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Lunes , 10.12.2018 / 09:46 Hoy

Philippe Sollers: “Del 68 ya no queda nada, todo está anestesiado”

Entrevista

En esta conversación, el filósofo y escritor impone una desencantada valoración del presente y pone en su justo lugar a los ideales que animaron el Mayo francés
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¿Se considera aún hoy un escritor comprometido?

Quizá soy uno de los últimos escritores comprometidos de este país. Pero habría que redefinir el compromiso, que para mí no tiene nada que ver con reunirse con los otros, con formar un grupo. He estado comprometido con mi propia trayectoria, que en ciertos momentos ha cobrado una apariencia política, pero que en el fondo es filosófica. Mi compromiso es con la literatura y ha sido total.
Sin embargo, hoy vivimos uno de los periodos más reaccionarios de la historia y debemos tener conciencia de ello. Es decir, la globalización, así como el espectáculo constante y total que trae consigo, hacen resurgir arcaísmos y regresiones, cuyos componentes debemos analizar cada vez más. Si nuestra época es reaccionaria es porque nos remite sin cesar al naufragio en el que vivimos. Tomemos como ejemplo el siguiente espectáculo mundial: Estados Unidos traslada su embajada a Jerusalén y presenciamos un circo sorprendente y siniestro con la hija de Trump, tan rubia y blanca, vestida además de color claro como para acentuar la superioridad que representa su color de piel. Vemos a su padre en el mensaje grabado que envió y lo oímos ladrar, porque no sabe hablar, solo ladra, afirmando que espera llevar la paz a Medio Oriente. Gran momento de fiesta para Israel que cumple además 70 años de su creación. El único problema es que al exterior, mientras la rubia se muestra siendo superior e incluso como parte de la raza de los amos del mundo, hay una multitud de palestinos a la que le dispara el ejército israelí, matando a 59 personas e hiriendo a 2 mil 400.
Y si le digo que soy un escritor extremadamente comprometido es porque hablo de todo esto, de este naufragio, pero siempre proponiendo un antídoto en mis libros, mediante una lectura profunda que solo permite la literatura.


¿Cuál sería su diagnóstico? ¿Sería el que enunció en su prefacio del Diccionario del psicoanálisis, el de una prohibición, casi una represión del “goce”?

Hoy todo está prohibido, en especial el goce sexual, porque conocer el propio placer implica volverse por completo libre y eso la sociedad lo percibe como un peligro. De ahí que se hable todo el tiempo de sexualidad, de agresión o acoso sexual, de violación y de denuncias. Todo el mundo parece creer en la sexualidad. Pero yo soy un ateo sexual. Si la sexualidad enseña algo, si da lugar al pensamiento, entonces me interesa. Si solo se la concibe como una mecánica orgánica, me es indiferente. La sexualidad tiene que enseñarnos algo.
Hoy asistimos a una reducción del imaginario. Todo se ha vuelto tecnología médica, desde la reproducción asistida hasta la gestación subrogada. Se puede fabricar el cuerpo humano. Así, en los países occidentales desarrollados se puede concebir un ser humano en el hospital, nacer, morir y ser incinerado en el hospital. Nadie quiere pensar en esto, en particular los escritores, y todo mundo se aturde como puede para evadirse de esta realidad. Ya lo decía Pascal: es sorprendente cómo los hombres se las ingenian para no pensar en la muerte.

En la crítica que hace de la sociedad actual, la referencia al siglo XVIII parece ser determinante, como lo muestran sus libros sobre Sade y Casanova, que ponen el cuerpo al centro de un proyecto filosófico y vital, o revolucionario, en el caso de Sade.

El siglo XVIII, en el sentido que acaba de describir, no puede ser sino francés, porque se escribió en lengua francesa, que es la lengua de la revolución. No ha habido más que una revolución y tuvo lugar en París. La Revolución francesa siempre ha sido imitada, falsificada, pero jamás igualada. La Revolución de Octubre es pésima con respecto a la francesa. El único momento en el que hubo algo revolucionario fue en mayo de 1968, pero 50 años después puede ver que ya no queda nada, que todo está anestesiado. En aquella época el ministro de Cultura era André Malraux, alguien impresionante. Y cuando lo compara con la ministra actual, que sonríe todo el tiempo…


Françoise Nyssen viene del mundo de la edición.

