Por puro desahogo

A fuego lento.
El úlitmo desayuno de Rogelio Guedea.
El úlitmo desayuno de Rogelio Guedea. (Especial)

Leamos las siguientes líneas: “fueron los segundos más largos que recuerdo; los pies me pesaban como si trajera suelas de plomo y mi corazón no era sino una masa densa y espesa de atole”. Y estas otras: “aproveché para poner sobre la mesa el tema de la amiga de su amiga, quien decía ser la asesina de mi estudiante Sara”. Ejemplifican suficientemente el desdén con el que Rogelio Guedea asume la escritura en su más reciente novela. ¿Suelas de plomo?: una imagen de tira cómica en horario infantil. ¿El tema de la amiga?: la miseria verbal de los comentaristas deportivos que hablan del tema de las tarjetas amarillas o del tema de la media cancha. ¿Cómo tomarse en serio a un novelista que arrastra el lápiz a la manera de un disciplinado redactor de informes escolares?

En vista de que la escritura no hace esfuerzo alguno por distinguirse del ruido ambiental, podríamos esperar que Guedea concentrara su energía en la trama. A falta de honduras y revelaciones estilísticas, uno desea al menos unas horas de entretenimiento que supere a las series de televisión. Y qué encuentra: señales que prometen conducir hacia un derrotero y que a cada tramo son borradas o reemplazadas por otras. Reina el pasmo cuando el narrador, después de iniciar con la revelación del asesinato de Sara Pike, una bella estudiante de la universidad de Dunedin, se sale del camino para tratar de ganar nuestra simpatía con la inveterada crónica de sus amores desdichados luego de divorciarse de su esposa tras veinte años de matrimonio. Y reina todavía más cuando deja la autocompasión para solazarse con la pintura de sus desórdenes mentales: ansiedad, conducta obsesiva–compulsiva, pérdida de la memoria, déficit de atención. Ya estamos a la mitad de El último desayuno (Random House, México, 2016) y no sabemos ante qué clase de artefacto estamos: ¿un thriller policiaco, una confesión, un arrebato psicológico? Queda constancia, eso sí, de la voluntad con la cual el narrador se empeña en hacernos creer que, debido a su asombrosa dejadez, puede ser el autor del asesinato, así como de su miserable condición de poeta, ensayista y académico mexicano en un campus neozelandés. Un momento: ¿no les parece conocido?    

Se impone así la turbadora sospecha de que Guedea, más que escribir una novela, quería exhibir una suerte de diario por mera necesidad de desahogo. Con cuánta torpeza el narrador glosa las revelaciones de la policía —con la prosa descolorida de los redactores de nota roja— y con cuánto entusiasmo intenta justificar sus lances adúlteros, guiados por “una fuerza realmente irreprimible, parecida a la que empuja a los asesinos en serie”. El desahogo se extiende, y cómo podría ser de otra manera, hacia los hijos ausentes, la casa bonita donde ya no hay rastros del pasado, la tostada con mermelada. En fin, que El último desayuno tiene la consistencia de un ataque de llanto en la consulta del psiquiatra.