Pablo Montoya: “El narcotráfico alcanzó todos los niveles sociales”

El ganador del Premio Rómulo Gallegos en 2015 consigna aquí las similitudes entre la Colombia de las décadas de 1980 y 1990 y el México de hoy
Pablo Montoya
Pablo Montoya

Madrid

Cuando el año pasado ganó el Premio Rómulo Gallegos por su novela Tríptico de la infamia, el escritor colombiano Pablo Montoya (1963) estaba a punto de terminar un libro de prosa poética titulado Hombre en ruinas, una especie de recorrido por un mundo derruido que prefirió dejar en el cajón, ya que el premio lo catapultó a una visibilidad que empujó a los editores de sus obras anteriores a reeditarlas para darlas a conocer al público que hasta entonces no se había fijado en ellas. “Comenzaron a aparecer libros míos que estaban agotados y que ahora han vuelto a editarse, lo que hizo que prefiriera no sacar un libro más para no saturar al público”, confiesa.

Montoya está sumergido ahora en la escritura de una nueva novela que aparecerá a mediados del año próximo, en la que narra la historia de unos jóvenes colombianos que en la década de 1980 van a estudiar música a un pueblo retirado en el altiplano. “Es una especie de novela de formación en medio de un país que se ha precipitado a la barbarie”, dice Montoya en entrevista exclusiva con Laberinto. “Es la década de la toma del Palacio de Justicia por el M–19, de la tragedia de Armero, del exterminio de la Unión Patriótica, un  episodio que consistió en la desaparición de casi 4 mil personas que militaban en ese partido de izquierda y que fueron asesinadas por un comando de la muerte. Ya en la década de 1990 vino el caso de los falsos positivos: 5  mil jóvenes asesinados que, sin tener nada que ver con la guerrilla, fueron considerados por el ejército como guerrilleros muertos. Colombia ha pasado por el horror y, de alguna manera, esta novela trata de mostrar a un grupo de chicos que quieren ser artistas y de pronto se ven confrontados a ese terrible mal que ha caído sobre nuestros hombros”.

—¿Cuál es su opinión sobre el proceso de paz en Colombia?

—Temía que en la firma que se llevó a cabo hace unas semanas hubiese un atentado de algún loco que le diese por disparar. Pensaba que en ese momento clave podía haber una circunstancia que malograra el proceso: una masacre, un magnicidio, una locura. Pero el acuerdo está firmado y soy un pacifista: no me interesa la guerra bajo ningún tipo de discurso. Voté al Sí sin ninguna duda, sabiendo que esos procesos de paz son turbios, son procesos incompletos, porque son acuerdos firmados por victimarios: el Estado ha sido victimario y la guerrilla de las FARC ha sido victimaria. Pero sé que la única manera de pasar la página, de entrar en un periodo de paz política, es hacer este tipo de acuerdos. Y ahora nos espera un momento muy difícil. Estamos en el momento del post conflicto, cuando los escritores, los artistas, los intelectuales, debemos enfrentar lo que se ha ocultado mucho tiempo, el montón de víctimas de estos últimos años, el montón de muertos sin nombre, de fosas comunes, de falsos positivos, de exterminios. Debemos nombrar todo eso y al menos en la literatura y en el arte hacer ese acto de catarsis. Como decía Roberto Bolaño: “Hay que meter la cabeza en lo oscuro”.

El caso de los falsos positivos ilustra cabalmente a qué se enfrenta el proceso de paz colombiano. Fue un episodio que ocurrió durante la presidencia de Álvaro Uribe, cuando el actual mandatario Juan Manuel Santos era ministro de Defensa. “Uribe, quien como siempre quiso, o esa fue su bandera, acabar con las FARC, pedía guerrilleros muertos. Entonces, el ejército colombiano empezó a mostrar a esos guerrilleros: iba a barrios populares de algunas ciudades y capturaba a chicos que no tenían nada qué ver con la guerrilla, muchos de ellos con problemas mentales. Se los llevaba bajo la promesa de un trabajo en otra zona del país, donde los asesinaba y luego los hacía pasar por guerrilleros: les ponía uniformes, armas. Así fue como Uribe y las fuerzas militares demostraban que la lucha contra la guerrilla era efectiva, pero de pronto empezaron a descubrirse esos guerrilleros falsos, esos falsos positivos, y las madres de las víctimas iniciaron un movimiento social de protesta. Hubo 5 mil muchachos entre los 17 y los 25 años asesinados en esas circunstancias. Los soldados eran tan torpes que les ponían los uniformes al revés. Muchos de estos chicos esquizofrénicos o con problemas mentales eran zurdos o diestros y les ponían las armas en las manos equivocadas. Es un escándalo de inmensas proporciones. Por eso he dicho que los responsables de esos falsos positivos son Uribe y Santos, aunque muchos generales han ido ante la justicia”.

