René Avilés Fabila (1940-2016). Salud, 'Águila Negra'

Recordamos al escritor, maestro, periodista, promotor cultural con estos vislumbres a los que no les falta admiración y consuelo
René Avilés Fabila (1940-2016)
René Avilés Fabila (1940-2016) (Especial)

Para Rosario Casco

Sus amigos le decían El Águila Negra, y él se autonombraba Capitán Lujuria. En los tiempos en que enseñaba en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, las alumnas lo consideraban el profesor más guapo del plantel, y era en verdad asombroso cómo las chicas desfallecían por él. Y es que además de elegante y guapo y culto, poseía una simpatía excepcional, que conservó hasta los últimos días de su vida.

René Avilés Fabila (1940-2016) fue director de mi tesis de licenciatura, y a partir de ahí se estableció una amistad inquebrantable, colaboré en suplementos y revistas que dirigió, coincidimos en lecturas y conferencias en distintas partes del país y del extranjero. Y siempre celebré, además de su talento y generosidad, su endemoniado sentido del humor. Y por supuesto su valentía, su no arrodillarse ante nadie. Desde sus tribunas periodísticas decía las cosas con claridad, sin importar que los destinatarios de sus juicios fueran personajes prominentes de la política, del arte o del espectáculo; y todo eso cuando la censura era cosa de todos los días. Actuó igual en su literatura: El gran solitario de Palacio es, obvio, el Presidente, en los días del Movimiento Estudiantil de 1968: “balconear” a Gustavo Díaz Ordaz era un suicidio, y eso lo sabían los editores, de modo que la novela debió publicarse en Argentina.

René Avilés Fabila fue discípulo de José Revueltas, de Juan José Arreola y de varios personajes de ese calibre, aunque creo que fue el primero el que desató en René el espíritu crítico, la irreverencia, la valentía en términos políticos: ambos fueron expulsados del  Partido Comunista por atreverse a criticar decisiones de sus dirigentes.

Cuando hablé de su generosidad pensé antes que nada en el apoyo que siempre brindó a los jóvenes: su equipo de colaboradores cercanos en suplementos y revistas y diarios estaba formado por ex alumnos suyos, y aceptaba publicar textos de autores casi imberbes y desconocidos. La última vez que lo vi, en una comida con Carlos Bracho y Dionicio Morales, entre tragos, comida suculenta y muchas risas, me pidió que le consiguiera libros de autores que no rebasaran los 30 años de edad para publicarlos en una colección literaria que dirigía en Puebla, proyecto que se fue al carajo, por la muerte de René Avilés Fabila (ocurrió pocos días después de la reunión señalada).

Ya conté en alguna parte que hace muchos años, en un encuentro de escritores mexicanos efectuado en la ciudad de Eichstät (a una hora por tren de Múnich), luego de la última cena nos encerramos en una habitación de uno de los hoteles que nos habían asignado; el propósito era seguir bebiendo, aunque en realidad se trataba de ligarse a unas bellísimas escandinavas que habían asistido, como público, a la exhibición de la literatura mexicana. Me ofrecí a ir por ellas a su habitación, en la planta baja del edificio, pero no pude llegar porque me perdí en un laberinto incomprensible, al grado de que nunca pude hallar el elevador y bajé y bajé escaleras hasta que me vi en una suerte de sótano. Me olvidé de las vikingas y solo pensé en salir del atolladero inexplicable. De repente escuché que gritaban mi nombre: era René, que al sospechar que me había quedado con las rubias preciosas para mí solo fue en mi búsqueda, pero le pasó lo mismo: se perdió. Abrimos un enorme portón y salimos a la calle, en la parte posterior del hotel. Sin pensar más en las chicas rodeamos el edificio y llegamos a la entrada, pero la administradora no nos dejaba entrar aduciendo que nosotros dos no éramos huéspedes, lo que era cierto. Mientras yo explicaba a la mujer nuestra condición de Very Important Persons, que habíamos sido invitados por el alcalde y por el gobernador, René se puso a orinar sobre las vidrieras. La dama nos permitió el paso y volvimos, en el elevador, a la habitación donde los amigos bebían. Preguntaron por las vikingas y en respuesta los mandamos al diablo.

Los organizadores del encuentro pasarían a las siete de la mañana por los escritores para llevarlos a Múnich, de donde se irían a otros países o regresarían a México. René se quedó dormido y no viajó con ellos; también perdió el avión y sus documentos y su dinero, así que debió pasar la noche en alguna sala del aeropuerto, y solo al día siguiente pudo ir a París, donde lo esperaba Rosario.

Otra vez, René y Rosario, su esposa, organizaron una cena en su casa. Cuando llegó Carlos Montemayor armado de su guitarra, dijo el anfitrión: “Ya llegó este cabrón y se va a poner a cantar arias y no nos dejará charlar” (a él, que siempre se apoderaba del micrófono para hablar de sí mismo), así que mientras el recién llegado saludaba a los amigos, René ordenó a sus asistentes que escondieran la guitarra. Durante la cena, René Avilés Fabila se atragantó con un hueso, se puso lívido (el término correcto para decir que se puso morado) y estuvo a punto de la asfixia. Quién sabe cómo, pero Montemayor le aplicó una especie de llave y lo sacó del problema. Cuando se recuperó, ordenó: “Devuélvanle su guitarra”. Cuando contaba esa anécdota, siempre decía que se le había atorado un hueso de codorniz. Yo le corregía: “Fue sólo un humilde hueso de pollo rostizado”.

Me admiraba la capacidad de trabajo de René. A pesar de que la noche anterior hubiese sido de farra (era un gran bebedor), a las cuatro de la mañana estaba de pie para escribir sus artículos y sus libros. Después del desayuno se iba a trabajar a los periódicos o a las universidades. En los últimos años publicaba por lo menos en tres diarios, daba clases y atendía sus encargos de funcionario: era jefe de Difusión Cultural y luego jefe de Publicaciones de la UAM-Xochimilco, donde era profesor emérito. Y atendía, con Rosario, la Fundación René Avilés Fabila.

Ideó el Museo del Escritor, y sus amigos nos entusiasmamos. Con la nada pequeña ayuda de éstos se hizo el acopio de infinidad de libros y objetos que pertenecieron a otros escritores, vivos y muertos: manuscritos, cartas, máquinas de escribir, primeras ediciones autografiadas por celebridades, fotografías y aun muebles (la que fue mesa de trabajo del Centro Mexicano de Escritores, por ejemplo). Yo cooperé con la máquina eléctrica en la que Gustavo Sainz escribió La princesa del Palacio de Hierro.

El Museo se instaló en la casa de la Fundación, mas pronto el espacio resultó insuficiente, de manera que René se dio a la tarea de conseguir apoyo del gobierno federal, del capitalino, de las principales instancias de cultura, de la iniciativa privada, aunque todo fue inútil. Eso le provocó desazón y cerró el proyecto. Ojalá que, tras su muerte, el Museo reviva, de la mano de Rosario.         

En el velorio de René nos dimos cita infinidad de amigos, admiradores, periodistas, funcionarios… Mis amigos oaxaqueños y yo salimos de la capilla ardiente (creo que así se llama) y en la zona de fumar (es un decir) abrimos sendas botellas de mezcal y brindamos por él. Ya dije que René siempre fue un hombre elegante, y por eso Iván Ríos y yo coincidimos en que incluso su muerte fue elegante: falleció de un infarto mientras estaba en el sauna de su casa. ¡Salud, Águila Negra, donde quiera que estés!