¿Hecho para grandes cosas?

Vaya caos disfrazado de novela el que ha montado el guionista de cine Guillermo Arriaga
'El Salvaje'
'El Salvaje' (Guillermo Arriaga, Alfaguara, México, 2016)

Para empezar, armó una historia con sensibilidad juvenil ambientada en la década de 1970 por la cual merodean un adolescente huérfano, un policía judicial aviesamente corrupto y una pandilla de vendedores de morfina y LSD enfrentada a la ola purificadora de un grupo ultra conservador denominado Jóvenes Comprometidos con Cristo. Entre la geografía laberíntica de la Unidad Modelo y las zonas indómitas del oriente de la Ciudad de México, esta historia consigna un crimen y perfila una venganza. Pero en vista de que aspira a Grandes Cosas, Guillermo Arriaga se siente apto para erigir uno de esos conglomerados en donde conviven lo más disparatado con lo menos eficiente, la barahúnda y el desatino. Tiene, por ejemplo, el impulso de seguir las vicisitudes de un cazador de lobos en quién sabe qué bosque pues ha ideado que el joven huérfano adopte y, sí, comparta hogar con un lobo, y como tal impulso debe parecer legendario (e invocar el espíritu de libertad) va esparciendo relatos y mitos nórdicos, brahmánicos, amazónicos, griegos… con alegre despilfarro. No estamos, por supuesto, frente a dos cauces paralelos nacidos del virtuosismo técnico de, digamos, William Faulkner, sino ante la consigna de moda, y con rubores mercadotécnicos, que llama a identificarnos con los animales.

Aquí no paran las ambiciones. Ya que el mero acto de narrar parecería de una trivialidad provinciana, Guillermo Arriaga deja caer algunos poemas, construye un diccionario, regala unos cuantos filosofemas plenos de sabiduría (de Confucio, de Buda, no suyos), imparte clases de latín. El lector entenderá por qué El Salvaje ocupa 690 páginas con letra de talla chica.

El nombre del juego, diría un aficionado al cine y a las series de televisión, es complacer. ¿Qué sucedería si El Salvaje hubiera prescindido del cazador y de toda la pedantería? Nada, pero los autores de libros de este tiempo parecen actuar según esa imagen deformada de Hollywood que proyecta despachos en donde sacerdotes del marketing y ejecutivos dispuestos a vender a su madre con tal de satisfacer sus apetitos empresariales trabajan para moldear el gusto del público. ¿A poco el lector desconoce en qué irá a parar el ánimo de venganza del joven huérfano, el único sostén de El Salvaje, diseñado con los oficios apenas acreditados de un buen redactor?

Como en la política, como en la gastronomía, eso que llamamos literatura se ha convertido en pasto de aficionados que un día despertaron creyendo que tenían las virtudes para gobernar un país, cocinar unos tacos de cochinita o escribir una novela.