A pesar de su discreción y alejamiento de los grandes reflectores del mundo literario, Montoya es una de las voces más sólidas e interesantes de la actual literatura latinoamericana. Autor de una veintena de libros entre los que destacan los volúmenes de relatos Cuentos de niquía (1996), Habitantes (1999), Réquiem por un fantasma (2006), Adiós a los próceres (2010) y Adagio para cuerdas (2012); de los poemarios Cuaderno de París (2009), Solo una luz de agua: Francisco de Asís y Giotto (2009) y Programa de mano (2014); de los ensayos Música de pájaros (2005) y Novela histórica en Colombia 1998–2008: entre la pompa y el fracaso; y de las novelas La sed del ojo (2004), Lejos de Roma (2008), Los derrotados (2012) y Tríptico de la infamia, ambientada en el siglo XVI, una parábola de las atrocidades descritas por Bartolomé de las Casas en su Brevísima relación de la destrucción de las Indias, Montoya explica que lo que ha hecho en casi todos sus libros ha sido alejarse del núcleo de la violencia colombiana y americana, para leerla de un modo distinto. “He tratado de distanciarme de lo que ya se ha hecho, especialmente en la literatura colombiana, donde uno de los temas fundamentales ha sido el de la violencia. Así que en mi última novela me voy al siglo XVI, apoyándome en las peripecias existenciales de tres pintores protestantes, dos franceses y uno belga, pintores sin mucha importancia en la historia universal del arte. De su mano he hecho una especie de lectura contemporánea de dos fenómenos fundamentales: las guerras de religión y la Conquista de América, permeados por la pintura, pues lo que sostiene el discurso literario son imágenes de estos pintores, algunas de ellas testimonios de la Conquista, y otras, como la de Françoise Dubois, sobre la masacre de San Bartolomé. De manera que podrían extrapolarse todas las consideraciones y reflexiones que hago en esa novela frente a la violencia actual. En París, un lector me dijo que el día que terminó de leer Tríptico de la infamia se cometió la masacre en la redacción de Charlie Hebdo, cuyo origen fue, entre otras cosas, la intolerancia religiosa”.

—En varias ocasiones su compatriota, el escritor Juan Gabriel Vásquez, ha comentado que la violencia que se ha vivido en Colombia en las décadas de 1980 y 1990 se parecía mucho a lo que desde comienzos del siglo XXI se ha producido en México. ¿Usted encuentra paralelismos entre la situación colombiana y la mexicana?

—Teniendo en cuenta todas las particularidades, hay paralelismos. Los colombianos hemos pasado por lo que los mexicanos están pasando ahora. Tuvimos un periodo muy difícil, sobre todo porque el narcotráfico mostró claramente que su objetivo era el poder. Pablo Escobar y sus secuaces querían estar en el Senado, ser candidatos presidenciales, y se manifestaban como grandes líderes sociales; mucha gente creyó incluso que eran eso. Al asumir esa visibilidad, el Estado inició una guerra, lo cual no significa que los colombianos hayamos franqueado ya la experiencia completa del narcotráfico. El narcotráfico en Colombia se ha mimetizado: los narcotraficantes de ahora aprendieron la lección que les dio Pablo Escobar y ya no hacen política, ya no se hacen visibles, no tienen ningún deseo de tomar el poder y solo ganan dinero. Lo que pasa en México, según entiendo, es que hay una confrontación extrema, pero los niveles de salvajismo son más o menos los mismos. En las décadas de 1980 y 1990 tuvimos masacres en Colombia, carros–bomba, una paranoia colectiva impresionante; la vida no valía un peso. Y ustedes los mexicanos están pasando también por un periodo muy difícil. El problema es que el narcotráfico ha impregnado todos los niveles sociales. En un país como Colombia, y quizá también en un país como México, el problema es que para destruir el narcotráfico, para desmontarlo, no hay que considerar únicamente la cuestión a nivel nacional. Todas las medidas que tomen un país u otro son medidas parciales, porque el fenómeno es internacional. Si el negocio sigue, va a seguir la violencia, porque ése es finalmente el motor del dinero sucio, éticamente hablando, pero que a fin de cuentas está presente en casi todos los niveles sociales. Así que sí hay una gran similitud entre los problemas de México ahora y los que Colombia enfrentó en las décadas de 1980 y 1990.

