Memoria de Raúl Renán (1928-2017)

El poeta yucateco, maestro, editor y formador de varias generaciones literarias, falleció el 14 de junio en la Ciudad de México. A manera de homenaje, presentamos un puñado de evocaciones
Raúl Renán
Raúl Renán (Pascual Borzelli)

Un mal pero buen tertuliero

Todos los poetas parten de una lucha amorosa y a veces enconada con la palabra y Raúl Renán tenía la singularidad de luchar, sí, amorosamente, con las letras, no solo como literatura sino con las letras mismas del abecedario que le sugerían imágenes, contradicciones, historias, poemas.

A través de quizá más de medio siglo, de algunas tertulias en las que sentí su fuerte presencia, generalmente silenciosa —era mal tertuliero pero era buen tertuliero—, tuvimos una grande e intensa amistad, más unidos a veces como amigos por la discusión.

Cómo te echaré de menos, querido Raúl, en la vida, en la amistad, en las letras, pero seguiré dialogando con tu poesía. Te acompañaré muy pronto, amigo, amigo, amigo…

José de la Colina


La poesía como conversación

Raúl Renán rompía con el prototipo romántico de la poesía como un monólogo exaltado y practicó ese arte como una de las formas supremas de la conversación. Su obra y vida literarias transcurrieron en la luz y el bullicio de los lugares públicos: en las agencias de publicidad donde coincidió con una generación prodigiosa de escritores; en las mañanas o tardes de café; en los talleres literarios en los que forjó a varias generaciones o en las tertulias con los amigos, donde daba cátedra de su capacidad de escuchar, de su curiosidad e interés genuino por el otro (nada lastra más la conversación que la egolatría) y de su gozosa erudición e inteligencia. Su poesía es otra dimensión de ese arte de la conversación: una lírica que adoptó los más diversos interlocutores desde los clásicos grecolatinos hasta las vanguardias, prodigando a todos su atención, homenajeando a cada uno con un matiz propio y demostrando que la conversación, junto con la sonrisa, son los actos más genuinamente humanos.

Armando González Torres

 

El cronómetro y el ruiseñor

Desde la arbitrariedad cronológica, Raúl Renán pertenecería a la Generación de Medio Siglo. Tomando en cuenta su participación en el consejo editorial de la revista Estaciones —allí aparece como Raúl Renán González,podría ubicarse también en la promoción de jóvenes escritores que dieron sus primeros pasos en esta publicación auspiciada por Elías Nandino, al lado de Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco o Francisco Cervantes. Más allá de rótulos y círculos literarios, el autor de La gramática fantástica (1983) desestimó cualquier posible precocidad o carrera de escritor, para elegir la paz horaciana de los márgenes y se dio a la demorada tarea de encontrar un timbre y un paisaje capaz de permitirle decir su fervor por las queridas cosas de este mundo. Localizó en los clásicos grecolatinos temas y variaciones para explicarse el presente histórico y el íntimo. Editor lúdico, curioso y audaz, el arte de la tipografía abrió puertas al campo para la experimentación de una escritura ajena a las modas y demás complacencias. La invitación para leerlo y releerlo pondrá al descubierto una obra de excéntrica seducción y poderosamente entrañable.

Ernesto Lumbreras


El silencio y el laberinto

La escritura de Raúl Renán es atizada por la pasión amorosa, por el gusto por la vida, por la emoción de las cosas nuevas, de la experimentación —esa constante en su poesía, en su prosa, en su labor como editor.

La poesía de Raúl va de lo cotidiano al homenaje de la lírica griega y latina, de lo social a la introspección, de la contemplación de la naturaleza al erotismo, siempre con un espíritu alegre, juguetón. En la serie “Del santo oficio del amor”, por ejemplo, al prevenir sobre los secretos de la cópula, dice: “Las orejas del amor/ son para aconsejar/ durante el abrazo/ que soltarse/ es peligroso/ porque en lugar de venir/ nos vamos”.

