¿Qué leer después de los 50?

Escolios
(Especial)
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El año pasado logré leer 45 libros completos, sin contar las frecuentes incursiones furtivas en volúmenes que son finalmente abandonados, ni las lecturas obligadas por la profesión. Mi edad rebasa ya la cincuentena, si tuviera la suerte de completar la esperanza de vida promedio del varón en México (72 años) y mantuviera mi nivel de lectura, conservaría la posibilidad de leer apenas unos cuantos centenares de libros más durante mi estancia terrena. Esa cantidad es equivalente a menos de la décima parte de mi biblioteca y ni siquiera a unos cuantos meses de novedades editoriales. Puedo decir que mi salud es buena y que soy optimista; sin embargo, el calcular el ínfimo número de libros que me quedan por leer tiende a hacerme sentir, más que ninguna otra circunstancia, el peso de la finitud. Cierto, el joven habitante del reino de la lectura se siente eterno y omnipotente, capaz de conectar épocas, individuos y conocimientos, capaz de agotar obras completas y genealogías de autores, capaz de absorber disciplinas y crear nuevas síntesis. Esa sensación de suficiencia le lleva a acumular cantidades de libros que jamás podrá siquiera hojear, a mezclar gozosamente la excelencia con la porquería y a plantearse proyectos a menudo irrealizables de lectura futura. ¿Qué hacer cuando aún la estadística más halagüeña le recuerda a alguien que su lapso como lector es restringidísimo en relación a la inmensidad de la oferta? ¿Cómo administrar mejor el tiempo escaso (porque también hay que vivir otras vidas) que se dedica a leer cuando se pasa de los 50? Muchos lectores han dedicado sus décadas maduras a una suerte de evasión en las tradiciones y obras más decantadas y se ofrendan a la lectura y relectura reverencial de un puñado de clásicos. Por supuesto, creo firmemente en la noción de un canon de obras corroboradas por el tiempo (aunque a veces también por la inercia) y en su papel de enlace intergeneracional. Sin embargo, encerrarse estrictamente en la obsesión anticuaria o en los prestigios probados no me parece la solución óptima para quien quiere maximizar su aventura como lector. Con toda su carga de imbecilidad e impostura, el presente también abre posibilidades de deleite y sorpresa. Por eso, el gusto del lector otoñal: debería alcanzar un cuidadoso equilibrio entre su vinculación a un elenco de indispensables y su apertura a la novedad y el azar, entre su afición a las joyas auténticas y su regodeo con las baratijas.

@Sobreperdonar