—¿Qué lección puede extraerse de la experiencia colombiana? ¿Qué pueden hacer las sociedades civiles cuando el Estado pone parches pero no ataja de cuajo el problema porque tiene sus raíces en ámbitos internacionales?

—Como escritores o como opinadores sociales o como esa suerte de conciencia que pretendemos ser de la sociedad, nos queda denunciar la hipocresía estatal, denunciar las hipocresías internacionales, porque el dinero del narcotráfico está en los paraísos fiscales como Suiza o Panamá. Si de un día para otro legalizamos el narcotráfico se produciría un colapso económico de proporciones gigantescas. Así que nos queda decir eso, denunciarlo, tratar de recrear las grandes turbulencias que se presentan, y hacerlo de la mejor manera estética y literariamente hablando, porque la literatura, más que una mímesis de la realidad, es una especie de reflejo estético de la realidad. Lo que nos corresponde como escritores, si queremos reflexionar sobre el tema, porque no es una obligación, si queremos aproximarnos a la violencia del narcotráfico y a las múltiples violencias, debemos hacerlo con altura estética.

Montoya es un autor que ha abordado prácticamente todos los géneros: poesía, novela, cuento, ensayo, periodismo. Sobre sus referentes, detalla que su ambición estilística y literaria parte del hecho de que llegó a la literatura por el camino de la música. “Primero fui músico y de ahí pasé a la literatura. Así que hay una presencia muy fuerte de las artes. Y es que siempre me ha interesado llevar a cabo una especie de renovación de la literatura colombiana, que ha estado muy angostada por el realismo mágico y por el realismo urbano, el realismo sucio y la novela de corte periodístico, así que he querido aportarle el abrazo continuo entre la literatura y las otras artes. Por ahí hay un factor que nos permite ir a una serie de influencias que para mí han sido muy importantes. Algunas de ellas, y creo que son las que se manifiestan en mis primeros libros de cuentos, provienen de Carpentier, Cortázar, Balzac y Thomas Mann, en el sentido de que escribieron mucho sobre música. El modelo de García Márquez como novelista, cuentista y cronista es importante, pero he tratado de no tener vínculos con su propuesta literaria. Pienso que el mundo del realismo mágico ya está hecho, que García Márquez lo cerró magníficamente y que ahí no tengo nada qué hacer. Yo me fui a Francia y viví en París un tiempo largo, y fue donde empecé a publicar mis primeros libros. Dejé entrar sin tapujos toda la tradición literaria francesa: Camus, Yourcenar, Gracq, Céline. Mi libro de ensayos Un Robinson cercano. Diez ensayos sobre literatura francesa del siglo XX construye la cartografía de influencias de mi obra. Ya en el último periodo, al regresar a Colombia, he tenido influencias hispanoamericanas más recientes como Juan José Saer, Ricardo Piglia o Álvaro Mutis, en el sentido de una visión un poco pesimista, oscura y al tiempo sedienta de belleza.

—¿La búsqueda de la belleza le ha llevado a la poesía?

—Creo que la poesía es el motor de mi escritura y de toda escritura literaria verdaderamente memorable. Una obra literaria sin poesía pierde mucho interés. No solo la escritura de mis novelas y ensayos se preocupa de esa búsqueda poética a nivel estilístico; también he escrito libros de poesía en prosa. Me preocupa mucho el nivel poético de la escritura.

—Finalmente, el lenguaje expresa belleza.

—Me parece muy importante. He escrito cuatro novelas y en todas ellas los personajes son artistas. En Lejos de Roma es un escritor; en La sed del ojo es un fotógrafo en la época del Segundo Imperio francés. Son personas que están buscando la belleza, que están preocupadas por captar los secretos y los enigmas de la belleza, y que se ven confrontadas a medios sociales que los deprimen, que los asesinan, que los persiguen y exilian. Así que uno de los temas fundamentales de mis novelas es la oposición entre la belleza artística y la violencia y la brutalidad social que impiden o que al mismo tiempo alimentan las búsquedas estéticas.

—La violencia afea el mundo.

—Sí. Porque de otra forma entraríamos en el campo de la violencia en un terreno amarillista o sensacionalista. Muchas veces mi reflexión de la búsqueda estética roza o toca la discusión sobre el bien y el mal. Uno de los ejes de mi novelística y de toda mi literatura está sostenido por las disquisiciones estéticas que ponen frente a frente a la violencia y la belleza, el bien y el mal.