2016: un recuento

A fuego lento
(Especial)
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Más que por un ánimo calificador, estas líneas quieren moverse por un impulso descriptivo. Quieren dar cuenta de algunos libros de relatos y novelas publicados en este año ya próximo a su fin. Son, pues, un recuento, y nada más, y de ninguna manera se pretenden exhaustivas.

El signo imperante ha sido el debut de un puñado de escritores tan distintos entre sí como el silencio y el susurro pero igualmente prometedores si conservan su voz y sus intereses originales. Hablo de Alberto Mansur y Lo que mata no es la bala, una novela que ha sabido superar el gastado binomio de víctimas y criminales del que tanto se ha beneficiado, y con el que tantos bostezos provoca, la llamada narrativa del narco; y de José Miguel Tomasena y La caída de Cobra, una inmersión en el universo carcelario a la que no solo se debe la concisión y la levedad del lenguaje sino la creación de un personaje trágico a la manera de la tradición teatral. De una zona alterna procede Karen Chacek y su manera de interrogar a la muerte sin rendirse ante la crónica autobiográfica o la burda necrología. Caer es una forma de volar apela a la fantasía como cocinera de la realidad.

Del llamado género negro no deseo echar en saco roto El asesinato de Paulina Lee —de Hugo Valdés—, una recreación histórica que sin embargo sirve solo a la ficción, y Carne de ataúd —de Bernardo Esquinca—, con la que el periodismo de nota roja de fines del porfirismo y el horror metafísico se funden hasta volverse uno solo.

Tres autores con experiencia, no necesariamente cuantitativa, cumplieron con ese deber moral que es el de escribir bien: Vanesa Garnica con En un claro de bosque, una casa, el retrato insospechado de una familia como muchas; Luis Panini con La hora mala, el triunfo de la fábula fantástica a costillas de quienes se conforman con íncubos y súcubos para poblar sus pesadillas; y Ethel Krauze con El país de las mándrágoras, ese responso sin activismo social por las víctimas de la violencia en Morelos.

Hablando de relatos, consigno aquí Agua corriente de Antonio Ortuño, una selección de puyas y malas intenciones, y Día franco de Adrián Curiel Rivera, quien tiene demasiado de ironista como para seguir estando en los márgenes de la narrativa mexicana.

Y aunque rompa el orden aquí establecido, cierro con Agustín Monsreal y Mamá duerme sola esta noche, a la cual le debemos el reencuentro con el lenguaje transmutado en fiesta con tintes amargos.

Hay otros libros, demasiados, pero este recuento no ha querido procurarse más espacio.