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Miércoles , 17.10.2018 / 00:31 Hoy

Roger Bartra: “La izquierda mira hacia atrás”

Entrevista

La democracia fragmentada es el germen de esta entrevista que adelanta una opinión sobre el proceso electoral y el futuro de la convivencia pacífica y la cultura mexicana
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El nuevo libro de Roger Bartra, La democracia fragmentada (Debate, 2018), es el motivo de esta conversación realizada por correo electrónico. En ella, el antropólogo y ensayista, autor de Las redes imaginarias del poder político y Antropología del cerebro: conciencia, cultura y libre albedrío, entre otros títulos, habla de la izquierda en México, del conservadurismo y de las propuestas de Andrés Manuel López Obrador, así como de los saldos del 68 y del futuro que imagina para México.

Dividido en cinco partes, el libro, que se publica en la antesala de las elecciones presidenciales, “ofrece una panorámica de la situación en un momento especialmente crítico de la evolución política de México”, como explica el autor en el prólogo, en el que asimismo exalta el valor de las ideas y de la teoría política.


En uno de sus textos usted se pregunta si la izquierda está en peligro de extinción. Le pregunto: ¿existe la izquierda en el actual proceso electoral mexicano? Si es así, ¿quién la representa?

La izquierda se encuentra dividida y dispersa. No hay ningún candidato a la presidencia que sea de izquierda. López Obrador ha reciclado su tradicional populismo conservador en un intento de restauración del antiguo régimen priista. Ha dado un giro a la derecha, ha afianzado su moralina reaccionaria semi–religiosa, se ha aliado a sectores sindicales corruptos, se muestra cada vez más autoritario, promete salidas económicas absurdas y quiere retornar al viejo proteccionismo. En su movimiento sobreviven con dificultad algunas corrientes de izquierda. Ricardo Anaya, el candidato más inteligente, se ha corrido hacia el centro del espectro político, se ha aliado a sectores de izquierda reformista y representa a una derecha moderna liberal. Meade es el típico tecnócrata del viejo sistema.


En su libro se lee que “el populismo es una forma de cultura política”. ¿Cómo explica esta idea en el caso del populismo en México?

La cultura populista mexicana tiene sus orígenes principalmente en el PRI y en el nacionalismo revolucionario. Más que una ideología es un conjunto de hábitos y costumbres que cristalizan en torno a un líder que asume la representación de todo el pueblo. El populismo evade los mecanismos representativos de carácter democrático. El dirigente asume la representación de los intereses de todos los ciudadanos mediante una especie de transustanciación que convierte las esencias populares en cuerpo y sangre del líder.


En el texto “¿Puede la derecha ser moderna?”, usted manifiesta su “resistencia a aceptar la intromisión de la corporación eclesiástica en las esferas de la política”. ¿Qué piensa de la participación del Partido Encuentro Social en la alianza liderada por Andrés Manuel López Obrador? ¿Qué significa en un Estado laico?

López Obrador se ha aliado al partido más derechista que hay en México, un partido de inspiración evangelista extremadamente reaccionario. Al mismo tiempo quiere instaurar una constitución moral para guiar al pueblo hacia esa cuarta gran transformación que anuncia. Me extraña que todavía haya gente de izquierda que logre digerir ese viraje reaccionario, un cambio hacia la afirmación de la familia tradicional, hacia la moral religiosa, el rechazo al aborto y a los matrimonios de personas del mismo sexo. Si realmente intenta esa gran transformación que anuncia, me temo que el resultado puede ser un gran salto fallido hacia atrás.


¿Estamos en peligro de una restauración de la tradición política del PRI, ahora impulsada desde Morena?

Es evidente que los hábitos que emanan del movimiento que encabeza López Obrador buscan una regeneración del viejo autoritarismo nacionalista. Está escrito en el nombre mismo de su partido. Pero como la restauración es imposible, el resultado de un intento de regeneración puede ser catastrófico y profundamente desorganizador. La pretendida sustitución de importaciones, que nunca fue una buena idea, sería hoy una pérdida de tiempo y la entrada en un callejón sin salida. En esta época de globalización, el proteccionismo está condenado al fracaso. Es una opción reaccionaria, típica de un Trump.


