La puta inmortalidad

Toscanadas.
Toscanadas.
Toscanadas.

Ciudad de México

En la obra maestra de Fiódor Dostoyevski se discute un complejo artículo de Iván Karamázov sobre las relaciones entre Iglesia y Estado. De él se extrae una sentencia: "Si el alma no es inmortal, no existe la virtud, y entonces todo está permitido". Alguien más cita a Iván asegurando "que ninguna ley natural impulsaba al hombre a amar a la humanidad, y que si el amor reinaba en la tierra se debía a la creencia en la inmortalidad". Tomo estas palabras de Los hermanos Karamázov por puro fetichismo literario, pues lo cierto es que ideas como ésa se han repetido hasta el cansancio y provienen de muchas fuentes.

Incontables políticos y pensadores de derecha en países religiosos como Estados Unidos o Polonia hablan de un Estado de derecho fundado en los diez mandamientos, como si en sus constituciones se exigiera el descanso sabatino o una policía secreta indagara si alguien ama más a sus hijos que a Dios o si desea a la mujer o la mula del prójimo. Mas luego no saben explicar por qué los países más ateos del orbe son precisamente los más pacíficos y tienen los menores índices de corrupción.

Y es que ya hace dos mil cuatrocientos años, Sócrates había establecido que las verdades morales o éticas podían conocerse mediante la razón. Solo un mentemenguado necesita la revelación divina para discernir entre lo bueno y lo malo. Bertrand Russell lleva la idea un paso adelante al decir que: "El ejemplo más importante de un conocimiento a priori no lógico es, tal vez, el conocimiento de los valores éticos".

Parte de la humanidad se ha ido civilizando, ha dejado a un lado supersticiones y se ha puesto de acuerdo en algo llamado "Declaración universal de derechos humanos", un texto que implica más amor, respeto, tolerancia, moral y ética que cualquier libro sagrado.

Hoy las palabras de Iván Karamázov funcionan al revés. Hoy todo está permitido por la creencia en la inmortalidad. Se puede matar a quien piensa de modo distinto, se permite golpear, encarcelar o asesinar a los homosexuales. Esa inmortalidad mantiene a muchas mujeres en condiciones de sumisión, vestidas como piñatas tristes, sin acceso a la educación, con mínimos derechos. Las hace depositarias de la honra de hombres sin honor. Por esa prometida inmortalidad se nos permite torturar, disparar, bombardear, degollar, tumbar aviones. La inmortalidad exige que quememos libros, destruyamos obras de arte, arruinemos ruinas, silenciemos a los predicadores de la razón. La inmortalidad mantiene los lujos del pobre más rico del mundo. La inmortalidad justifica los discursos de odio, de intolerancia, los misóginos, los homofóbicos. Amigo Karamázov, tengo que contradecirte: es por la puta inmortalidad que no existe la virtud.

Por eso si hoy me pidieran elegir la cita más sabia de la Biblia, de entre los muchos proverbios, salmos, mandamientos, sentencias, amenazas, predicciones, oraciones y parábolas, elegiría estas palabras de 1 Corintios 15: "Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, que mañana moriremos".

Pronto me pondré a leer el Corán. Quizás entre tanto paginal también halle una línea que valga la pena.