Respetables

El problema es la respetabilidad. Y la gente está enojada.
La Cámara de los Comunes en Inglaterra.
La Cámara de los Comunes en Inglaterra. (Especial)

Miles salieron a la calle y se apostaron afuera de Downing Street pidiendo la renuncia del Primer Ministro. El leitmotiv era un cerdo: máscaras, narices postizas, una piñata–cerdo con el rostro de David Cameron.

Cameron es un hombre respetable. Fue a Eton, el colegio privado de la elite. Sabe hablar, marear a sus oponentes y es bueno para las relaciones públicas. Es cierto que primero negó haberse beneficiado, ¡jamás!, del fondo de inversiones creado por su padre en un paraíso fiscal descubierto por los Papeles de Panamá, y que se fue enredando en la negativa hasta que tuvo que aceptar que bueno, sí: un poquito. Pero muchos otros hombres y mujeres respetables han salido en su defensa. Lo que él y su familia hicieron es práctica común y lo hacen muchos. (Ricos, se entiende. La plebe no tiene con qué.) Es legal, dicen. No hay que confundir evadir con eludir impuestos, no es lo mismo. Y es nuestra culpa si creemos que legalidad y ética son sinónimos.

No sabemos si llegaremos tan lejos como Islandia, pero ya hay gente en las calles pidiendo la renuncia: “¡Cameron fuera!”.

En el teatro de la Cámara de los Comunes hubo gritos, furia, risas. Corbyn, el líder laborista de la oposición, le espetó a Cameron que no se diera cuenta de por qué la gente está tan enojada: la gente despojada por los súper–ricos, subyugada por los recortes impuestos por años de la llamada austeridad. Otro laborista, Dennis Skinner, quien parece ya haber visto muchas cosas, fue expulsado de la Cámara después de llamar a Cameron “tramposo” y, señalándolo con el dedo, decirle que nadie ha dividido a la nación más que él. Le pidieron que se retractara. No lo hizo. “Tramposo”, insistió, y cuando le pidieron que saliera entonces de la Cámara simplemente se marchó. Estaba indignado. Todo este tiempo Cameron apretaba los labios, la cara roja, con el coraje del que es atrapado con las manos en la masa.

La defensa de su colega conservador Alan Duncan (un respetable que ya tiene su historial de notoria codicia) fue de las más indignas: “la gente parece molestarse”, dijo, “por el más mínimo indicio de riqueza en otros. De seguir así vamos a acabar con una Cámara de los Comunes repleta de fracasados”. Más claro ni el agua.

La voracidad de esta gente respetable (grandes banqueros incluidos) no implica solamente faltar a su responsabilidad cívica mediante la evasión de impuestos, que ya es bastante grave. El subterfugio de sus negocios “legales” los vuelve cómplices de un submundo responsable de tráfico de armas y tráfico humano, apoyo a gobiernos criminales, masacres de inocentes, fraude, despojo a nivel global de los más desprotegidos, protección de propietarios de obras de arte mal habidas durante el nazismo y convertidas en meras inversiones en obscenas subastas que manejan cifras multimillonarias.

Nos rodean y están entre nosotros; nos dan trabajo, nos lo quitan, nos gobiernan. De respeto no saben nada.