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Martes , 16.10.2018 / 18:44 Hoy

Nuestro amigo el circo

A fuego lento

No se trata, sin embargo de la anormalidad, o la rareza, sino de esa anormalidad que muestran quienes exacerban sus pasiones hasta un límite peligroso
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Es una lástima que muchos de los libros ganadores del Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz que convoca el gobierno del Estado de México no puedan llegar con suficiencia a los lectores. Se publican y quién sabe adónde van a dar. Vaya el comentario a propósito de El elefante que sonreía (Fondo Editorial del Estado de México, México, 2017), de Gustavo Vázquez Lozano, una novela que concentra dos virtudes muchas veces irreconciliables: entretiene y mueve a reforzar los lazos con la literatura imaginada como el acto puro de contar, siempre al amparo de un estilo que se define en términos arquitectónicos.

Todo, sin excepción, transcurre en el Circo Americano de México, a fines de la década de 1960, con su corte de fenómenos proscritos del orden social.

Somos testigos de las desdichas y los fracasos de la Mujer Elefante, el Hombre Bestia, el Hombre Águila, el lanzador de cuchillos, Jackwisp el payaso y, sobre todo, del mago Sigandrello y Cecilia Batín, la acróbata. Vázquez Lozano renuncia a definirlos con pluma costumbrista y por eso se presentan contradictorios e incluso oscilantes frente a sí mismos, como representaciones de un mundo multiforme. El elefante que sonreía anuncia entonces el tipo de variedad que bien podríamos observar en el gabinete de un coleccionista de caracteres humanos.

No se trata, sin embargo de la anormalidad, o la rareza, sino de esa anormalidad que muestran quienes exacerban sus pasiones hasta un límite peligroso. Esas pasiones encuentran sus mejores destinatarios en las figuras del mago y la acróbata: el primero está obsesionado con desenterrar el pasado mediante la hipnosis y la segunda con tentar a la muerte con ritos extravagantes en el trapecio. El lector podría aventurar que El elefante que sonreía limita su campo de interés a los momentos en que la pista se transfigura en el espacio donde lo inverosímil puede ser posible. Podría hacerlo pero se quedaría en penumbras pues, como si fuera un hábil constructor de sistemas y mecanismos, Vázquez Lozano vira hacia el thriller y escenifica un crimen, una resurrección, un acto de transfiguración de las almas, un drama sacrílego. No es un azar que la pesquisa que emprenden los protagonistas conduzca al mismo tiempo a la resolución del misterio de su identidad. No lo es porque su creador sabe del miedo a renunciar a todo aquello que nos hace verdaderamente humanos. 

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