A nuestro lado

A fuego lento
Un animal es una persona
Un animal es una persona (Alfaguara, México)

La naturaleza humana está condenada a una pobre plenitud mientras no se reconozca en la naturaleza animal. Este es el argumento sobre el cual descansa el alegato de Franz–Olivier Giesbert a favor de nuestros semejantes más desvalidos: el cerdo, la araña, el elefante, la cabra, la golondrina, el zorro…

Uno pensaría que Giesbert es uno de esos activistas formados en la biología o en la zoología, y demasiado beligerante como para olvidar las diferencias entre la prédica y la libre discusión de las ideas. Pero no es así. Viene del periodismo, del ensayo político y de la novela y, sobre todo, del epicureísmo, que se regocijaba al contemplar el vuelo de una mosca.

Antes que nada, Un animal es una persona (Alfaguara, México, 2016) es una denostación del antropocentrismo. Si Descartes proclamó la arrogante superioridad de la especie humana sobre las numerosas especies animales, y el teólogo Malebranche negó incluso el derecho de una perra preñada a sentir dolor, Jacques Derrida se impuso la tarea de extender el concepto de “hombre” al de aquellos que no somos, los otros, los animales. Giesbert deplora tanto a la tradición filosófica que se ha empeñado en alejarnos de la naturaleza “en nombre de eso que podríamos llamar un humanismo metafísico” —Platón, Kant, Hegel, Sartre, a la cabeza— como celebra la empatía de Montaigne, Darwin, Lévi–Strauss, para quienes la solidaridad, el sentido del humor, la compasión, el duelo son cualidades que observamos en el mundo animal.

Los pasajes dedicados a probar estos rasgos son los más festivos y reveladores. Sabemos así que un loro tiene una inteligencia semejante a la de un delfín y que incluso puede comprender hasta mil palabras, que los elefantes pueden compadecerse y liberar a manadas de antílopes encerradas en un vallado, que los monos comparten alimento con aquellos que son incapaces de obtenerlo, que los orangutanes ríen y fabrican herramientas, que los pulpos tienen una envidiable capacidad de aprendizaje o que la cigarra posee una aguda conciencia de su vida fugaz. Hay en estos pasajes una alegría infrecuente por las virtudes animales y un lamento por nuestra curiosidad finita. (A su gabinete de maravillas, Giesbert pudo agregar la noticia de que las hormigas consumen el jugo beatífico que exudan los pulgones después de ser estimulados cariñosamente o de que los tiburones alcanzan estados alterados tras ingresar a cuevas submarinas donde las corrientes hacen posible la hiperoxigenación.)

Pero Giesbert no quiere solo escarmentar a los pensadores animalofóbicos y ganarse la simpatía de los defensores de la causa animal; quiere denunciar la inmisericordia de los rastros franceses donde la muerte llega con eficiencia industrial. Un carnívoro se siente llamado al vegetarianismo ante la descripción de un bovino que aún se agita mientras el matarife procede a cortarle las patas delanteras luego de practicarle una incisión en el cuello, y hasta promete alimentarse únicamente de frutos de la tierra una vez que sabe de esas gallinas confinadas en una jaula, sin poder siquiera pararse sobre sus patas, y con el pico mutilado. Pero también se siente obligado a protestar cuando Giesbert dice reses, terneras, cerdos sacrificados entre alaridos de horror y añade Tercer Reich, Holocausto, Treblinka. La causa animal no necesita del despropósito, o, como escribió Yves Bonnefoy, también hay “espejismos de la claridad”.

Hemos de suponer que la censura de Giesbert a ciertas prácticas rituales del islam y el judaísmo asociadas al sacrificio se deben a la influencia de la pasión. Pues apasionada es su certeza de que las arañas tienen alma y de que estamos hechos para el mundo y no el mundo para nosotros. Su sospecha de que la humanidad se enfila hacia el despeñadero en la medida en que siga permaneciendo indiferente ante la desconfianza y la crueldad hacia los animales parece un buen antídoto contra la vanidad y la soberbia. Estamos obligados, como dicta después de imponer el ejemplo de san Francisco de Asís, a poner a los animales en el lugar que les corresponde: “ni por encima ni por debajo de nosotros, sino a nuestro lado, en el meollo del mundo”.