Nostalgia de Playboy

Los paisajes invisibles
Hugh Hefner y sus conejitas
Hugh Hefner y sus conejitas

Debo ser honesto. De las páginas de Playboy yo no rememoro los textos de Norman Mailer, Kurt Vonnegut, Roald Dahl o Chuck Palahniuk; no evoco, con aires de nostalgia, que en esos folios Ray Bradbury publicó por partes su emblemática novela Fahrenheit 451 ni me interesa señalar que dos de mis autores favoritos, Jack Kerouac y John Cheever, encontraron en el magazín no solo a un editor inmejorable sino que la excelente paga les devolvió la esperanza de escribir a pesar de todo. Tampoco me parece conveniente mencionar que Borges, García Márquez y Vargas Llosa figuraron en la lista de colaboradores junto con el gran Vladimir Nabokov y otros no menos grandes como John Updike, Lawrence Durrell, Arthur Miller, Bernard Malamud, Allen Ginsberg, Alberto Moravia e Isaac Bashevis Singer, y con escritoras admirables como Nadine Gordimer o Joyce Carol Oates, plumas que matizaron la reputación misógina de los contenidos de la publicación de Hugh Hefner. A cambio de esa memorabilia, prefiero tener en cuenta que Marilyn Monroe fue la playmate de la primera portada, la inolvidable Marilyn que en 1953 apareció como una diosa enmarcada en terciopelo rojo (bueno, sí, era una diosa), y que en 1955 también se presentaron la irresistible Jane Mansfield y la encantadora reina del pin–up, Bettie Page, y que esos fueron los comienzos de una sublime tradición que incluye a BeBe Buell, Shannon Tweed, Pamela Anderson, Corinna Harney, Anna Nicole Smith, Jenny McCarthy, Audrey Aleen Allen y, en fin, la lista es inabarcable. De las páginas de Playboy recuerdo especialmente a Erika Eleniak por ciertos detalles: lo que más me gustó de E.T., de Steven Spielberg, no fueron las travesuras del extraterrestre que bebía cerveza y se ponía peluca ni las llamadas que hace a su planeta con un teléfono improvisado con basura ni, mucho menos, el vuelo de las bicis sino la hermosa rubia que Eliot arrincona en los casilleros de la escuela, cuando por una especie de telepatía alcohólica entre él y E.T., se envalentona y toma por asalto los labios de la chica.

La bella, bellísima rubia me impresionó de tal manera que esperé los créditos finales para saber su nombre y nunca lo olvidé: Erika Eleniak. Años después me quedé de piedra al encontrarla en la edición de julio de 1989 de Playboy, tenía 20 y era perfecta. Tras el debut en la revista, Eleniak hizo televisión (quizá lo más exitoso fue su rol en Baywatch) y películas de anodino Blockbuster, pero su presencia se convirtió en el eje de una perdurable fantasía.

Playboy ha anunciado que abandona los desnudos y que cambiará de línea editorial, con el consentimiento de un Hef de 89 años que hizo una fortuna vistiendo pijama en su mansión a la que todos quisimos ir, y con los múltiples negocios que le garantizó una empresa que desde hace mucho perdió su carácter transgresor.

Para justificar el cambio, Scott Flanders, consejero de la revista, declaró que hoy “con un solo click ya se accede libremente a cualquier imagen sobre sexo”, refiriéndose a la red, aunque eso es una estupidez: el desnudo femenino no es pornografía y, para ser precisos, los de Playboy nunca lo fueron. Sus imágenes, acaso, confirmaron la infinita belleza de este mundo.

De la revista de Hugh Hefner yo no rememoro ningún relato, ningún ensayo o reportaje, porque hay que ser honestos. Las colaboraciones de Mailer, Cheever, Wolfe o Murakami eran el plus de sus maravillosas páginas centrales. Y eso, a partir de ahora, ya es una nostalgia prematura.