las embarcaciones para resguardarlas o carenarlas” (Moliner dixit). Una vez fijada la valoración, “Rubén Darío fue un poeta de segundo orden”, el texto de Lihn apremia a desmitificarlo como única maniobra válida para ponerlo otra vez en circulación; se pueden perdonar, incluso, su candidez política y su falta de congruencia y rigor en la arena pública del momento histórico que le tocó vivir pero, dirá sin concesión alguna: “si se trata de poesía/ no acepto por razones difíciles y aburridas de explicar/ que hagamos un mito de Darío menos en una época/ que necesita urgentemente echar por/ tierra el 100 ciento de sus mitos”.

Entre los simpatizantes y los detractores, la herencia de Rubén Darío escapa a la alabanza emotiva y a la condena visceral; la aduana temporal, con sus modas y caprichos siempre reemplazables, ha permitido paso libre a una colección dariana de piezas en prosa y en verso que permanecerán causando estragos a la realidad —es decir, cubriéndola de inéditos y peligrosos significados— mientras exista la lengua castellana. Un ejemplo para ratificar la excelencia de su prosa son las crónicas París 1900 (Almadía/ Conaculta, 2014), con prólogo de Álvaro Enrigue; en el ámbito de su lírica, qué crítico o generación de poetas —además del autor de La realidad y el deseo— puede desdeñar o considerar antigüedades de la Bella Época poemas como “Estival”, “Coloquio de los centauros”, “Sinfonía en gris mayor”, “Los nocturnos”, “Lo fatal”, “Yo persigo una forma”, “Alaba los negros ojos de Julia”, “Yo soy aquel que ayer nomás decía”, “Caracol”, “Las ánforas de Epicuro”, “Allá lejos”, “Momotombo”, “Epístola a la señora de Leopoldo Lugones” o “El poema de otoño”, entre otras obras que, marcadas por una corriente literaria y un gusto estético de otro tiempo, perduran en el presente como objetos verbales que tornan el mundo más visible y paradójico, más intenso y enigmático.

El último capítulo biográfico del poeta es un resumen de su sino vital. Con serios problemas de salud a causa de su dipsomanía, escucha los tambores de guerra del káiser y abandona su querido París. Instalado en Barcelona, con las finanzas en estado crítico, se deja embaucar por un supuesto empresario cultural nicaragüense; con el plan de realizar una gira por toda América con el tema de la paz, se despide de Europa en noviembre de 1914 —dejando a su fiel Francisco Sánchez y a su Rubencito—en un viaje sin regreso. El invierno de Nueva York los recibe con hostilidad y solo hará una sola presentación, quedándose varados en la gran urbe por cinco meses con una deuda de hotel y de otros gastos que crecen sin control. El empresario un día desaparece y abandona al poeta a su suerte. Amigos guatemaltecos proponen una salida a la encrucijada: aceptar la invitación del presidente Miguel Estrada Cabrera, archienemigo de su protector Santos Zelaya, para viajar a Guatemala. Con la piel gruesa y una moral flexible, Darío desembarca en Puerto Barrios el 20 de abril de 1915 para instalarse, al día siguiente, en el Hotel Imperial de la capital del país donde tiene una cuenta abierta, incluida la del bar. Esa cortesía será cobrada muy pronto. La pluma del poeta, una vez más, sirve para otros fines nada metafísicos: apoyar la tercera reelección de Estrada Cabrera. Pasados sietes meses en su cárcel de oro, Rosario Murillo —la esposa de la que nunca pudo divorciarse— lo rescata y lo lleva prácticamente a morir a su tierra natal a finales de noviembre. En casa prestada de su amigo, el doctor Luis H. Debayle, en la ciudad de León, Rubén Darío recuerda su infancia y combate a los seres monstruosos que habitan su fiebre, apretando contra su pecho el Cristo de marfil obsequiado por Amado Nervo. A las diez de la noche, con 18 minutos, del día 6 de febrero de 19l6, muere a la edad de 49 años el poeta de “el verso azul y la canción profana/ en cuya noche un ruiseñor había/ que era alondra de luz por la mañana”.