Las muchas vidas de Rodolfo Hinostroza

Nacido el 27 de octubre de 1941, el poeta peruano murió el pasado 1 de noviembre
Rodolfo Hinostroza
Rodolfo Hinostroza (Lucero del Castillo)

El nombre de Rodolfo Hinostroza (Lima, Perú, 1941–2016), aunque asociado solo a tres libros de poesía: Consejero del lobo (1965), Contra natura (1971) y Memorial de casa grande (2002), es parte, sin duda, de la inmensa cumbre de la poesía latinoamericana actual.

Aunque estos tres títulos hablan de dos momentos, formal y temáticamente distintos y distantes, no pienso, como afirma Eduardo Moga cuando habla de la poesía completa de Hinostroza, que el tercer libro sea prescindible, al menos para el contexto peruano.

Si bien las dos primeras apariciones del poeta son afines a un lenguaje que emerge con brío renovado de una poética de lo cotidiano, siento que en las edades poéticas de Hinostroza el lenguaje emerge como un corcel que sigue su carrera vertiginosa transitando por confines tanto terrestres como siderales más allá de los ismos. Aunque coincido con Moga en el sentido de que “la violencia de la metáfora se corresponde con la violencia de lo metaforizado, dando pie al abordaje de un mundo urbano, caótico y delirante”.

Antes de señalar cuáles serían las aportaciones de Hinostroza a la poesía latinoamericana de hoy, creo prudente dar un pincelazo a la poesía peruana posterior a José María Eguren (1874–1942) y a César Vallejo (1892–1938). Por un lado voces que son disímbolas entre sí, pero que fueron configurando un mapa poético en la poesía de ese país: César Moro (1903–1956), Oquendo de Amat (1905–1936), Martín Adán (1908–1985), Emilio Adolfo Westphalen (1911–2001), Jorge Eduardo Eilson (1924–2006), Blanca Varela (1926–2009), Carlos Germán Belli (Lima, 1927) y Pablo Guevara (1930–2006). Por el otro, la poesía de Antonio Cisneros (1942–2012), Marco Matos (1942) y Rodolfo Hinostroza. Esto es, voces que lanzan sus primeros libros en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado.

Encapsulado en lo que llaman neobarroco, sobre todo a partir de la publicación de Medusario, Muestra de poesía latinoamericana (Fondo de Cultura Económica, México, 1996), Hinostroza se despliega en la joven poesía latinoamericana como un icono de esta expresión. Medusario incluía además a Gerardo Deniz, José Carlos Becerra, David Huerta, Mirko Lauer, Arturo Carrera, Marosa di Giorgio, Raúl Zurita, Marco Antonio Ettedgui, Támara Kamenszain, Eduardo Milán, Osvaldo Lamborghini, Haroldo de Campos, José Kozer, Roberto Echavarren, Wilson Bueno, Néstor Perlongher, Coral Bracho, Reynaldo Jiménez, Eduardo Espina, Gonzalo Muñoz y Paulo Leminski, así como sendos prólogos de Roberto Echavarren y Néstor Perlongher.

Si bien es cierto que una parte de la poesía de Hinostroza apunta a rasgos como el aspecto fónico del lenguaje, la rebelión contra lo simétrico y el ejercicio de registros variados (para más previsión sobre la poesía neobarroca ver: “Neobarrocos y modernistas en la poesía latinoamericana” de Jacobo Sefamí), me atrevería a decir que el alcance de la poesía de la mayoría de los poetas de Medusario, incluido por supuesto Rodolfo Hinostroza, va mucho más allá de los rasgos establecidos por lo que se considera como poesía neobarroca.

Si leemos con atención sobre todo los dos primeros libros de Hinostroza, encontramos una raíz oral muy firme, seguida de un tono cercano a la conversación y a la sensualidad, pautado ya por poemas de largo aliento que lo acompañarán siempre. Están ya definidos desde ahí los rasgos estilísticos de su poesía, aunque mantiene un tono más directo, puede decirse que más fresco y lleno de matices lingüísticos.

Para quien quiera ponerse al día con la poesía de Hinostroza, Visor publicó en 2008 su poesía completa. Una muestra introductoria confiable la ofrece Material de lectura de la UNAM, fácil de conseguir en la red y con una nota introductoria de Rafael Vargas que ubica de manera precisa los alcances de la poesía del poeta peruano. “Para que Hinostroza ocupe un lugar eminente en la poesía escrita en nuestra lengua, basta el medio centenar de poemas que ha entregado a la imprenta en los últimos treinta años, pétalos arrojados al abismo en espera de escuchar su eco”, dice Rafael Vargas.

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La vagancia y la poesía suelen ser cómplices. El aura del poeta como sinónimo de vago no se ha desterrado del todo. Sin duda, la vocación literaria de Hinostroza se reafirmó a los 19 años cuando, decidido a cohabitar toda la vida con las musas, abandona sus estudios de Medicina en San Marcos para dedicarse al dudoso oficio de la poesía. Su madre, apesadumbrada, termina echándolo de la casa familiar al grito de “¡No estoy para mantener vagos!”.

No andaba la madre tan errada. En sus 75 años de ir y venir, Hinostroza no solo afinaría sus sentidos en dirección a la poesía, sino también su pasión por la cocina y la astrología; todo esto, aunado a su genio creativo y a su concepto de libertad y transformación de las cosas, termina por convertirlo en un vago con oficios múltiples, aunque ninguno de ellos lucrativo.

O quizá la vocación literaria de este peruano de cejas pobladas y blancas como su pelo, nacido en Huaraz, se reafirmó a los 17 años cuando su profesor de historia le dice que felicite a su padre “por el entrañable cuento publicado en La Crónica hace unos días”. El cuento no era de Octavio Hinostroza, padre del poeta, sino de Octavio Hinostroza Clausen, quien a partir de entonces nace para las letras y para el imaginario como Rodolfo Hinostroza. Estaba convencido, así lo decía, de que ser poeta era ponerse en manos del destino. Por lo que con la partida de Hinostroza se va no solo una de las voces más destacadas de la poesía latinoamericana, parte además el lector de cartas astrales, el poeta autor de cuentos, novelas, ensayos, obras de teatro, guiones para televisión, crónicas, artículos periodísticos y crítica gastronómica. Y todo lo abordó con singular maestría, como dice Víctor Ruiz Velazco en una entrevista, la última, publicada en El Comercio de Perú.

Yo me quedo con esta entrada al poema “Los bajos fondos”: “Ahora que se hunden las nodrizas inglesas/ en túnicas brillantes, como cuchillos con astas trabajadas,/ ahora que en los corredores de los monasterios/ vuelven a surgir apariciones (bolas de fuego,/ gavillas donde aúlla el verano asesinado, un altar bizantino/ sostenido por ángeles curiosos). Ahora que la responsabilidad/ de las espaldas rotas/ se le atribuye al tiempo, hoy que bibliotecarios desconfiados/ se parapetan en las tapas metálicas de un tratado de montería/ y avisan a los suyos/ que se construyen muchas torres de Babel, hoy sube,/ como el vaho de un crimen, la certeza/ del primitivo parentesco del poeta con los criminales./ ¡Y ese júbilo/ que se advierte en las callejuelas de hojalata, en los barrios/ torcidos como un juego de dados, preludia/ las fiestas del reconocimiento!”

La de Rodolfo Hinostroza es una voz vigorosa y desafiante que no se calla con su partida. Una lectura atenta a sus libros nos permitirá encontrar en la atmósfera de sus versos las muchas vidas del poeta.