Revolución educativa

Toscanadas
Hoy estamos pagando un precio muy alto por una reforma magisterial que no es reforma educativa.
Hoy estamos pagando un precio muy alto por una reforma magisterial que no es reforma educativa. (Especial)

Cuando cursaba el primero de primaria, la maestra nos pidió que hiciéramos dos dibujos: uno sobre el modo en que ayudábamos a nuestras madres y otro sobre la manera como ayudábamos a nuestros padres. No recuerdo qué ilustré para el primer caso; para el segundo dibujé una escena imaginaria en la que mi padre reparaba un coche y yo le entregaba una herramienta. La maestra me calificó la tarea con un cinco, puso una tacha roja sobre el segundo dibujo y con grandes letras escribió: “Tú no tienes papá”.

Cuando mi madre vio el tal mensaje se puso iracunda. Fue a hablar con la directora y con la maestra. No recuerdo cuánta cosa dijo, pero estaba hecha una fiera. Creo que fue la primera y única vez que la vi participando directamente en mi proceso educativo. Yo nunca pensé mal ni bien de esa maestra como no lo hice de ningún otro maestro.

Durante años llevé la materia de Educación Artística que eternamente consistió en una señora con acordeón que nos ponía a cantar, sin que nunca nos enseñara a cantar, ni nos hablara de música clásica o siquiera del pentagrama. Todo era practicar la canción para la siguiente junta de padres de familia. En el mismo nivel de mediocridad cursé las otras materias. Me queda un vago recuerdo de los tres capítulos del Quijote que leímos en el salón solo porque una de las compañeras se negaba a leer eso de “¿Adónde estás, puta?”, cuando el ventero llama a Maritornes. Ya en una columna anterior escribí que los únicos libros que leímos completos en la escuela fueron Pregúntale a Alicia y Los supervivientes de los Andes.

Así las cosas, cursar la escuela con buenas calificaciones apenas me habría dado la satisfacción de convertirme en un regiomontano común, en un empleado con mayor o menor salario cuyo sello distintivo es la mala ortografía y que apenas se diferencia de otro por seguir a los Tigres o a los Rayados.

Hoy veo que ciertos padres de familia están protestando por un supuesto contenido sexual en los libros de texto. Y es que ellos solo tienen ideas sobre lo que no se debe enseñar, pero se quedan mudos cuando se trata de proponer. Me gustaría verlos unidos para elevar la barra: pedir más clásicos, más arte, más filosofía, así como matemáticas, física y química superiores. Pero no; quieren la misma escuela mediocre que a ellos los emborregó.

Al final de mi recorrido escolar, no tuve un solo maestro que recuerde con especial agradecimiento. Quizá el más importante aprendizaje lo tuve con aquella maestra de “tú no tienes papá”, pues asumí sus palabras como una lección, y fue mi madre la que se afilió a la idea de que a los niños hay que tratarlos como mensos, dorarles la píldora, hablarles de angelitos, ocultarles que existe el sexo, decirles que la abuelita se fue de viaje, enseñarles lo mínimo posible para no violentarles el cerebro y avanzar al ritmo del burro de la clase, porque nos dicen los sicólogos que la disciplina es una forma de crueldad.

Supe desde el primero de primaria que la escuela era una pérdida de tiempo, y todo lo que había que aprender estaba en los libros. ¿De qué me sirve un maestrín malformado si en la biblioteca tengo a los grandes pensadores de la historia?

Hoy estamos pagando un precio muy alto por una reforma magisterial que no es reforma educativa. Pero cualquier reforma es un proyecto tibio, anodino, de cortos alcances. Lo que hace falta es una revolución educativa que ponga al maestro en segundo término, al alumno en primero, y en medio de los dos el libro como un dios.