Las mujeres de Coppola

Hombre de celuloide
'París puede esperar' (Bonjour, Anne). Dirección: Eleanor Coppola. Fotografía: Crystel Fournier. Con Diane Lane, Alec Baldwin. Japón, Estados Unidos, 2016.
'París puede esperar' (Bonjour, Anne). Dirección: Eleanor Coppola. Fotografía: Crystel Fournier. Con Diane Lane, Alec Baldwin. Japón, Estados Unidos, 2016. (Especial)

En Las maravillas del cine, Georges Sadoul destaca, de entre todas las cosas que tiene el cinematógrafo, la posibilidad de viajar. No se trata solo de la aventura: el cine permite subir en una máquina del tiempo y es justamente ésta la sensación que deja París puede esperar, de Eleanor Coppola, esposa del afamado Francis Ford. Uno se embarca con ella en la aventura de andar por la campiña francesa, uno disfruta con ella los quesos y los vinos caros mientras la esposa se pregunta: ¿debo engañar a mi marido? Las cosas suceden así: Anne está casada con un importante director que acaba de presentarse en Cannes. Como tiene un molesto dolor de oídos, el piloto de su avión privado le recomienda que no suba. Amable, un productor francés (cliché del bon vivant) se ofrece a manejarle desde Cannes hasta París y, como el esposo tiene negocios urgentes, la deja ir. Lo que sigue es de prever: el productor es un galán tout court que conoce las delicias de su país y le regala un tour que incluye referencias a Cézanne, caracoles a la Bourguignonne y toda clase de delicias y seducción. Fuera de esto no hay más. La película termina por ser como la postal de un viaje que el amigo ha colgado en sus redes sociales: fotos del queso con gusanos y el acueducto, del museo de Lyon y el campo francés.

Por otra parte, resulta inevitable comparar París puede esperar con Perdidos en Tokio. Después de todo, si una fue dirigida por la esposa, la otra fue realizada por la hija de Francis Ford Coppola. Ambas están llenas de referencias autobiográficas y uno termina por preguntarse de qué se quejan estas mujeres. ¿Cómo es posible que en Tokio o en la campiña francesa una señora irritada siga extrañando el olor a desinfectante de los hoteles de California? Este parece ser el único conflicto de dos películas escritas y dirigidas a la sombra de un genio del cinematógrafo, un artista que presta su productora para que su mujer y su hija se lo pasen bien quejándose de lo malo que es ser familiar de tan afamado señor.

En París puede esperar uno desea que Anne termine de quejarse y por fin engañe a su marido y, sin embargo, la película tiene el atractivo de permitirnos, como quería Sadoul, abandonar lo cotidiano para sumirnos en esta maravilla del cine: viajar.