El habla que encanta

Escolios
El autor de 'Pedro Paramo'
El autor de 'Pedro Paramo' (Fototeca Milenio)

En los años noventa descubrí el libro de Luis de la Torre y Manuel Caldera, Pueblos del viento norte, en el que se recogen dramáticos testimonios de sobrevivientes de la Revolución y la Guerra Cristera en algunos pueblos del norte de Jalisco y el sur de Zacatecas. (“No ahorquen a mi padre…yo les pago las balas”, suplica Carmelita, la hija de un ranchero que va a ser sacrificado y al que quiere procurarle una muerte digna.) Más allá del notable valor historiográfico de esta compilación, me encontré de lleno con el universo verbal e imaginativo de Juan Rulfo. Quizá no pueda hablarse de otra obra, como la de Rulfo, que sea más individual y conscientemente refinada y, al mismo tiempo, más sumergida en la oralidad y la imaginación anónima de su tierra. En ciertos círculos llegó a deslizarse, con enorme envidia, la hipótesis de Rulfo como un ingenio lego tocado milagrosamente por la inspiración. Cierto, el temperamento y la formación de Rulfo no respondían al estereotipo intelectual y tuvo permanentes problemas de socialización con un medio arisco. Sin embargo, en su obra gravita un amplio bagaje de lecturas e influencias clásicas y modernas, así como una destacada intuición y apertura estéticas. Al lado de esta profunda individuación, la obra de Rulfo también está poderosamente habitada por el habla y los paisajes de la región donde nació y vivió sus primeros años.

El habla de la tierra y la época de Rulfo tiene un aire de Siglo de Oro, es una lengua graciosa e irónica y, a la vez, de una imaginación sombría, con un espacio de indeterminación en el que reina la magia y conviven los muertos. Es un habla prodigiosamente arcaica, aunque sacudida dolorosamente por el estruendo de la historia y la crueldad de la guerra. De este fondo lingüístico, histórico e imaginativo se nutren los cuentos y la novela de Rulfo (y también, en parte, Al filo del agua de Yáñez, La feria de Arreola, Los recuerdos del porvenir de Garro o Rescoldo de Antonio Estrada). No en balde Rulfo era un antropólogo espontáneo que encontraba en los dichos y sucedidos de los viejos del pueblo un vínculo efectivo con todas las dimensiones (naturales y sobrenaturales) del pasado. Es más, dada la temprana orfandad de Rulfo, acaso la compenetración póstuma con sus progenitores se concretaba en las palabras que les oyó decir y, por eso, la asimilación genial de todos los recursos de esa habla que, con sus giros, metáforas y paradojas, volvió a encantar al mundo.

@Sobreperdonar