Títulos y nombres

Toscanadas
(Maurico Ledesma)
(Maurico Ledesma)

En estos días estoy poniéndole título a mi próxima novela. Tengo dos opciones. La primera es el nombre del personaje: Olegaroy. La segunda es Enciclopedia de la desgracia humana. A mí me gusta la primera, pero los editores me empujan a tomar la segunda. Me dicen que Olegaroy no vende, que no significa nada. En cambio Enciclopedia… es sugerente, poética y comercial. Me hablan de cuán importante es el título para las ventas de un libro. Tal vez tengan razón, pero se les olvida que tengo buenos y malos títulos en mis otras novelas sin que ninguna haya tenido ventas siquiera aceptables.

A mí me daría pereza mencionar un título de doce sílabas y terminaría por llamarle simplemente la Enciclopedia. Así hacen los padres: le ponen Engracia Altisidora a la hija, pero le dicen Tita. Eso mismo me pasa con otros títulos: El ejército iluminado es simplemente El ejército; Duelo por Miguel Pruneda es apenas Pruneda; Santa María del Circo es El circo; Los puentes de Königsberg es Königsberg. A El último lector le cambio el título por Icamole, y La ciudad que el diablo se llevó la pronuncio como Úpich, porque en polaco se llama Upić się warto. Mas ahora por primera vez tengo ganas de tener una novela cuyo título sea también el nombre con que la nombro.

Además, los editores deben sincerarse y aceptar que desconocen el impacto que tiene un título en la venta de los libros. ¿Cuántos ejemplares más o menos hubiese vendido Harry Potter si se hubiese titulado El travieso hechicero? ¿Qué evidencia hay de que grandes  libros hayan quedado olvidados bajo el peso de un mal título? ¿Acaso mencionar a Da Vinci en el título hace subir las ventas? ¿Si escribo El código Siqueiros tendré un bestsellernacional?

No tiene peso el argumento de que Olegaroy no significa nada. Tampoco Anna Karenina o Pedro Páramo tuvieron significado antes de que el libro se leyera. Si Flaubert llevase hoy su Madame Bovary a un editor, éste le diría que debe titularla El médico cornudo o, si anda muy poético, Cuernos y bisturí. Supongo que Oblomov sería conocida como El hombre que no salía de la cama. Drácula se habría publicado como El vampiro maldito. Y Lolita daría muchas opciones de apariencia más seductora con lo que se habría perdido la seducción del mero nombre.

Raro que con los seres humanos no se procure lo mismo. En un pasado remoto, los nombres podían pasar por títulos de novela. Así, no era raro que alguien se llamara Mi Padre Es Rey o Hay Una Recompensa o Águila Que Cae. Para un antiguo hebreo, la novela Moby Dick comenzaría con la frase: “Llámenme Dios Escuchará”. Buena parte de los nombres hoy tienen significados que ya se perdieron, o sea, que ya no significan nada. Son meros nombres.

Quizá un editor en busca del secreto del éxito podría bautizar a su hijo como: El Hombre Más Rico de Babilonia, o si aspira a que su hijo se eduque, le pondrá El Hombre Que Sabía Demasiado, o si le nace niña, la llamará Mujer Que Sabe Latín. Al final, como su petimetre no hará fortuna ni será sabio, sabrá que lo mismo habría dado bautizarlo con nombres tan anodinos como Carlos, Miguel, Juan u Olegaroy.