Nada escapa al interés de Renán: escribe sonetos a la cáscara de naranja, al aire, al agua, a la desazón; transita por la prosa y el verso con la naturalidad de viajero consumado, y al trazar su autorretrato expresa: “Así quedan aquestos los papeles en blanco que esculturan mi rostro. En un ojo el silencio y en el otro el laberinto astillado”.

José Luis Martínez S.


Un grano de arroz

Raúl Renán postuló “Todo es incipit” en el único decálogo que publicó, “Minidecálogo de la ley del minirrelato”, donde sostuvo el principio de su poética sobre la narrativa breve: Gramática fantástica (1983), Los silencios de Homero (1998), Cuadernos en breve (1999) y Cosas de la rutina grosera (2014), género donde se asentó como un pionero por la composición, arquitecturas narrativas, héroes siempre menores, experimentalismo, celebración de la vida, elogio de “las queridas cosas” y el ingenio lingüístico con que pergeñó no solo sus narrativas, sino también su lírica.

“Vida in nuccefue el décimo postulado con que clausuró sus mandamientos literarios: la vida tallada sobre un arroz. Previamente apuntaló el resto de los mandamientos que decidieron su poética del cuento brevísimo: “Amoral”, “Nadanécdota”, “Instantaneidad”, “Esencia de la esencia”, “Omnipersonaje”, “Honduración”. Congruente como fue, el maestro no dejó de predicar su postulado de vida: “Todo es principio”, y regresó a la semilla.

Javier Perucho


Un maestro de la transfiguración

Si algo caracterizó a Raúl Renán fue su inusitada capacidad para mudar de voz. Conoció al dedillo el arte milenario de la metamorfosis. Podía, como en Lámparas oscuras (1976), servirse del haikú para volver a probar los frutos eróticos que adoptan las formas que abundan en la naturaleza, o podía, igual que en A / salto de río, uno de sus últimos libros, convertir la poesía en un surtidor de efectos igualmente sonoros y visuales. Podía también volver la mirada hacia dos de las más irreverentes tradiciones, la de Catulo y Safo, no con otro propósito que el de contemplar la fragilidad de la carne y la prontitud con la cual la belleza invoca a la lujuria y la vida festeja su propia ruina. Y, por qué no, podía correr libre y coloquialmente por el soneto y más tarde probar la brevedad del aforismo y el epigrama, y, aún más, ejercer la libertad suficiente para borrar la línea divisoria entre la autobiografía y la escritura.

Ahora compruebo que ha oficiado su transfiguración definitiva.

Roberto Pliego


La asamblea de palabras

Raúl querido: te extrañaremos en tus palabras y en tu vida, por tu amor a las letras que sabías transformar en obras inclasificables y lúdicas, como ese libro que tanto admiro: Gramática fantástica: “el pájaro con cuyo pico he escrito esta parábola ha levantado el vuelo llevándose entre las patas el hilo de la escritura, de suerte que las palabras que estáis leyendo son del aire y no las que dictó mi ánimo”. Así el hilo de la escritura, que en ti no era diferente del hilo de la vida, sabía desatar magias que nos reconciliaban con el juego y el asombro. En las sesiones que teníamos contigo los becarios del antiguo Inba–Fonapas en la Capilla Alfonsina, nos revelabas con generosidad los secretos del oficio y, sobre todo, nos contaminabas alegremente de tu manera de vivir, serena y gozosa, tan distinta de las pulsiones comunes en el medio literario. Las palabras reveladas y rebeladas de tus poemas se quedan ahora con nosotros: “Y ya el hombre no podrá hablar porque millones de palabras estarán sonando infinitamente en el aire, […] millones de palabras que pensarán por él”. Un beso y muchas gracias hasta siempre, por tu vida y tus palabras, querido Raúl.


Blanca Luz Pulido


La espiritualidad

Cada línea que escribía (suscribía) debía ser traslúcida, impoluta. Luego esas líneas se acoplaban lenta, progresivamente hasta fecundar un verso. En su escritura no faltaba nada. Las imágenes fluían con tempestuosa suavidad, poseían el modo de un afluente de vocablos cardinales. Leerlo inspiraba la sensación de escuchar su voz de ritmo acompasado. El espíritu mundano de Raúl Renán tenía la virtud de rejuvenecer: la edad no transcurría, era un muchacho eterno. Su espíritu poético era similar, tenía la cualidad de renovarse: como escritor fue temerario, la experimentación representó su deporte favorito.

