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Jueves , 20.09.2018 / 00:15 Hoy

Poeta sin palabras

Toscanadas

Cuando murió recibió todo tipo de elogios, “eminente artista y sabio”, “eximio portalira”; cuurioso es que con el paso de las décadas buena parte de esos adjetivos se fueron contaminando de ironía
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El 24 de mayo de 1919, Amado Nervo se hallaba en misión diplomática en Montevideo. Iba como presidente del Congreso Latino del Niño. Al salir de una de las sesiones dedicadas a los pinches huercos, le vino un fuerte malestar, y casi lo imagino declamándose a sí mismo sus propios versos: “Siento que algo solemne va a llegar a mi vida./ ¿Es acaso la muerte? ¿Por ventura el amor?/ Palidece mi rostro, mi alma está conmovida,/ y sacude mis miembros un sagrado temblor”.

El presidente Carranza se dijo consternado, se decretó duelo nacional y los periódicos dedicaron mucho espacio al evento. Como en aquel entonces no solo existía el adjetivo “gran” para encomiar a un personaje, la prensa le llamó poeta “egregio”, “ilustre”, “exquisito”, así como “uno de los más preclaros intelectos latinoamericanos”, “gloria de las letras castellanas”, “eminente artista y sabio” y, mi favorito, “eximio portalira”.

Curioso es que con el paso de las décadas buena parte de esos adjetivos se fueron contaminando de ironía, de tal modo que ya no sirven para encomiar.

Vaya uno a saber por qué, pero me parece que los insultos tienen larga vida y los elogios se desgastan. En un arranque de ira, don Quijote le dice a Sancho: “¡Oh bellaco villano, mal mirado, descompuesto, ignorante, infacundo, deslenguado, atrevido, murmurador y maldiciente!”, denuestos que poco se utilizan hoy, pero que mantienen su reciedumbre, pues si esa misma ristra se la ensarto a algún viandante, bien me ganaré que me partan el hocico.

Pero algo de culpa tendrá el mismo eximio poeta cuando él hablaba en sus versos de “la eglantina de su boca”, “el ruego uncioso”, “el aljófar del campo”, “la noche radiosa”, “la luz de un astro zahorí”, “la esencia arcana”, “el mal proficuo” ,“las linfas ignoradas”, “el pórtico del alcázar de ensueño de los gnomos”, “el turiferario santo”, “la púrpura augusta”, “los gérmenes ignotos”, y el famoso “trigo garzul”.

Seis meses después, en no sé qué estado de conservación, arribaron a México los restos mortales del poeta. Hubo más discursos y muchos adjetivos, pero quizá la nota más elogiosa la reportó así la prensa: “En los momentos en que llegó a la estación el cadáver de Nervo, un cargador llamado Juan Cabrera, emocionado por el espectáculo, se ahorcó delante de toda la gente, para lo cual ató a unos pilares una cuerda, arrollándosela al cuello y pendiéndose de ella hasta que murió. Este hecho ha causado penosa impresión en toda la metrópoli”.

Egregio poeta sin palabras.

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