Claro, sin hablar del conflicto de intereses evidente en el que se encuentra, aunque es lo de menos. Es terrible la imagen piadosa que se nos presenta para la cultura. Solo esto probaría que a nuestro presidente, que es un virtuoso en el arte de hacerse filmar permanentemente, no se le puede tomar en serio. No es posible nombrar a una ministra de Cultura tan mala.
Pero basta con que un terrorista ataque con un cuchillo a los transeúntes en el barrio de la Ópera para que el espectáculo que estaba preparándose en torno a las vacaciones del presidente en Brégançon se venga abajo: ¿aparecería o no en la playa?, ¿qué short se pondría?, ¿Brigitte usaría un traje de dos piezas o de una sola? ¿Qué mundo es éste? No soy alguien realista. Soy más bien un analista que identifica los síntomas esenciales en todos los ámbitos y solo la lectura permite hacerlo. El problema es que ya nadie lee, y mi posición como editor me permite afirmarlo. Con las pantallas, ya nadie entiende lo que está ocurriendo.


En su último libro, Centre, aborda el problema de la pérdida de la memoria en la sociedad contemporánea, que relaciona con el hecho de que cada vez se lee menos.

La memoria se ha visto afectada por la desaparición de la lectura en la vida cotidiana. Me lo hizo ver mi mujer Julia [Kristeva], cuyos pacientes se quejan de que no pueden recordar el último párrafo que acaban de leer. La memoria es un músculo y hay que entrenarlo para que no se vuelva flácido, es decir, permeable a los flujos de información y publicidad, a todas esas voces que nos invaden. 


¿Ya no sería posible entonces hacer hoy lo que usted emprendió con la revista Tel Quel, es decir, “situar la escritura al centro del trabajo revolucionario”, hacer que “cada uno se vuelva dueño del lenguaje”?

El combate sigue siendo el mismo; prueba de ello es que continúo el trabajo revolucionario. Sigo estando en guerra, como lo decía magníficamente Mandelstam, el poeta ruso que Stalin eliminó: “la poesía es la guerra”. O más bien, en mi caso, la guerrilla.


En algún momento afirmó que “hay que conservar su mala reputación”.

Me preocupa un poco ver que en estos últimos tiempos se me ha rehabilitado, pero voy a hacer todo lo posible para recuperar mi mala reputación. Es, de hecho, lo que estoy haciendo ahora con usted.


Me parece que con la cuestión de lo femenino va por buen camino. Por ejemplo, al escribir: “Casanova ama a las mujeres: las describe como las ama, es decir, sin devoción. Pero Laforgue [que reescribió, censurándola, la obra de Casanova] es por su parte un feminista: las respeta, las teme, y anuncia las legiones de profesores mojigatos, nuevo clero que remplazará al antiguo”.

¿Sabe quién hizo un elogio inesperado de Casanova?... Simone de Beauvoir. En sus espléndidas cartas a Nelson Algren, quien fue uno de sus grandes amores. Beauvoir no era el icono, la gran papisa del feminismo, rígida y austera, que se piensa. Le encantaba hacer el amor con Algren y le decía que no tenía por qué vivir como un monje, así que le recomendó la lectura de Casanova como un ejemplo de vida.


¿Para usted qué es entonces amar a las mujeres?

Le responderé con una pregunta que hago a mis amigas: ¿quién ha puesto en la mente de los hombres que podemos agredir a las mujeres, precipitarnos sobre ellas sin pedirles su permiso? Todas sin excepción me responden: sus madres. Y al preguntarles por qué, no encuentran ninguna respuesta. Pero la explicación es simple: los hombres quieren arrancarles el misterio de sus madres, que les han ocultado. Quieren saber a ciencia cierta. Así se les ha educado. Aunque si digo esto, todo mundo se escandaliza porque hoy los hombres son unos cabrones, perversos, cerdos… Pero ni siquiera eso, ¡no son más que unos pobres diablos!
¿Se da cuenta de lo progresista que soy? Cuando leo en la red “Sollers misógino” es para morirse de risa, pues nadie ha hecho más por las mujeres que yo, y es algo que puede probarse, por ejemplo, con mi libro Mujeres, que produjo un gran escándalo cuando se publicó.