El espíritu fraterno de Raúl Renán fue más que generoso. Cálido, abierto, con un gran sentido del humor. Jamás olvidaré su mirada aguda, la sonrisa a medio camino entre la indulgencia y la ironía, y luego el comentario certero o erudito o la evocación de un personaje que concebía más que una sombra: era su historia, la historia de épocas, de libros, de líneas en las que debía caber el universo entero.

Iván Ríos Gascón


Domador de palabras

Raúl Renán tramó innumerables encuentros desde la bonhomía de la amistad y la creación literaria, pedestales de su magisterio, con lectores y escritores que, con fortuna, suman muchos. Ahí, la realidad furtiva se volvió dúctil y fértil y el poeta meridense supo bucear en la conversación y hallar el justo medio en sus opiniones. Nunca escuchamos de él un juicio lapidario. Para no imponer su punto de vista, sugería la labor del poeta sibarita con el lápiz incendiario, pleno de texturas, experimental, al acecho de la palabra.

Mediante una astucia que él puntualizó y generaciones de escritores hicieron suya (“el poema verdadero habita dentro del poema”), nos instruyó a contener en la brevedad de lo escrito la imagen y la idea. Desde esa combustión poética cómplice, sus libros, rigurosos y transparentes, muestran que la vida es equilibrio entre la dilación y el correr de la memoria. Doy fe de sus batallas con el lenguaje. Y sé de cierto —por la intensa conversación que mantuvimos más de un cuarto de siglo— de las marcas que han moldeado rastro y rostro de Raúl entre nosotros. Porque en el profundo interior de él, convertido en memoria, arbolece un quimérico “fingidor de sí mismo”. Como Fernando Pessoa, Renán o Raúl o Rauliteo, obran en la transfiguración de su verbo, como en los rieles pareados de la línea educada porque: “Nunca una línea transcurre a la deriva, siempre es un vestigio delgado, reflejo de algo que está siendo Uno”.

Daniel Téllez


El editor

Raúl Renán era un joven de 89 años. En una autobiografía que publicó en la revista Crítica, acota: “Creo en el arte literario. Confío en que no debemos olvidarlo y la mejor receta para recuperarlo es regresar a la ilusión de encontrar nueva literatura, releer a los clásicos, tanto los distantes griegos como los cercanos mexicanos, y leer con sorpresa a los nuevos autores”. Tenía el talento para comunicarse y apoyar a la gente joven, orillaba —con generosidad y paciencia— a encontrar la voz y el estilo de cada quien.

En un lejanísimo 1991, don Raúl Renán fungía como subdirector del Periódico de Poesía (hubo una época en que la revista fue coeditada por la UNAM y el INBA), pero en realidad era el editor. Traía toda la experiencia y el respeto por haber fundado la editorial La Máquina Eléctrica, una de las colecciones de poesía más acabadas del siglo XX mexicano. Yo era ayudante en los archivos de la entonces Dirección de Literatura del INBA. Por nuestros orígenes peninsulares, don Raúl me adoptó. Una mañana entró a los archivos y con ese dejo yucateco, que jamás perdió: “Enzia, está bien que escribas pero necesitas aprender un oficio. ¿Por qué no me ayudas con el Periódico de Poesía?”

Era una época en que aún el uso de las computadoras no era usual, así que don Raúl me enseñó “el oficio a mano”, sobre las familias tipográficas, la caja y el interlineado, la diagramación y la corrección de planas. Siempre estaré en deuda con don Raúl, no solo cuidó mis primeros pasos en un oficio, sino que me transmitió la pasión, el cuidado y el respeto a la hora de editar un libro.

Buen viaje, don Raúl, “El Quijotito”, como le decía de cariño, al igual que le cantaste a tu bella Mérida: “Millones de palabras se derraman en tu suelo, te extienden”.

Enzia Verduchi