En tiempos de la www

Ensayo
Septima etas mundi
Septima etas mundi

Antes, es decir, en el siglo pasado, un artículo o un ensayo acerca de un tema —digamos el simbolismo del número 666— podía llevarle a quien se prestase a escribirlo, días y semanas y meses y años dependiendo de sus fines y de sus medios. En este siglo un clic, tres clics o seis clics ya si uno es un exagerado, te llevan a páginas muy iluminadas o a otras que se quieren sombrías. Pero puedes aprender, en la nube, algo que, por ejemplo, yo no sabía y que es que fueron los babilonios —no sé si los acadios y sumerios anteriores así también lo hicieran— quienes nos legaron tanto nuestra división del tiempo por la cual una hora posee sesenta minutos y un minuto 60 segundos, así como la división de un círculo en 360 grados.

Es pues plausible que el 666 haya sido un número que, para ellos, habría de poseer, mística, mágica y sistémicamente, numerosísimas virtudes (pero que para la civilización judeo–cristiana es el número de la execración). Pues los números son símbolos, aun antes que ser números: de otro modo expresar también lo intangible. Y, si no lo fuesen (y Gottlob Frege dice que sí), no podrían explicarse ni nuestras supersticiones, ni las raras ramificaciones que unen el more geometrico con el número y la letra y lo que éstos significan.

Porque algo más que se dice en las no tan ralas páginas de la nube es que en el mundo mesopotámico existían unas tablillas cuadradas, con los números que representaban a cada uno de sus dioses —Ishtar la poderosa, cuyos hechos son brillantes; Shamash, quien posee cornamenta y cercado; Nergal, héroe de sus hermanos los dioses; Enlil, príncipe de los Annunaki—, y quienes, en número de 36, daban sustento a quien se acogía a sus dominios.

La multiplicidad de dioses en Mesopotamia fue un escándalo para los judíos prisioneros. No podían los dioses babilónicos sino ser vistos como demonios en la cautividad de Sión, cuando cantábamos o no cantábamos en los ríos de Babilonia. Y sus tablillas y ziggurats y números y efigies no podían ser considerados sino como efigies y números y ziggurats y tablillas de diablos (del mismo modo y no, a como fueron vistos los ídolos mesoamericanos por los conquistadores). Allí, si no es que antes, está el origen de nuestras figuraciones sobre el seis–seis–seis.

Ahora bien, parecería evidente, para quien no sea babilonio, que el 6 no es un número completo; que sus radiaciones y fractalidades, por ponerlo de esta manera, son menos perfectas y menos exuberantes y claras que las del número 3 y el número 4 juntos, que hacen el gran 7, número de gran luz, del que el 6 es un vano remedo. El 6, por no conseguir ser 7 y “haberse pasado” de ser 5, es el número de la gran oscuridad: su repetición, entonces, nos lleva aún más hondamente a los abismos bituminosos de los cuales hasta los caldeos y babilonios se cuidaban. 666 es, entonces, el número de La Bestia. Es también, pienso, el número del tiempo. Hora, minuto y segundo son 60 60 60. El tiempo, pues, es el campo de acción del Anticristo, cuya destrucción ocurre al “consumarse los tiempos”. La Bestia goza el tiempo que no es completo. Mientras exista éste, existirá ésta. De muchos hombres se ha creído que representan o incluso que son éste número; uno de ellos, Napoleón. “Los rumores de la guerra, de Napoleón y de su invasión se relacionaron en la imaginación de los mujiks con oscuras nociones del Anticristo, del fin del mundo y de la libertad perfecta”, escribe Tolstoi.

El conde Pierre Bezukhov es uno de mis personajes favoritos; y no lo es menos por sus arriesgadas figuraciones cabalísticas que nacen luego de su fortuito encuentro con su mentor Bazdeev: éste lo inicia en los “secretos” de la masonería de tal suerte que, cuando Napoleón rompe con Alejandro, y se revela como el gran enemigo de Rusia, Pierre siente que es su vocación, ya que no es militar y no puede servir a su matria de otra manera, asesinar al emperador.

Para ello es preciso que tal atentado esté escrito en los astros, por así decir, e inscrito secretamente en la numerología. Pierre manipula los números adjudicados a vocales y consonantes, vuelve a escribir su nombre y el de Napoleón en ruso y en francés y añadiendo o quitando artículos y títulos, hasta llegar a la (para él) sencilla conclusión de que Napoleón es el Anticristo y él, Pierre Bezukhov, o le russe Bezukhov, será su asesino, puesto que las sumas y restas que ha logrado, así lo dicen.

Hoy, me imagino, en el ánimo de una artista conceptual y joven, el número remite a un álbum alucinado o a una “ruta” muy conocida en la literatura y en el cine estadunidenses, la Route 66 y, tal vez, en México, a una vieja barda de un pueblo baleado, donde aún puede verse la temible cifra, antaño anuncio de una pomada que, según cuentan, era buena para todo pero cuyo descubridor ha de haber tenido razones privadas y de peso para darle a algo tan maravilloso como un bálsamo, este número que pertenece a Otro y que es una constante en los grimorios.