Shanghái: ¿empezar de nuevo?

Teatro
Gibrán Portela
Gibrán Portela

Shanghái es un fragmento de historia cíclica, un vistazo al interior de un avión, donde una pareja de sobrecargos alimenta sin cesar su relación de codependencia, carga que adquiere mayor peso a medida que cruza el continente. Escrita por el guionista de las cintas Güeros y La jaula de oro, esta obra ubica a dos personajes masculinos en un punto ciego: están convencidos de que solo con enunciar la posibilidad de un nuevo inicio todo conflicto terminará esfumándose.

Gibrán Portela, dramaturgo mexicano, retoma en su versión escénica una parte medular de lo que le sucede a la pareja homosexual de la cinta Happy Together (1977), de Wong Kar Wai, que sale de su país en busca de un paraíso exótico para mejorar su violenta y resquebrajada relación, pero sufre un mayor descalabro interno en tierras lejanas, donde todo es desconocido.

El espectador se queda con la certeza de que los personajes se encuentran en peor estado individual después de tomar el avión, aunque antes de hacerlo se provocaban daño de forma permanente, realidad que pretenden revertir mediante su errada fórmula de “empezar de nuevo”, que jamás purifica lo que se ha podrido.

Montada en el reducido escenario del Espacio Urgente II, donde los actores se encuentran a unos pasos del público, Shanghái integra a dos personajes más, un joven que parece emerger de otro texto del mismo Portela y transitar sobre la escena de una narración a otra, y una guapa mujer que parece enmarcar o acompañar con cantos, danzas, pocos textos y algunas intensas reacciones lo que generan y padecen los dos hombres atrapados en su apego destructor.

Todos son sobrecargos uniformados en combinación de verde y amarillo sobre un escenario iluminado con rojos faroles de papel, donde hay un viejo buró, cuatro sillas, un televisor y un dorado gato chino de la suerte, imán de visitas y suerte en los negocios, según su color y la patita que mueve mecánicamente.

Director y elenco joven abordan el viaje de estos personajes que transitan al amparo de las medidas de seguridad previstas en todo vuelo, de las que se espera obtener, aun en el cielo, la impresión de estar en un espacio controlado, exento de zozobras y sobresaltos.

Klaudia García, Luis Eduardo Yee, Axel Arenas e Isaí Flores, con dirección de Pablo Marín, sonido e iluminación de Félix Arroyo, vestuario de Giselle Sandiel y diseño sonoro de Patolobo y Emiliano Ulloa, conforman parte del equipo de este Shanghái  que revive esa férrea voluntad de adherirse a la humillación y el agravio ante el pavor a la soledad y el vacío.

Ahí está el texto de Portela, bien construido, estructurado a latigazos que despiertan en los personajes la urgencia de generar y evitar la asfixia provocada por las manos elegidas. Sin embargo, en relación al montaje, que se apoya bien en los códigos y señas físicas de los sobrecargos, cabe reflexionar sobre la necesidad de un mayor trabajo de análisis de texto, de introspección y de proyección actoral que abran paso a la contundencia de lo que padecen los personajes dentro de un ámbito que permite el juego y un humor agrio que subraya la fractura amorosa y la emigración.

La puesta en escena que acepta los retos planteados en el texto requiere de cada intérprete un viaje al fondo del abismo que abra cada palabra hacia la huella que deja cada forcejeo, rumbo a la motivación inicial de una cadencia, de un rechazo, de la humillación, la rabia y la nostalgia encerradas tanto en la canción china como en la que hace años llegó a ser un hit de The Turtles.

Shanghái propone una mirada a la parte oscura del amor irrealizable, al vómito que va más allá de inclinarse sobre la bolsita ubicada en el respaldo de los asientos del avión, pero el montaje está en proceso de que la forma adquiera el fondo que impulse el despegue.