¿Cómo definiría ese “continente femenino” tan presente en su obra?

Diría que el continente femenino es accesible a los buenos navegadores.


Mi pregunta tiene que ver con el goce sexual del que hablábamos antes. Usted resalta que en Casanova las mujeres gozan y saben ocuparse de su placer.

Para Casanova, el placer de su pareja era fundamental. Aunque tal vez en algún momento no pidió permiso y ¡eso está muy, muy mal! Pero no hay que olvidar algo importantísimo respecto a él, y en lo que quiero insistir: se trataba de un italiano que eligió escribir en francés.


¿El francés sería la lengua de la libertad?

Desde luego. Por eso me consagro a esta lengua, como muchos otros antes, Céline, por ejemplo. Si Céline sigue siendo peligroso es porque tenía talento; de eso es culpable ante todo.


Usted estaba de acuerdo con la reedición de sus panfletos. ¿Qué piensa de la polémica que siguió a la iniciativa de Gallimard de publicarlos?

Es una vergüenza que se haya impedido la reedición, hay que publicarlo todo. Es una gran hipocresía decir que los panfletos producirán antisemitismo. El peligro hoy es la ignorancia que hace que todos se replieguen sobre sí mismos y vuelvan a cosas viejas. Por eso hay que hacer una edición crítica en Francia antes de que el libro entre al dominio público. 


 En un texto de 1999, “La Francia rancia”, describe al país como hostil a “los extranjeros”, al “arte moderno”, a los “intelectuales”, a “las mujeres demasiado independientes” y, sobre todo, a “la libertad en todas sus formas”. ¿Sería aún esa su opinión? 

 El diagnóstico que hacía en ese texto era anticipatorio, y por el que se me atacó muchísimo, se me trató de traidor, antipatriota, etcétera. Es justo lo que está ocurriendo ahora. O más bien, es peor: Francia ya ni siquiera es rancia, se encuentra en un estado de coma prolongado. La razón es la de siempre: por un lado tenemos un derroche tremendo de dinero y por otro una enorme miseria. Y contamos con un muy buen presidente de la República, gran virtuoso del espectáculo, que se deshizo de la izquierda y la derecha y que reina sobre una población de sonámbulos. Pero yo sigo despierto, como puede ver. 


 En ese texto defendía a Daniel Cohn–Bendit y al espíritu del mayo de 68 que encarnaba.

 Cohn–Bendit es ahora un macronista. Ha arruinado su foto célebre en la que aparecía ante un policía. Es un periodista deportivo que se ha incorporado a la sociedad del espectáculo, en la que todo se reduce al acontecimiento como scoop, buzz o hashtag (#MeToo, #BalanceTonPorc). Imagine que mañana digo que me he convertido al Islam radical; las redes sociales arderían. Y aunque fuera falso, se entendería como algo posible. Fue lo que ocurrió recientemente con mi mujer Julia, a la que acusaron de ser una espía del servicio secreto búlgaro. Es grotesco. Habría que preguntarse más bien por qué esta supuesta noticia sale justo ahora. Creo que a la sociedad no le gustan las mujeres que piensan y actúan libremente, como lo hace ella.


 Durante las décadas de 1960 y 1970 usted fue muy activo políticamente, defendió la idea de una transformación de la sociedad a través de la escritura, que concebía como una acción. ¿Cree que en la Francia de hoy persiste algo aún de la lucha del mayo de 68? ¿Alguna herencia? 

Sigo pensando lo mismo aunque las situaciones han cambiado. Pero no se puede heredar la revolución, solo podemos continuarla mediante otros medios. La guerrilla debe adaptarse, pues si seguimos una única, terminamos como Cohn–Bendit, es decir, nos volvemos colaboradores de lo que amenaza la libertad que defendíamos. Y yo me he mantenido libre. 


 ¿Habría un eslogan del mayo de 68 que podríamos retomar hoy? 

El eslogan más bello del mayo de 68: “Sean realistas, pidan lo imposible”. No ha perdido su actualidad, puede decirse de nuevo en cualquier momento. 

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