En noviembre de 2015 usted publicó en Letras Libres el artículo “¿Pactar con los narcos?”, una idea apoyada por Lorenzo Meyer y Javier Sicilia, ahora retomada por López Obrador cuando habla de amnistiar a los narcotraficantes, sin especificar quiénes serían los beneficiarios. ¿Qué opina de esta propuesta?

Creo que se trata de una idea insensata y absurda. Como lo señalé, ello implicaría darles a grupos criminales un reconocimiento político que no merecen. Se trata de caminar hacia atrás en un intento peligroso de restaurar los inmorales y nefastos pactos implícitos y el estatuto de coexistencia más o menos estable que aparentemente había entre los narcos y el gobierno en el antiguo régimen priista. Ello facilitó que los grupos de narcotraficantes corrompieran a grandes sectores gubernamentales.


Usted escribe que “una gran parte de la intelectualidad opinadora” fomenta un desprecio por la política. ¿Qué peligros encierra esta actitud, sobre todo en un país como el nuestro, polarizado, con serios problemas de corrupción y violencia?

Ese desprecio por la política revela una actitud poco democrática. Es un desprecio por los partidos políticos y una exaltación de los movimientos sociales. Es cierto que nuestra clase política deja mucho que desear, pero las actitudes antipolíticas sirven de base para procesos autoritarios que pretenden pasar por alto los mecanismos de representación y fomentan las alternativas autoritarias.


¿Cuál es la importancia del fomento a la cultura en un país democrático? ¿En México “hay fluidez o anquilosamiento en los vínculos entre la política y la cultura”?

El fomento a la cultura debe formar parte de un proceso más amplio, el fomento general a una educación de alto nivel. Yo entiendo la cultura a la manera de los antropólogos, y por ello no solo pienso en la “alta cultura” de las élites cultas. Por ello la reforma educativa ha sido algo tan importante, y a pesar de sus defectos es necesario profundizarla, en lugar de detenerla como pretende López Obrador. La extensión de una cultura cívica moderna y de alto nivel provocaría una gran fluidez en los vasos comunicantes que unen la cultura con la política.


En su libro recuerda algunos debates entre intelectuales, el de Octavio Paz y Carlos Monsiváis, por ejemplo. ¿Qué importancia tiene el debate en la política? ¿Qué piensa de los dos debates entre candidatos presidenciales que se han realizado?

Hoy en día los intelectuales discuten muy poco. Ello se debe, en parte, al empobrecimiento de la izquierda, que se encuentra arrinconada y aplastada. La izquierda no está entendiendo que vive en un nuevo mundo. Tiende a mirar hacia atrás con añoranza. Los debates entre candidatos han sido lamentables, en buena medida por el absurdo formato al que están sometidos. Pero la presencia de actores de muy bajo nivel intelectual genera un efecto empobrecedor. Yo he dicho que en estas elecciones se observa una lucha entre la inteligencia y la estupidez. Ello se comprueba en los dos debates entre los candidatos.


Usted pertenece a la generación del 68 y en su libro escribe que “el 68 nos ha dejado dos herencias: la derrota y la transición”. ¿Podría explicarnos esta idea? ¿Cómo mira el 68 a 50 años del movimiento estudiantil?

La derrota del movimiento estudiantil, que fue aplastado, paradójicamente abrió paso a la transición democrática, que vino muchos años después. Pero la transición no llegó por la izquierda, a pesar de que ella fue la que incubó lo mejor de las ideas y valores que la auspiciaron. Llegó por la derecha y encabezada por un político como Vicente Fox, conservador y de pocas luces. La conmemoración del 68 debe servir para recordarnos que fue en la cultura de la izquierda donde crecieron los hábitos democráticos que acabaron impulsando la transición.


¿Cómo imagina el futuro de México? ¿Cómo imagina el futuro de la política, de la cultura, de las organizaciones de la sociedad civil, de la libertad de expresión ante el dilema electoral del 1 de julio?

Si el 1 de julio gana el populismo, me imagino un futuro convulso. Muchas tensiones y poco avance. Muchas confrontaciones y poco desarrollo. Mucha tontería derramándose desde las instancias de gobierno e invadiendo los poros de la sociedad civil. Un autoritarismo marchito pero agresivo contra las libertades. Mucha melancolía, decadencia y frustraciones. Pero si dejo a un lado el pesimismo, me gustaría imaginar que ganan la sensatez, la inteligencia y la opción más moderna.

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