¿Se puede ser un artista total?

Café Madrid.
El escritor francés Hervé Guibert.
El escritor francés Hervé Guibert.

En el quinto piso del Círculo de Bellas Artes de Madrid, frente a la esquina que forman la Gran Vía y Alcalá, hay una ambiciosa escuela que pretende convertir a sus alumnos en artistas totales. Se llama SUR y fue creada hace poco más de un año por iniciativa de Juan Barja, director del Círculo, y de Guillermo Fesser, vicepresidente de La Fábrica, una empresa experta en echar a andar proyectos culturales. Ambos dicen que la escuela nació en contra de la especialización y a favor de la práctica entrelazada de la expresión creativa.

Ahí, además de las materias y talleres que incluyen todas las artes —plásticas, escénicas, textuales, audiovisuales…—, hay una serie de clases magistrales. Gente como Luis Goytisolo, Quino, Joan Fontcuberta o Mario Vargas Llosa han visitado en los últimos meses a los 30 alumnos que conforman la primera generación de esta institución. La otra tarde pude colarme a la clase magistral del pintor Eduardo Arroyo, cuyas obras están en buena parte de los museos de arte moderno de España y alguno extranjero. Se ha encargado de hacer varias escenografías para obras de teatro y las ilustraciones de algunos libros. En 1958 se exilió en París huyendo, como tantos otros, del régimen dictatorial de Francisco Franco y fue hasta la década de 1980 cuando los españoles comenzaron a interesarse por su trabajo, vinculado al movimiento neofigurativo, y desde entonces goza de la admiración y el respeto de la crítica y el público.

Entró sonriendo al aula principal de SUR, el director lo presentó con honores y el pintor nacido en Madrid en 1937 dijo de manera tajante a los alumnos:

—Yo nunca he puesto los pies en una academia o escuela de artes. Quería ser escritor, estudié tres años de periodismo, pero lo que quería expresar no podía hacerlo solo con palabras y probé con la pintura.

Al escucharlo, los estudiantes abrieron más los ojos y esbozaron una sonrisa tímida. Todos saben que el modelo educativo de esta escuela ha sido cuestionado por aquello de “el que mucho abarca, poco aprieta” y porque, después de estar dos años aquí, a los alumnos les costará trabajo definir el camino profesional a seguir, pues tendrán las bases de todo pero la profundización en nada. Una chica canadiense, que estudió Relaciones Internacionales en su país y ha venido a Madrid para “reinventarse”, levantó la mano y preguntó cuáles son las aptitudes de un buen artista.

—Esa es una pregunta típicamente canadiense —respondió Arroyo—. Pues mira: un buen artista debe tener ética y sentido del humor y de la justicia y de la locura. Pero eso yo no lo aprendí en una escuela.

Los alumnos, con distinta formación y edades que oscilan entre los 19 y los 65 años (hay cabida para todo mundo, previo pago de 13 mil euros por dos años académicos), terminaron la tarde con cierta confusión. Hay quien está aquí para ver qué es lo que más le gusta y luego estudiar una carrera. Algunos otros, sin embargo, ven en todo esto una especie de posgrado para complementar su preparación. A todos, Arroyo les advirtió:

—Desengáñense: ser un artista total es imposible. Yo sigo aspirando a ser escritor y no soy más que un pintor que escribe. Hago otras cosas. Pero no se puede ser bueno en todo.