Rogelio Naranjo: “Nunca me he sentido huérfano”

El 11 de noviembre murió uno de los grandes caricaturistas del México contemporáneo. Recordamos su legado con esta entrevista inédita

El suéter pachón de Chiconcuac lo hace ver más fornido en este día de nubes que invita a la charla con un café cargado. Está deprimido. Su amigo Julio Scherer García murió dos meses antes y la ausencia mantiene apretujado el corazón de Rogelio Naranjo. Los aires grises de su ánimo responden a la partida del periodista que considera una pieza tutelar en lo profesional y, sobre todo, raíz de amistad. También sus problemas de salud ocular velan su alegría, pues le impiden ejercitar la mano con la exactitud del trazo que es signo de identidad de un Naranjo: ese dibujo irónico, aquel cartón ácido, esa caricatura melancólica, aquel retrato que enjuicia la desigualdad social, todos con el rasgo de maestría y obsesivo detalle de su rayita tras rayita tras rayita que conforman el infinito en cada dibujo.

Es el segundo día de marzo de 2015. Toma asiento en la sala de su casa en la colonia Industrial. No le gusta la grabadora, pero la acepta un poco a la distancia sobre la mesa central. Las entrevistas lo incomodan, hace puchero, pero se anima a ratos ante el devenir de la plática suelta, deshilvanada a ratos, como la vida. Este encuentro sucede para saber cómo se encuentra, para ponernos al día, tras la cruda que permanece en su cuerpo, luego de la retrospectiva Vivir en la raya: 500 obras que develaron a un artista de cuerpo entero en su confección de mundos plagados de profundidad interna y complejos cuerpos exteriores.

Lo más conocido de aquel conglomerado en exposición: su filo de crítica política que arrasa con demagogos, manipuladores y sátrapas en los contextos proclives a ello, llámese político, clerical, empresarial, sindical… Su dedo en la llaga sobre la discriminación, la pobreza, la violencia y deshumanización que nos constituyen como seres y países. Lo menos difundido: sus primeros pasos como pintor e historietista; sus guiños poéticos en collages, calendarios y animaciones; su eficacia visual en el diseño de portadas de revistas, libros de texto y carteles; su amoroso ejercicio del retrato de los personajes que le han generado placer y conocimiento.

Esa exposición ocupó los muros del Centro Cultural Universitario Tlatelolco de enero a julio de 2013 (y en octubre de 2015 una versión más pequeña se desplegaría en el CASA, Centro de las Artes de San Agustín —Etla, Oaxaca—, en el marco de la FILO, la Feria del Libro de Oaxaca, que así le rindió homenaje).

Dos años después de aquella retrospectiva en Tlatelolco, Naranjo conserva un ambivalente sabor de boca: algo dulzón por ciertos destellos que observa en su trabajo de 60 años, como la llamada Sala Erótica que le pareció divertida en su muestrario del Calendario PORNaranjo (1970) o el serial de retratos de sus compañeros de viaje en los placeres del arte: de Saramago a Solyenitzin, de Quevedo a Beckett, de Kafka a Yourcenar. O sus versiones de Modotti, Picasso y Toledo. Pero el otro lado de su sentir es más bien amargo, o al menos preso de dudas frente a lo mostrado en pintura y ciertos dibujos políticos. En extremo crítico de sí mismo, percibe que no todo lo mostrado en Vivir en la raya “vale”. Pese al desasosiego momentáneo, un trago de café lo reconforta.

Nunca se ha sentido huérfano de ideas. Será que la vida atribulada de México lo sacia de posibles asideros críticos en obras gráficas. Será que sus dibujos lo acompañan. Será que sus amores de carne y hueso también. Será que sus oídos están serenos con los acordes de Arvo Pärt, su compositor preferido; tanto, que bautizó Alina a su pequeña hija, que ama y cuida junto a Éricka, por una pieza homónima del estonio que es río calmo, silencioso, eterno. Será que su mirada cafecita se ilumina con las otras eternidades que Theo Angelopoulos le regala en cada película. Será que Sándor Márai le otorga sorpresas en la aparente cotidianidad insulsa. Será que es Rogelio Naranjo con su humanidad completa, acompañado.

Aquí algo de la charla que captó una grabadora y el aderezo del recuerdo.

¿Desde cuándo estás deprimido?

