El espíritu de la ciencia ficción

Ambos mundos
Roberto Bolaño
Roberto Bolaño (Especial)

Ciudad de México

A pesar de que hace años prometí no leer los libros de Roberto Bolaño que él mismo no publicó en vida o que al menos dejó a su editor para que fueran publicados después de su muerte (caso de 2666 y El gaucho insufrible), siempre acabo por leerlos. Primero fue El Tercer Reich, luego La Universidad Desconocida, a continuación Los sinsabores del verdadero policía, y ahora, finalmente, El espíritu de la ciencia ficción, que leí la semana pasada, o tal vez debería decir, devoré. Como en los anteriores, otra vez me sorprendió que él mismo no lo hubiera publicado, aunque es muy visible que esta novela fue uno de los gérmenes de Los detectives salvajes, y la lectura que propongo es precisamente esa: la de un planeta anterior y un satélite de su gran obra maestra.

En la novela se respira el ambiente de los jóvenes poetas que deambulan por México a través del protagonista, Jan, que le escribe cartas a los autores de ciencia ficción que admira, caso de Ursula K. Le Guin y otros, y esas cartas son en realidad desesperadas declaraciones de principios de un joven que sueña con libros y con convertirse en escritor mientras observa desde su terraza el DF, ese monstruo devorador de jóvenes poetas, y mientras espera la llegada de sus amigos y de Laura, una mujer con la que aspira a perder la virginidad, cosa que por supuesto logra, y con la que se lanza a una increíble aventura por los baños públicos de Ciudad de México, en realidad baños turcos, en los que conocerán toda la miseria y también la crueldad de la vida adulta. Los sueños de coherencia y pureza de la juventud están acá, como en Los detectives salvajes, en estado puro, con muchachos que quieren ser malvados y fieros y que solo lo logran impostando ademanes de fiereza que aún no logran fraguar en sus juveniles rostros de bondad, aún incontaminada.

Parte de esa fiereza consiste, por ejemplo, en repudiar las conferencias de Octavio Paz, que para ellos era el representante del poder cultural, al que se le oponen estos muchachos retadores, algunos de los cuales ni siquiera escriben o leen sus poemas sino que los recitan de memoria. Es muy bello volver a sumergirse en el mundo de Los detectives pero en un nuevo libro que, por momentos, parece de escenas que finalmente no fueron seleccionadas pero que están ahí, deambulando sobre la misma temperatura de ternura y soledad, de ensoñaciones poéticas y delirios, que fue el gran tema de toda su obra.