Una ópera folk

Vibraciones
Damon Albarn
Damon Albarn (Especial)

Entre el caricaturesco rap sucio de Plastic Beach (2010) tercer álbum de Gorillaz, su banda de hip hop virtual y el suave pop roquero sobre alienación de Magic Whip (2015) que significó el regreso de Blur tras doce años de silencio, Damon Albarn (1968) publicó en colaboración con el director de escena Rufus NorrisDr. Dee (2012), ópera en 18 cuadros. Por ópera, aquí, hay que entender canciones folclóricas, madrigales, interludios y momentos de experimentación sonora con representación escénica en torno a la vida de John Dee, astrónomo ocultista inglés del siglo XVI. Y ahí en la exploración íntima de un personaje tan raro esta música fragmentada sin diálogos, sin coros y sin acción dramática resulta fascinante.

Dee le leyó a la reina Elizabeth I su fortuna a través de cartas adornadas con figuritas de manzanas. Le dijo: “Saturno te protege, eres indestructible; tu destino es construir un imperio: ¡la guerra es necesaria!” Dee era un hombre controlado por los veleidosos humores de la magia (a veces siniestra y a veces sabia). En la música de Albarn, esas partes de su alma ambición y violencia, superstición y fe las representa un órgano cuyo sonido durante el primer cuadro: “The Golden Dawn”, especie de obertura ensombrece la alegre polifonía de los pájaros matinales y siembra dudas bajo la tierra de un nuevo amanecer.

Los lúgubres colores del órgano, las terribles vibraciones de su pedal vacío, parecen invadirlo todo en Inglaterra: árboles, ideas, romances, cosechas, bailes y oraciones. Todo excepto la luna. Una luna exaltada a la que un joven Dee enamorado le canta (cuarto cuadro: “The Moon Exalted”): “la luna brillaba más alta que el sol cuando me dejaste, […] lágrimas iluminan la historia verdadera de mi tristeza; te convoco, mujer de canela: acuéstate a mi lado hasta que las primeras luces aparezcan”.

La mujer de canela (soprano: Anna Davis), dentro de la ópera, es una presencia abstracta (abstracción del amor) cuyas líneas vocales tienden hacia barrocas acrobacias. El otro personaje, en cambio, es concreto: Edward Kelly (contratenor: Christopher Robson): un sombrío aliado de Dee en su desquiciado plan de controlar las almas y someter a los ángeles a través de la magia (magia a la que solo ellos, por intervención divina, tienen acceso).

El oscurantismo, como época histórica, aparece aquí y allá, entre los cuadros, a través de ambiguas construcciones polifónicas (que por momentos cumplen con la estructura del madrigal renacentista) y una pequeña orquesta de alientos de aires medievales enriquecida con los místicos colores verdes encendidos y ocres de un instrumento africano, mezcla de arpa y laúd barroco de 21 cuerdas de nombre kora.

El momento musical más sorprendente (cuadro 14) comienza con el contratenor repitiendo una y otra vez la frase “Watching the Fire that Waltzed Away”, y su delirio, cada vez más inteligible entre angustiante y orgásmico, poco a poco se confunde en una textura mecánica en donde células melódicas presentadas por el sintetizador se repiten obsesivamente, a la manera minimalista, con imperceptibles variaciones.

Pero Dee existe en los sonidos de Albarn, y eso que exprese sus sentimientos a través de un canto pop entre voces operísticas lo vuelve humano y vulnerable. A la manera del aria tradicional espacio para la introspección, revela los secretos de su corazón por medio de canciones folclóricas. Y su corazón es atormentado y nostálgico, lleno de sombríos sueños maravillosos.

Dee termina sus días entre fantasmas. Camina por la campiña inglesa viejo, delirante y convoca a los caminantes: “nos hemos desencajado del tiempo, ¡canten!”. Y muere llorando (“The Dancing King”, último cuadro) al descubrir la caída de la luna y que el reinado del sol ha comenzado.