Tengo la impresión de que fue a partir de que terminó Vivir en la raya. De entonces a la fecha empecé a caerme y ya no quería dibujar. Me deprimí porque no salían mis dibujos, porque andaba físicamente mal y no sentía ganas de dibujar. No dejé de hacerlo al cien por ciento porque estaba consciente de que, si lo dejaba, entonces sí me iba para abajo. Quería seguir dibujando pero los resultados no digo que fueran de cero, pero ya nadie podía hablar de la habilidad del dibujo. De repente me encontré con que ya no me salía nada y no sentía satisfacción del dibujo. Sabía que si cortaba o dejaba de trabajar, sería más difícil salir adelante.

¿Qué te ha ayudado a superar ese estado?

Solito yo, con mi soledad y mi tristeza. Para no estar dando lástimas. Porque sé que mi vista no es la misma para dibujar de manera que me diera satisfacción. Y sabía que eso iba a costarme un huevo y la mitad del otro.

¿Lo conseguiste con una línea más sencilla?

En primer lugar, lo conseguí sin ser tan exigente. Además, estaba políticamente desubicado, sin saber qué estaba pasando, buscando fechas emblemáticas en México para hacer algún dibujo sobre eso y sabía que la disciplina para trabajar era lo único que iba a funcionarme. No estoy pensando que ya la hice sino que estoy en un proceso que no sé cuánto va a durar. Mis utensilios empezaron a volverse algo separado de mí, y sabiendo que eso era un riesgo grande traté de dominar ese problema y empezaron a salir cosas interesantes. Eso fue cercano a la fecha de la exposición. No he podido superarlo pero sé que si me deprimo, me amuelo. 

El presente es un río revuelto en la vida política de México. Para alguien como tú, que editorializa con cada cartón, ¿es difícil tener certezas?

Hay veces en que no pasa nada o lo que pasa no tiene importancia y el gobierno de alguna manera le da importancia a sus cosas. Pero a mí no se me ocurre dorarles el caldo. No voy a hacer dibujos para eso. De repente brinca la liebre por donde uno no está esperando. Lo de Ayotzinapa sacudió a todo mundo, así que pienso en algunos dibujos que hice en ese momento, aunque no es un momento puesto que continúa. Todo eso ayudó a que no me sintiera huérfano de ideas. 

Cuando te asalta la confusión por un asunto político, ¿cuentas con algún soporte de reflexión, de guía, para entrever procesos que no alcanzas a comprender?

La cosa curiosa es que nunca me he sentido huérfano. Cuando trabajo, pienso que estoy aportando algo; eso es importante para mí y a veces salen cosas que me estimulan. Empiezo a hacer primero un dibujo, luego otros cinco o diez que medio me gustan. Es un camino que al principio me llevó a ir encontrando hallazgos y dibujos que tienen sentido y que no me he equivocado al publicarlos. En ese sentido, Proceso es importante porque es donde se han publicado los mejores dibujos. Estoy tratando de mantener un nivel en El Universal pero me está costando trabajo.

¿Con estas dos entregas te estás dando permiso de hacer un trabajo más libre?

No, porque ahora no tengo tiempo ni ganas. Cuando tengo una buena idea no escojo el mejor medio, sino que cualquier lugar para mí es una garantía de que voy a estar acogido y me seguirán publicando. Lo que ahora me preocupa es mi seguridad. Cuando terminó la exposición en Tlatelolco me vino como una cruda después de una borrachera. Una cosa que no conocía en esa magnitud. Sentía que ya no merecía acaparar los espacios de ningún lado y eso iba a costarme mucho. Y hasta la fecha no veo que se esté cumpliendo ese vaticinio. Tengo 77 años. Muchos.

¿Has seguido encontrando materiales en tus archivos?

No he buscado ni quiero que nadie se meta. Sigo mandando materiales a Tlatelolco. No quiero meterme para saber cómo están funcionando las cosas. Una vez fui y vi cómo tienen bien protegidos los dibujos en bodega. Me dio mucho gusto ir y cerciorarme de que están resguardados.

¿Se te antoja otra exposición?

No. Esta exposición me dejó con una sensación muy confusa: siempre he tenido la certeza de que mi trabajo es valioso pero también tengo la convicción de que no todo vale. Y eso es algo que me da miedo 

La idea, al hacer la donación a la UNAM, es que en Tlatelolco se sigan haciendo investigaciones, revisiones de tu trabajo…

¿Quién me garantiza que voy a vivir dos años? No soy fatalista pero pienso que está mermando mi capacidad de trabajar y puede que de repente una gran idea me dé la sorpresa de que no pueda dibujar. Pero eso tampoco me satisface como pasaba antes, cuando podía disfrutar de mis éxitos, con tanta gente a la que he conocido, que estuvo en la exposición y que escribió cosas tan hermosas, cosas que ni imaginaba.

¿Qué te importa ahora?

