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Jueves , 13.12.2018 / 17:07 Hoy

Paseantes de papel

Los paisajes invisibles

Cuando leí Trilogía sucia de La Habana, de Pedro Juan Gutiérrez, sus relatos operaron el efecto psicotrópico del viaje inmóvil
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De entre los múltiples poderes de la lectura, uno de los más difundidos es el del viaje sedentario en tiempo y espacio: a través de un cuento o una novela podemos recorrer calles o campiñas, habitar ciudades laberínticas o minúsculas aldeas, sentir el ambiente, escuchar el ruido de fondo o gozar o padecer el clima y familiarizarnos con los usos y costumbres de los protagonistas del relato, aunque para conseguir semejante grado de conexión con el lector y convertirlo en viajero inmóvil el escritor requiere ser puntual, poseer mirada fotográfica, un olfato bien entrenado y tacto y oídos hipersensibles para recrear lo que impacta a sus personajes sea en el temperamento, en las sensaciones, lo que lleva debajo de la piel. Algo de cierto hay en el traslado estático pero, insisto, todo depende de la astucia narrativa y de la prosa, al fin y al cabo estamos hechos de lenguaje, porque el periplo mental es más efectivo cuando ya estuvimos en el lugar donde ocurren las ficciones y, mucho mejor, si esa estancia aconteció en la época precisa. No es lo mismo, por ejemplo, recorrer ahora la colonia Hipódromo siguiendo la ruta de Carlitos, el héroe de Las batallas en el desierto, que reconstruirla en la imaginación desde las páginas de la novela de José Emilio Pacheco, pues como afirma aquel niño al concluir su triste historia de amor, “se acabó esa ciudad. Terminó aquel país. No hay memoria del México de aquellos años. Y a nadie le importa, de ese horror quién puede tener nostalgia”.

No obstante, el horror también se añora. Cuando leí Trilogía sucia de La Habana, de Pedro Juan Gutiérrez, sus relatos operaron el efecto psicotrópico del viaje inmóvil. En los años noventa, la época que narra Gutiérrez, estuve en La Habana y la excursión no fue justamente idílica. Era el tiempo de los balseros, de los sablistas, los buscavidas, las jineteras, los traficantes, los embaucadores, los pedigüeños, los depredadores de monedas, golosinas, chucherías, de los reyes del mambo. De la pluma de Pedro Juan, mi evocación se tornó vivencia solo de leer sobre el paupérrimo, decadente decorado de su covacha en el corazón de la capital cubana; los sahumerios a refrito, ron, tabaco y sal volvieron con asombrosa densidad, la textura de los cuerpos femeninos que pululan en Anclado en tierra de nadie, en Nada que hacer y Sabor a mí recuperaron la presencia de alguien, el calor asfixiante invadió la habitación. Luego vinieron las voces, las palabras. Jerga habanera que aturde, embrolla y confunde. Lengua viperina, aquiescente o sicalíptica y más aún, la bravuconería del macho cubano y el código sensual de la habanera que Pedro Juan Gutiérrez captura hasta el hartazgo, me devolvieron con claridad aquellos días que recorrí el Vedado, la zona centro, la Plaza de la Revolución y hasta la comisaría en la que di a parar por un extraño asunto porque sí, el libro supone un viaje pero también hay que ponerse en marcha. De lo contrario, la travesía será tan apasionante como dar la vuelta al mundo sin bajar del taxi.

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