Pastiche distópico

Opinión 
El sistema de Menéndez Salmón cumple a cabalidad con los requisitos de la distopía literaria.
El sistema de Menéndez Salmón cumple a cabalidad con los requisitos de la distopía literaria. (Especial)

Ciudad de México

El sello literario Seix Barral, hoy bajo la férula editorial de Planeta, alguna vez representó una ventana abierta a lo más vanguardista de la narrativa occidental. La reciente concesión del Premio Biblioteca Breve 2016 a un bastante desconocido novelista español, Ricardo Menéndez Salmón, por una fábula de ciencia ficción que vuelve a incurrir en la distopía política, llama la atención al menos por dos aspectos. ¿Qué ha sido de ese famoso reconocimiento que catapultaría a la fama a Vargas Llosa en 1962? Un galardón que, desde que se instauró en 1958, solo cuatro mexicanos han podido ganar y que en sus cinco últimas ediciones han obtenido escritores ibéricos. ¿Por qué, otra vez, una distopía, un género o subgénero —según los gustos— al que Seix casi nunca ha acogido en su catálogo?

La historia de la literatura utópica, como ha demostrado Raymond Trousson, parece inherente a la propia evolución de las sociedades, y aunque sus orígenes se atribuyan a la República de Platón, y su forma moderna al tratado renacentista de Tomás Moro, esa fantasía colectiva del no lugar donde es posible la redención humana, la cueva salvadora en medio de la tormenta de la historia, ha pervivido en todas las épocas. La distopía, por su parte, se presenta siempre como una utopía aparente, pues precisa de las propiedades básicas de la utopía (urbanismo geométrico, erradicación de la enfermedad, permisividad religiosa y sexual, desarrollo científico y tecnológico) para trastocar el optimismo antropocéntrico en la pesadilla de una realidad siniestra que se ha materializado o está por concretarse. La gran tradición distópica del siglo XX se inaugura con Nosotros de Evgueni Zamiatin, una novela a la que 1984 de Orwell adeuda en más de un sentido. Le seguirán Huxley, el propio Orwell, Bradbury, Clarke, Dick y, en el cine, una amplísima filmografía que incluye tanto distopías en estricto sentido (Farenheit 451, Blade Runner, Children of Men) como otras modalidades de la sci–fi de sesgo distópico: Space–Operas, ciberpunk, ucronías, tramas apocalípticas. A últimas fechas, en el mundo del cinematógrafo se ha hecho evidente el resurgir de la fiebre distópica a través de sagas juveniles como Los juegos del hambre, Maze Runner o Divergente.

El sistema de Menéndez Salmón cumple a cabalidad con los requisitos de la distopía literaria: presenta una sociedad de ilusoria perfección, la isla Realidad, inmersa en una posthistoria donde un cerebro cibernético, el Dado, rige la conducta de los Propios, borregos sometidos al pensamiento único y a una especie de neohabla reductora (el Ingsoc de Orwell) cuyo máximo temor son los Ajenos, los famosos mefi de la novela de Zamiatin, los rebeldes que han quedado marginados de las bondades del régimen y que reaparecerán bajo otros nombres en todas las distopías. Realidad se enmarca en una geopolítica de naciones–archipiélago tras la guerra que destruyó la Historia Moderna, y representa en última instancia el sueño colectivo de la perfección científica y tecnológica a costa de la libertad individual. El Narrador trabaja en la Estación 16 (sospechosa similitud con el Distrito 12 de Katniss Everdeen de Los juegos del hambre) vigilando que los bárbaros no lleguen por mar, pero empieza a dudar. Es reprimido y reconducido por la buena senda. Finalmente se une a los Ajenos, donde descubre una comunidad seudoarcádica y los valores de una antropologismo entre esotérico y filosófico por momentos rayanos en una ciencia ficción de autoayuda. No se puede afirmar que El sistema esté mal escrito. De hecho, hay pasajes de prosa brillante. Pero no deja de ser un pastiche. Quizá a los miembros del jurado, entre quienes se encuentran Pere Gimferrer y José Manuel Caballero Bonald, les haría bien ir más al cine, o volver a los grandes maestros de la distopía literaria.