La cuestión es que me convertí en un cínico. Quiero dibujar bien y de eso vendrá todo lo que tenga importancia y calidad. Es lo que me interesa: mejorar mi trabajo, pero puede que dure dos o tres años, no me importa. De lo perdido, lo que aparezca.

¿Hablas de la inseguridad social?

Todavía me considero una gente privilegiada.

¿En términos de la vida nacional, cuáles son los temas que más te preocupan?

Me preocupa el país como está, la habilidad que tiene el sistema para engañar y embaucar a medio mundo. Lo siento por mi Mexiquito, por mi amor a este país todo sufrido, mexicanizado, y ahora quién sabe si se va a franciscanizar [se refiere al papa Francisco].

¿Dónde puedes encontrar un espíritu optimista?

Nunca he sido optimista. Pienso que me toca lo peor o que me va a suceder lo peor. Todo es mentira porque tengo no sé cuántos años con problemas del corazón y ahí ando. Voy a Cardiología y me dicen que se hizo una especie de costra en el corazón y que ya no hay posibilidades de que deje de funcionar, que está bien: una cicatriz en todo el sistema que permite que no haya sorpresas. Desde finales de 2012 voy a Cardiología del Centro Médico porque una hija del doctor Ignacio Chávez me ayudó a ingresar y me han atendido muy bien, con los mejores médicos. Me han hecho muchas pruebas y las he pasado bien. Los sustos son por pura inseguridad.  Claro que estoy contento, pienso que lo dicen porque ya no quieren verme.

¿A quiénes ves?

La vida social no se me da. Soy solitario. A veces veo a Alejandro Magallanes y a Boligán, quien se da un tiempo para venir un rato a verme, aunque los dos viajan mucho. Mi tiempo es de trabajo y de lectura. De repente me encontré un libro, no sé quién lo trajo pero sospecho que fue Gaby Scherer, quien lo dejó para ver si caía en la curiosidad: un libro de Sándor Márai. Me gustó mucho la forma tan inteligente de armar reflexiones acerca de determinadas cosas que se presentan en una situación intrascendente de la vida cotidiana. De repente empieza a describir y a hablar de cosas interesantísimas. No recuerdo el título porque he leído tantos de él, pero se pone a escribir y de repente él mismo empieza a divagar en favor de su literatura. Y no te puedes despegar. De cada libro suyo, espero a que llegue al cenit del relato, con reflexiones, y entonces empiezo a disfrutarlo como no tienes idea. No he tenido tiempo de leer otras cosas. Quiero agotar todo Márai.

Además de la lectura, eres melómano irredento.

No sé qué se hicieron pero he perdido un montón de discos. Creo que fue en la mudanza  [se cambió de casa en la misma colonia Industrial, a una distancia de tres o cuatro cuadras, en 2014] cuando mucha gente metió mano en discos y películas. Me dio coraje haberme perdido el concierto de Arvo Pärt en la Ciudad de México, porque estaba en el hospital. Sé que estuvo en el Cervantino. Es probable que venga de nuevo a México. Le atrae y tiene una pieza dedicada a la Virgen de Guadalupe. Lo interesante es que me encanta aunque es bien mocho.

Y el cine es otro mundo que amas. Vi que hiciste un cartón de Alejandro González Iñárritu, cuando ganó el Oscar por la película Birdman, en febrero de 2015.

Éricka se lo apañó. Le encantó Birdman y a mí no me gustó mucho. Una película que me encantó fue Ida,  una polaca, corta —40 minutos—, sobre una monjita que tiene una salida del convento para conocer la vida; se va y se mete a un lugar de perdición. Preciosa. Y El gran Hotel Budapest me gustó, pero es un tipo de cine, como el de los hermanos Cohen, que no va tanto conmigo. Soy propenso a deprimirme y a sacar algún gusto de eso; es lo que vi en la película polaca. El humor inglés a veces no me va. La que es cinéfila es Éricka; ama las películas de Iñárritu, quien hace unas cosas inteligentes, muy redondas, como Amores perros. De foto me gusta mucho Sebastián Salgado. Me encantó La sal de la tierra, el documental que estuvo nominado al Oscar. Y también hay un peruano muy bueno, Martín Chambi, que hace cosas preciosas.

Coda

A Rogelio Naranjo se le animan los ojos cuando habla de cine y trae a cuento su música. Se pone de pie para arreglar el cinturón de su suéter oriundo de Chiconcuac. El tono de depresión bajó una, casi dos rayitas. El café se terminó. Hay que preparar otra tanda de expresos, ¿o mejor un whisky? La charla fluye hacia otros derroteros, ya sin grabadora y con dos vasos en los que, orondos, nadan algunos hielos.